Quiroga y su influencia en el cuento hispanoamericano

Quiroga y su influencia en el cuento hispanoamericano
Horacio Quiroga

La Gualdra 297 / Notas al margen

Para empezar, el título de este ensayo es ya algo tramposo. Primero Quiroga, es decir, el hombre, el sujeto histórico, no influye en el cuento sino como un personaje mítico por su mala suerte, y de esta manera construye –o contribuye con la construcción de- el arquetipo del escritor abandonado a una intemperie hostil con el artista. Entre enfermedades y muertes cruza el páramo de su vida, mientras escribe una gran cantidad de cuentos y relatos, que –ésos sí- influyeron y redefinieron el género no sólo en Hispanoamérica sino en la literatura en lengua española.

Habiendo aclarado las dos trampas del título, podemos adelantar ahora sí el verdadero tema de este ensayo: la ejemplificación del mecanismo Cuento a través de los artefactos narrativos de Horacio Quiroga. Para Borges, el uruguayo creador de Cuentos de la selva y Cuentos de amor de locura y de muerte no era, ni tenía el nivel de su homólogo norteamericano Edgar Allan Poe, tal vez por la preferencia que tenía el argentino por la lengua inglesa; sin embargo, para Julio Cortázar, Quiroga no sólo estaba a la altura de Poe, sino que había planteado las bases para una narrativa breve hispanoamericana; en esta opinión Cortázar no estaba solo, lo acompañaban decenas de críticos y escritores que rescataban en la obra de Quiroga una radiografía de los primeros cuentos modernos que se escribieron en el nuevo continente.

Actualmente el escritor atormentado que terminó suicidándose con cianuro es considerado un semáforo fundamental en las arterias viales de la literatura latinoamericana, no hay manera de eludirlo, si como lector uno se lo encuentra en las vitrinas de las librerías, en los planes de lectura de las secundarias y las preparatorias, como escritor el semáforo se vuelve también un faro que nos señala hacia dónde y con qué herramientas debemos adentrarnos a la construcción de uno de los artefactos narrativos –sino el óptimo- más complejos que existen. Hoy las universidades y los estudios literarios se han encargado de tecnificar el cuento de tal suerte que de los géneros éste es el que con más especificidades cuenta (premisa, conflicto, personajes, etc.), realizar uno es equivalente a crear un complejo y pequeño reloj que debe funcionar con precisión y exactitud, dentro de los límites de su mundo. Así, el mismo Julio Cortázar comenta en sus Clases de literatura que el cuento es parecido a una fotografía en la que sólo vemos un instante enmarcado, mientras que lo demás, lo que está fuera de lo fotografiado, aunque no se ve es trascendental para entender lo retratado. El cuento exige al lector mayor participación que una novela, así como la imagen de una fotografía requiere de la imaginación del que la ve.

Quiroga fue el primero en Latinoamérica en dilucidar esta profunda y compleja estructura narrativa de la que se podía valer el cuento. Además, el escritor uruguayo no sólo se dedicó a estructurar el cuento, sino a re-validar sus temas. Ahí tenemos uno de los dos libros de cuentos más famosos de su autoría: Cuentos de amor de locura y de muerte; tan solo el título ya nos plantea tres tópicos trascendentales e indispensables en su obra en general, pero ¿no son el amor, la locura y la muerte los temas universales por excelencia? Temáticamente Quiroga no descubre el hilo negro, al contrario reivindica lo clásico, lo renueva y hace evidente que la literatura ni habló, ni hablaba ni hablará de otra cosa más que de eso: del amor, de la vida y de la locura que entre ellas transcurre.

Para ejemplificar lo anterior tomaré como punto de partida algunos fragmentos del famoso Decálogo del perfecto cuentista, del mismo Quiroga.

“Cree que tu arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo”. Para el uruguayo la vida y la literatura eran una misma cosa, como mencioné al principio, alrededor de Horacio se encontraba una realidad hostil, que nunca lo dejó en paz y contra la cual él tuvo que luchar para conseguir lo que quería, incluso escribir. Con la literatura pasaba lo mismo, él la veía como una cima inaccesible, como aquella selva en la que transcurrían muchos de sus relatos, un sitio ajeno al hombre y que, incluso, se protegía del hombre. A pesar de ello tenía la certeza de que tanto al arte como a la selva hay que entrar, porque seguramente lograríamos conquistarla, aunque no nos diéramos cuenta.

“Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia”. Aunque el mismo Borges aseguraba que la imitación es indispensable en el pensamiento creativo y él mismo echó mano de una ficción que “rescataba” otras narrativas y abrevaba de todas las tradiciones literarias, no vio en Quiroga al imitador que renovó temática y estructuralmente la cuentística hispanoamericana. Cosa que años más tarde sí vieron y apreciaron un incontable número de narradores, entre los que destaca el mismo Rodrigo Rey Rosa, un autor guatemalteco contemporáneo que imita a Quiroga de una manera evidente pero que no deja de ser sorprendente y de calidad. Harold Bloom, crítico norteamericano, cree en la estética de la imitación y en la teoría de la influencia: toda literatura parte de la influencia de una tradición más antigua, si el inglés abreva de Shakespeare y el español de Cervantes, en el cuento, sin duda abrevamos de Quiroga, quien ya era consciente, y queda claro en su decálogo, de la importancia de la imitación y en la dificultad de una personalidad “original”.

“No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra a dónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas”. Este fragmento del decálogo es el claro ejemplo de la clara conciencia de Quiroga en cuanto al mecanismo cuento como un reloj preciso. A diferencia de la novela, en el cuento vale casi cada palabra; el hacedor de cuentos debe ser un perfeccionista sintáctico, un observador obsesivo y un capaz autocrítico, pues para hacer un cuento es más lo que se borra que lo que se escribe. En este sentido también Quiroga llegó a síntesis claras y narrativamente coherentes; “El hombre muerto” es un claro ejemplo de lo anterior, una fotografía cortazariana que invita al lector a ver más allá de los márgenes, “un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea”.

La importancia de quien escribió lo anterior es la de un personaje clave en la historia de la literatura; uno que supo vivir su vida como si narrara uno de sus cuentos, entre el amor, la locura y la muerte. Nunca estuvo feliz, nunca quieto, porque sabía que un cuento sólo se sostiene si existe el conflicto, así su vida fue un eterno conflicto y su ficción siempre un intento por revitalizar su realidad.

Hoy, a 100 años de la publicación del libro de cuentos que lo haría convertirse en ese semáforo ineludible de la ciudad de la literatura, pensar en Horacio Quiroga y, sobre todo, leer sus narraciones, es tomar una lección de cuento que sigue vigente y que nadie, ni el más indiferente, debe darse a la desgracia de omitir.

 

 

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