Negación de autoridades sobre inseguridad, “va a seguir disparando la rabia contenida en la población”

Negación de autoridades sobre inseguridad, “va a  seguir disparando la rabia contenida en la población”
  • Necesarias, acciones que realmente modifiquen el tejido social: psicólogo social
  • Declaraciones de Cristina Rodríguez causaron encono social, “porque todos vemos la violencia de manera cotidiana”, dice Martín Sánchez Bautista

El encono manifiesto desde las redes sociales hacia Cristina Rodríguez Pacheco por su comparación de unos jóvenes de secundaria con “sicarios”, quienes según trascendió después, buscaban hacer un homenaje mediante una tabla gimnástica al Ejército Mexicano, evidencia “una molestia clara en toda la sociedad” por la omisión del gobierno en el tema de inseguridad, y más que ello, “por el discurso un poco cínico” con que desde las instituciones se ha negado esa realidad.

Esta negación “va a seguir disparando la rabia contenida en la población. Entonces tendrán que andar en sus discursos con pies de plomo y asumir la responsabilidad de lo que les toca hacer. Es decir, implementar acciones que realmente modifiquen el tejido social”, dijo Martín Sánchez Bautista, psicólogo social.

El docente investigador en la Unidad Académica de Psicología de la UAZ manifestó que el mensaje de la presidenta honorífica del DIF no fue en sí mismo el problema, pues “si lo hubiera emitido la tía de los muchachos” seguramente no hubiera tenido la repercusión que alcanzó.

“Creo que es un comentario totalmente desafortunado por incluir la frase: ‘más parecen sicarios’; es esta comparación la que empieza a hacer roncha y creo que sobre todo a partir del reclamo de la supervisora”, por lo que también se expresa como una confrontación político-ideológica.

El tema involucra la normalización de la violencia y la estigmatización de los jóvenes por la representación simbólica de su ropa.

“Si se guglea ‘jóvenes sicarios’, seguramente aparecerán imágenes parecidas a las de estos muchachos, pero si se busca ‘jóvenes militares o en entrenamiento militar’, seguramente aparecerá lo mismo. Entonces la imagen en sí misma es también ambigua”.

Tan ambigua o difusa como se ha vuelto la realidad del país, pues las fuerzas armadas han ejercido una violencia de Estado que actúa contra lo que las leyes mexicanas establecen, por ejemplo, con el “abatimiento” de presuntos delincuentes en el que no media la posibilidad de un juicio, y a diferencia, se ejerce de facto la pena de muerte, ésta última que no está permitida en el país.

La actuación de estas instituciones se ha visto señalada en casos como el de Tlatlaya en el Estado de México, y de manera cercana, por el de Calera, en que presuntamente algunos de sus integrantes sustrajeron a jóvenes de su domicilio para luego darles muerte.

Por otro lado, también se ha hecho ostensible el que grupos delincuenciales asumen papeles de defensa, protección o asistencia de comunidades, por ejemplo en Michoacán o Sinaloa, jugando a veces la función que el Estado ha dejado de asumir.

“Entonces los limites están completamente borrosos. Es pensar por ejemplo, cuando en Sinaloa se hacía obra social por parte de los cárteles o protección de ciertas zonas”.

Bajo una lógica de claridad conceptual no hay una diferenciación, expuso, “y esa es la realidad en la que viven los jóvenes”.

“El problema es eso, la confusión entre los malos y los buenos en la forma de representarse. Ya no hay una claridad”, expuso.

En los años 60 o 70, las imágenes de los guerrilleros denotaban una diferencia con la que ofrecían los integrantes de los ejércitos, y en la época de la Revolución Mexicana, los revolucionarios eran “calzonudos y gorrudos” y los miembros de las milicias “pelones”, dijo.

“Eso está más claro en los imaginarios mexicanos; en el imaginario histórico, pero en este momento creo que el problema son estas fronteras de representación simbólica. Entonces estamos juzgando y estereotipando, pero no hay un límite claro en el estereotipo, de uno y otro”.

En ese sentido la alusión a la apariencia de los jóvenes y el señalamiento de un juicio negativo asociándola con la de “sicarios” se presenta como un juego de estereotipos que los estigmatiza.

El problema es la realidad en la que viven, cuya violencia sea de Estado o delincuencial, es algo ya cotidiano, tanto “que ni siquiera alcanzan a ver los posibles significados”.

En este contexto hablar de “valores” se vuelve un discurso maniqueo. “Aquí el problema es quién está poniendo el parámetro de los valores y cómo las instituciones puede promover valores mediante un discurso mientras que desde otro están haciendo todo lo contrario”.

Las expresiones de la esposa del gobernador, Cristina Rodríguez Pacheco, causaron encono social, “porque todos vemos la violencia de manera cotidiana y el gobierno se ha empeñado en decir: no hay nada, no sucede nada aquí en Zacatecas”.

Mientras que aparecen cuerpos y ocurren balaceras diariamente, el gobierno declara en este caso que los jóvenes “parecen” delincuentes, cuando la delincuencia ha sido permitida o generada a partir de sus propias prácticas u omisiones institucionales.

“Creo que las palabras lo que hicieron fue que la gente expresara su incomodidad (…) y lo que está surgiendo es este encono por todo lo que pasa, por todo lo que hemos tenido que soportar como ciudadanos y que el gobierno ha sido incapaz de enfrentarlo o asumirlo por lo menos”.

 

 

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