La sexta parte del todo

La sexta parte del todo
Alejandra Celis Almanza. 6 siluetas en la azotea.

La Gualdra 296 / Sexto Aniversario Gualdreño

En su libro de los números, San Isidoro de Sevilla llamó número perfecto al seis, por su imbricada naturaleza emanada de la suma y la multiplicación de los tres primeros números naturales, lo que construye la mística de su notación posicional que, como expresaría Ernst Cassirer, termina por sujetarnos a una determinada concepción del mundo; un aparato simbólico cuya contemplación de magnitud despliega al Homo cuadratus en una realidad tridimensional: un hexaedro de proporciones ideales. Así, el hombre, tzelem del sexto día, surgió de la sombra de su creador junto con la tierra y los animales, erigiéndose en la imagen eidética de Dios para tomar potestad del dominio, la supremacía, la autoridad y la fuerza de todo lo creado, un antropocentrismo que, alimentado por la tradición, irremediablemente produjo un reflejo monstruoso marcado por el criptograma de la bestia, 666, el cual terminó por inmolarse entre los muros de la cámara de gas de Auschwitz.

Así, la naturaleza humana y su condición se han definido místicamente por el número seis, desde la creación en el sexto día hasta la apertura del sexto sello que volverá de sangre la luna, contemplación analógica de la suma de dos triadas, la que inicia y la que concluye, un problema que por veces roza en la incertidumbre de lo amatorio. Será el sexto día cuando Isabel despierte del sopor del diluvio macondino en respuesta a la voz de Martín, su marido; será en el sexto capítulo cuando la Maga y Oliveira jueguen a encontrarse por las calles de París y, en el mismo sentido, un barbero y un cura de la Mancha, buscarán en la biblioteca de un singular Hidalgo la raíz de su locura.

El amor, representado en los amantes es el sexto arcano del Tarot de Marsella; su singular iconografía expone la curiosidad y el azar de las flechas de cupido, imagen alada que nos recuerda a Eros, que, ante la inminente muerte de Psique, suplicará por su amor a los dioses olímpicos. Por ello, es el amor aquello que nos salva del desencantamiento del mundo, que nos salva de la vida —escribió Neruda—, pero también es lo que nos mantiene en tensión, nunca en equilibrio, y que Marina Abramovic y Ulay lograron visualizar en una polémica acción en la que un arco a punto de dispararse señalaba directamente al corazón de la artista. Es el amor la intersección de lo sagrado y lo profano, el sutil traslape de dos triángulos adversos de los que nace el hexágono, la sexta parte del todo.

 

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