Ante la violencia y la inseguridad, un Estado social

Ante la violencia y la inseguridad, un Estado social

El debate político en Zacatecas durante casi una semana ha estado orientado a analizar la responsabilidad de las familias en el deterioro de los valores lo que, se supone, explica el incremento de la frecuencia y brutalidad de los actos violentos que ocurren en el país y en nuestra entidad. El péndulo de hoy lo dedicaremos a ese tema. Veamos.

Diferentes y prestigiados filósofos coinciden en que la exhortación a amar a tu prójimo como a ti mismo, es uno de los preceptos fundamentales de la vida civilizada. Es un mandamiento común a las diversas religiones, sobre todo las más grandes, e implica que el amor al prójimo es impensable sin la existencia del amor a nosotros mismos; y ello depende de que seamos amados o tener la esperanza de serlo. El amor a nosotros mismos se construye a partir del amor que otros nos ofrecen, lo que se manifiesta cuando hablan con nosotros y se nos escucha con atención, con un interés que da a entender la disposición a responder de quien así nos escucha. Entendemos entonces que se nos respeta. Amar al prójimo como a nosotros mismos significaría, entonces, respetarnos mutuamente nuestra singularidad respectiva, valorarnos con nuestras diferencias, que enriquecen el mundo que habitamos.

Por otra parte, recordemos que la aplicación del paradigma neoliberal ha generado cambios de una magnitud que ha cambiado la condición humana de un modo radical y exige repensar los viejos conceptos que solían encuadrar su narrativa. Las nuevas sociedades de la globalización se caracterizarían por la fragilidad, la inestabilidad, la transitoriedad de los vínculos y las redes entre los seres humanos; los rasgos nuevos implican una disolución de los lazos que mantenían cohesionada la estructura social en la era del capitalismo industrial. A lo largo de los últimos 30 años, los propios individuos han venido rehaciéndose, creándose de nuevo como mercancía deseada, reeducándose para sobrevivir en una sociedad donde la disposición de dinero y el consumo compulsivo determina su pertenencia a la sociedad, o al cada vez más numeroso ejército de los excluidos, de los desechables.

En el mundo generado por el neoliberalismo, mundo líquido según Zigmunt Bauman, rige el principio del placer inmediato que se obtiene practicando el principio de “consume, deshecha, vuelve a consumir…”. Esta carrera hacia la satisfacción personal provoca una desafección por lo público y lo social, de manera que el éxito propio se conquista “desahuciando a otros seres humanos y, en especial, a la clase de personas que se interesan por otras o que pueden necesitar la atención de otras”. En la sociedad moderna líquida se profundizan las desigualdades económicas y se multiplican las dificultades para el acceso de millones a las mercancías universalmente aprobadas y codiciadas, lo que conduce a que el resentimiento social se reproduzca con facilidad. El capitalismo neoliberal ha cambiado la psique de los individuos: si antes la ética del trabajo determinaba le comportamiento de la mayoría, ahora, en un escenario cada vez más desregularizado y privatizado, el consumismo asume el principio del placer inmediato para explotarlo lucrativamente en los mercados. Esta política de la vida, carente de pautas y lazos sociales perdurables, deja a los individuos abandonados a su suerte, obsesionados por su propio bienestar. La nueva identidad que se construye en este mundo a base de consumir determinadas marcas, dispuesta a cada momento a mudar de estilo y tirar a la basura el anterior, se toma a sí misma y a los demás como productos desechables. Programas televisivos de máxima audiencia como Gran hermano, Supervivientes o El eslabón más débil expresan de forma meridiana qué ideología opera aquí: la que piensa que la vida es una lucha encarnizada por la supervivencia individual, donde los otros son meros competidores a los que hay que vencer en el mercado, y donde la confianza o la compasión sólo llevan al fracaso. La misma ideología subyace en miles de libros de autoayuda que subrayan el peligro de la dependencia de otros, individualizan la responsabilidad del fracaso, y condenan la vigencia de los derechos sociales.

Ahora bien, esa necesidad de auto creación compulsiva, en un mundo consumista, puede convertirse en un ominoso deber, y expulsar hacia la marginalidad, es decir, hacia la miseria y la indignidad, a muchas personas. Millones de jóvenes pobres, hijos de pobres y de familias destrozadas, sometidos a los poderosos mensajes que impulsan el consumismo compulsivo, todos los días acumulan resentimiento ante su exclusión de hecho del mundo privilegiado de los consumidores y, sobre todo, ante la ausencia absoluta del mínimo signo de amor de sus prójimos. Un ser humano que ha vivido sin acceso a lo más elemental, no desarrollará ningún aprecio por la propia vida y, menos expresará amor alguno al prójimo. Es carne de cañón disponible para los distintos grupos criminales. De ahí se infiere la necesidad de un estado social que promueva como principio la aplicación de un seguro colectivo, respaldado de forma comunitaria contra el infortunio individual y sus consecuencias. Si todos corremos el riesgo de ser frágiles en un momento u otro de nuestra existencia, el Estado debe protegernos y proteger a la sociedad en su conjunto de la proliferación de víctimas colaterales del consumismo: los excluidos, los parias, la clase marginada. Su tarea consiste en salvar la solidaridad humana de la erosión y en evitar que se apaguen los sentimientos de la responsabilidad ética.

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