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El son del corazón

El son del corazón

Por una cabeza, todas las locuras

Las elecciones, a veces, son la venganza del ciudadano.

La papeleta es un puñal de papel.

David Lloyd George

 

En un contexto de contaminación auditiva y visual, es difícil explorar más allá de lo inmediato.

La reflexión es un privilegio que se da prioritariamente a quienes disponen de espacios libres para su propia vida y los emplean para enriquecer sus ideas y razonamiento. Pero en el neoliberalismo nada es gratis; hoy que se ve reducido el tiempo para la familia, el ocio y la cultura, es difícil acudir al pensamiento con una disposición cómoda y holgada.

La sobreexplotación humana no deja tiempo para fincar barreras contra los mensajes nocivos; la doble o triple jornada laboral impide incidir contra la estridencia y cultivar la mente.

Me pregunto si este periodo electoral en el estado de México, surtido de mensajes ingratos e imágenes tiránicas, dejará un fondo inteligente en el mercado de electores, que sirva como remanente para las próximas competencias electorales. Fútil ilusión. El mismo sistema de propaganda empleado en estas jornadas, actuará en las próximas semanas para limpiar todo vestigio de razonamiento y crítica que juzgue estorboso en la red neuronal.

Después de un atracón de propaganda, aparece el blanqueo riguroso de la memoria. Es difícil afirmar que lo vivido en las semanas recientes, de mítines y debate inocuo, enriquece la conciencia ciudadana. Estas son oraciones piadosas para los crédulos.

Esto pienso mientras observo el desfile aparatoso de anuncios espectaculares y pancartas a favor de Alfredo del Mazo, durante un viaje ordinario por terrenos mexiquenses, donde la joven promesa aparece con una sonrisa desangelada y llamando a actuar con mano dura en contra de la delincuencia. ¿Cuántos anuncios vi en esta travesía? ¿Cuál fue el costo de este despliegue, donde el contenido político es lo de menos y cuyo despropósito es imagen fiel de un grupo político poderoso, usufructuario de un presupuesto elevado y muchos deseos de aplastar a la mala a sus contrincantes?

La fiesta de las mentiras, los rumores y las fintas no se escatima a nadie. Todo ciudadano mexiquense fue receptor inconsciente de las peores técnicas de comunicación social. Las agencias publicitarias, la prensa y los medios de comunicación electrónica, hicieron su agosto con las embusteras bondades de sus avances tecnológicos, adaptados exprofeso para imprimirle agudeza al mensaje electoral.

Mucha tecnología, pobre descripción de la realidad, ínfima respuesta con símbolos que oprimen con sordidez a la conciencia.

Pero, según el Grupo Atlacomulco, no hace falta más. Ellos no están aquí para hacer frente a la pobreza, ni tienen reclamo en contra del despojo, menos contra la corrupción. Así como son y están, tienen enorme convicción de ser los propietarios del estado de México, incluyendo a sus habitantes y todo lo que se mueve. El lema de su tradición es mantenerse intactos para dar continuidad a su linaje, no para parecer galantes.

Su ambición de poder transgrede cualquier cálculo imaginado, tiene a su favor los recursos económicos provenientes del Estado y de la corrupción, para hacer y deshacer entuertos discrecionalmente. Las familias de este grupo acuden presurosamente, a la primera voz de llamada, para dividirse el trabajo y atraer sus costosos equipos de asesores y propagandistas, en un activismo que envuelve los rincones más lejanos del estado de México.

Queda claro que sus métodos usados de hoy son, finalmente, los de ayer. No saben hacer más. Los caciques mexiquenses no son célebres por sus dotes imaginativas ni destacan por su inteligencia social. Ellos respondieron con algo que conocen y que sólo les cuesta dinero: reclutaron a la totalidad de los medios electrónicos de comunicación y atrajeron a los periodistas más voraces del espectro de la prensa nacional.

Sin embargo, la eficacia de esas herramientas comerciales de propaganda exige un requisito básico, sólo uno: que el artículo difundido (en este caso, el candidato), muestre una actitud veraz y apegada a la cosa misma que se trata (en este caso, la toma del poder para otros seis años). Pero lograr esta condición mínima ha sido un terrible fiasco.

El joven Alfredo del Mazo recorrió el estado con un gesto de contrariedad en su rostro, con la falta de alegría que caracteriza al burgués hastiado; detenta una personalidad gélida, distante de la gente. Alfredo es un aristócrata que de todo poco sabe, un personaje atrapado por el azar de las circunstancias, con la vigilancia atrabancada de los magnates que dominarían su administración estatal.

Nunca en la historia de los caciques mexiquenses se había ofrecido la broma infame de imponer a un candidato que no expresa vitalidad. Su mirada vacuna es conmovedora, de pocas luces; sus ademanes pausados revelan senilidad precoz, sus arreglos verbales demuestran calamitosos destellos de ignorancia supina, su caminar cansino sugiere que él no desea llegar a ningún lado.

Frente a ello, las entrevistas arregladas en la prensa, la radio y TV, los discursos redactados por sus asesores más fieras y mejor pagados, no sirvieron para levantar su pinta timorata, en límite con la estulticia. El joven del Mazo es una insuficiencia humana que confundió el terreno fracturado de un estado bravo y conflictivo con una cancha de golf.

 

Y, sin embargo, según la pandilla de funcionarios federales que fueron incorporados vergonzosamente como operadores políticos, la situación está controlada para repetir la hazaña habitual: inhibir el voto popular y secuestrar por la buena o por la mala el triunfo en las elecciones.

Ya se ha reseñado en exceso la diversidad de maniobras desplegadas por los miembros del PRI en el estado de México, para inducir el voto a favor de Del Mazo. No se atisba en ello un nuevo sistema de persuasión. Ya lo dije, los métodos son los mismos: despliegue de brigadas para comprar credenciales de elector, toneladas de materiales de construcción, bonos-miseria para adquirir artículos en tiendas de autoservicio, mantenimiento sorpresivo de calles y drenaje, instalación de nuevas redes de agua potable y reparto profuso de dinero a los que asisten a los mítines de Alfredo del Mazo.

Los miembros del PRI mexiquense, con poca imaginación, se revuelven en sus métodos corrompidos de atraer votos, con la certeza de que en el pueblo pobre nada ha cambiado: se atrae a los mismos ignorantes, muertos de hambre y dóciles ante el poder. Tienen el convencimiento de que, finalmente, agrupar en la categoría de ciudadanos a millones de desempleados que pululan por los pueblos y ciudades, es un ardid para legitimar su base de poder.

Y aquí vienen los asegunes.

Cuidado, los seguidores a favor de Delfina Gómez Álvarez, candidata del Morena, han crecido notablemente. Aquí no hablaremos de encuestas, empero, es evidente el crecimiento de su influencia en todas las regiones del estado, sin excepción.

Se podría objetar con ligereza que éste es un problema de percepción. Pero no, la gente de Delfina se ha organizado con reservada puntualidad para dar respuesta a la tergiversación y las maniobras fraudulentas que se dibujan en el horizonte.

Ya sabemos: según los del grupo Atlacomulco, primero muertos que perder. No tendrán reparos en hacer uso de las rudezas más miserables, perversas y criminales para lograrlo. De ser así el asunto, estarían dispuestos a intervenir las casillas y organizar un fraude descomunal.

Cuidado. Se acerca un conflicto social de grandes dimensiones en el estado de México.

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