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Dignificar la política: ¿tarea de la izquierda?

Dignificar la política: ¿tarea de la izquierda?

El triunfo de Emmanuel Macron removió el dañado subsuelo de la política mexicana, poblado de las pequeñas ambiciones de quienes buscan sin descanso la vía rápida, su fast track al olimpo de un poder que no ha dejado de temblar. Y que este domingo muy probablemente haga que la tierra se conmueva con una estruendosa derrota priísta en tierras de don Isidro.

Del triunfo del francés maravilla sin mayor trámite pasamos a la neurosis galopante de Donald Trump que, por si faltara, nos recordó en Taormina que el mundo sí está en peligro y no sólo por su trumpanomics, sino por su voluptuosidad majadera, enemiga de todo trato civilizado o racional. Éste, el que trazan los europeos y desdibuja el habitante de la Casa Blanca todos los días, es nuestro panorama y donde habremos de encarar a los centuriones trumpianos para renegociar o reinventar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

La terra trema decía Visconti y aquí, por doquier, tiemblan las capacidades y los convenios constituidos como también lo hacen los poderes de hecho, los viejos y los recién llegados, todos ellos mal educados en los criterios y restricciones de la democracia. Quizá sea por esta mala educación que sus personeros conspiren sin recato, de la peor y majadera manera sin asumir las implicaciones inmediatas, mediatas e indirectas, de sus pactos bajo la mesa y sus mil y un cochupos.

So pretexto de que el enemigo malo viene cual ave Fénix, ahora vestido de indómito populista justiciero, los negociantes de toda laya se aprestan a montar la peor de las andanadas mediáticas que el país haya vivido en épocas prelectorales. Pienso que es ahí, en ese imaginario lleno de telarañas sobre las amenazas para México, donde anida la serpiente y se gesta la amenaza de mandarnos por un buen rato al mítico estado de naturaleza donde todo se vale, salvo reclamar orden y buen trato.

La izquierda realmente existente ha vivido con intensidad esta circunstancia. Varias veces a punto de llegar al poder presidencial por la vía electoral y varias veces también impedida de hacerlo por las triquiñuelas de los poderes coaligados en torno a la estabilidad como virtud teologal de la república, tiene otra gran oportunidad y un enorme desafío. La ocasión se abre gracias a la profunda crisis en que se debaten los partidos de la coalición que ha gobernado en los hechos desde 1988 y el desafío se condensa en el reclamo popular acumulado de los excluidos; también por los que sin serlo sienten que el derecho a ascender en la pirámide social ha sido conculcado por la querencia oligárquica que se impuso en los mecanismos centrales del ejercicio del poder y la distribución de los frutos del esfuerzo social.

Responder a este reclamo y estar a la altura de tal oportunidad le impone a la izquierda un intenso y tenso ejercicio de responsabilidad. En primer término, no con el sistema, pero sí con el orden democrático que hay que construir para dar cabida a tanta demanda de participación pospuesta e insatisfecha. No hay manera de hacerlo sin un buen esquema de representación política que implica la necesidad de organizaciones más o menos permanentes y comprometidas explícitamente con el encauzamiento de la queja sobre la falta de representatividad del sistema en su conjunto. Es decir, un compromiso expreso y creíble con un orden político que para ser democrático tiene que dar entrada a las más diversas expresiones políticas e ideológicas, a condición de que todas se comprometan con la hipótesis democrático-representativa que debe articular todo proyecto de reforma estatal.

El desafío radica en el tema crucial del programa que supone proponer, sin recovecos ni costura invisibles, un orden de prioridades que desde luego pasa por la política económica y la social, pero obligadamente afecta la vida pública y la organización estatal. Prometer no empobrece, solían decirnos, pero hemos aprendido que enrarece el entendimiento del intercambio político hasta desnaturalizarlo y llevarlo a versiones bárbaras como las que hemos presenciado en estas semanas de campaña electoral, en especial en el estado de México. Ahí, como a su manera seguramente lo hicieron los layines de Nayarit, Coahuila o Veracruz, hubimos de acercarnos a los más execrables excesos del trafique de bienes públicos y los usos de la pobreza económica y ciudadana.

Lo que hemos vivido es un empobrecimiento descarnado del verbo y el seso, del que sólo puede rescatarnos una política popular auténtica cuyos postulantes no teman reconocer el mar de carencias en que nos ahogamos y que, a la vez, se muestren dispuestos a asumir la enorme y difícil tarea de dignificar la política. El inventario de nuestras gigantescas fallas geológicas en materia de bienestar y seguridad está ante nuestros ojos. Como lo está o debería estar la exigencia de una política para la igualdad que no rompa los tejidos productivos y sociales que han podido mantenerse o que, a pesar de los pesares, han surgido del cambio estructural globalizador que hasta aquí nos trajo.

Resulta un tanto pueril hacer de este domingo el día D de nuestra democracia. Pero sería insensato no leer el ominoso mensaje que las campañas electorales nos han legado. Eso no lo van a poder borrar las brigadas de limpia del día después.

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