Las fiestas de los celulares

Las fiestas de los celulares

A dos años de haber comenzado mi vida de cuarentón, y como papá de tres niños, comienzo a contrastar a mi generación con la que le sigue. Considérese para el presente lo que algunos autores establecen: entre una generación y otra median 15 años. Nacido yo en 1975, la primera oleada de mi generación posterior llegó hace 27 años y sus integrantes menores tienen apenas 12 vueltas al sol.

Quienes nacimos en 1975 crecimos con la televisión a colores en su apogeo para transmitir dos o cuando mucho tres canales: no los 255 de ahora y los Netflixs por agregar. Fuimos estudiantes de primaria con ábaco y grueso juego de geometría, además de perforadora y broches Baco en secundaria. No teníamos Powerpoint, sino proyector de acetatos. Nuestros profesores “picaban” el examen en la máquina de escribir sin el listón de tinta y en la dirección escolar lo “estenciliaban” girando la manivela de un rodillo entintado. Para colmo, nuestras tareas eran 40 renglones transcritos a mano del tomo 26 de la Enciclopedia Británica que no podíamos sacar de la biblioteca pública.

Quienes nacieron en 1990, en cambio, tenían apenas nueve años cuando podían sacar su cuenta gratuita de correspondencia virtual en el dominio correoweb y participaban en animadas conversaciones en el sitio Latinchat. Fueron la generación Metroflog, ICQ y Messenger. De los procesadores 386 y 486 llegaron a los Pentium uno, dos y tres. Sus papás les instalaban antivirus y explorador America Online desde un cd blanco, y a solas podían manejar con maestríalas ventanas del Windows 98. Ellos crecieron con la vorágine del internet. Ahora, repito, tienen 27 años y ya no son prisioneros de su recámara: el teléfono celular se les volvió inteligente (parece que más que ellos) y grillete con funda y mica.

Ahora, cuando asisto a fiestas infantiles y/o familiares, observo cómo los adultos platicamos con el gusto de reencontrarnos mientras los hijos adolescentes y jóvenes se mantienen en las mismas mesas absortos frente al “sonido inteligente”: “smartphone”. Hago notar la traducción porque, de ser auditivo, el teléfono ya se nos volvió visual. La televisión que antes nos embobaba ha migrado a un aparato portátil que también se convirtió en sustituto de los relojes durante los asaltos.

Miro así cómo los hijos de mis amigos, hijos que pertenecen a mi generación inmediata, ésos que tienen de entre 27 a 12 años, tienen un grupo de WhatsApp por cada una de sus 8 clases, uno para los de su grupo donde no haya profesores ni soplones, un grupo para su palomilla, otro para su trabajo de las tardes, otro para el desmadre, otro para los primos. La convivencia es virtual y hasta el acto de comprar lo es. Toda cafetería que se precie de serlo debe tener ahora señal de internet y contactos eléctricos para los cargadores de celulares. Los jóvenes ya no preguntan al mesero por el especial del día, sino por la contraseña de la red local. Entra uno allí con la esposa y lo primero que ve es a los jóvenes juntos pero arrellanados, todos en silencio, agrandando el mentón, moviendo el dedo horizontalmente o presionando en el teclado predictivo las sílabas “ja ja ja” mientras mantienen el rictus apretado, muy serio. Y el de al lado, bien gracias. O en las mismas.

Por eso también me decepciona un poco ver entre los adolescentes las fiestas de los celulares. En mis tiempos la pinteada de clases implicaba aventar la corretiza por la calle, burlarse de lo ridículo que uno viera en la calle, mojarse en la pila de agua más cercana o treparse a la camioneta para chiflar a las muchachas guapas. Sin celulares, en mi mundo había más viento y ruido, más luz natural y menos angustia por una batería baja, más desmadre de ése al que los poetas llaman bullicio, más estudio en serio y menos “copy and paste”. Si la Wikipedia nos vino a dar en la madre de gran parte de lo que debería ser la futura sociedad académica, el teléfono inteligente está presionando, con todas sus aplicaciones descargadas, al nervio social de mi generación inmediata. ■

 

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