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Breve apología del cursi anagrama de Roma

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La Gualdra 295 / Río de palabras

Detesto la palabra. En ocasiones he llegado a renegar de ella, a borrarla de mi léxico, a huir de su presencia. En mis textos su aparición no ha sido favorable, por lo general, siempre ha sido un tema vedado. Sin embargo, de manera contradictoria la leo con placer en las páginas de autores que respeto; allí, aparece sin miedo entre el artículo y el adjetivo y su presencia me intimida. La dichosa palabra se utiliza una y otra vez y mis ojos la siguen como a una pelota de tenis. Brilla entre los párrafos denominando diversos aspectos del famoso sentimiento; y éste a su vez se convierte por la magia de la literatura en odio y en ocasiones en amargura. En épocas más recientes otros autores han logrado desdibujar la dichosa palabra, convirtiéndola por obra de la irreverencia y la falsa modernidad en una fuga de la mutua indiferencia y el egoísmo, a lo que les ha dado por llamar libertad.

La lista de estas obras es extensa, compleja, y en ocasiones absurda.

No sé si el discurso o la técnica empleada por estos autores sea la correcta, o si quizás esa palabra, por tantos aborrecida y por otros glorificada, no sea en este tiempo lo que fue en la literatura anterior. Muchas veces me lo he preguntado, cuestionando mi proceder, y me culpo por reprimir en más de una ocasión esos enormes deseos de escribirla, temiendo ser otra víctima de una moda o una nueva manera de escribir.

Y me digo, en aras de escapar de cualquier influencia, qué debo utilizar la sugestión; qué debo hacer nacer y reproducir el sentimiento entre las páginas pero jamás nombrarlo (tantas veces he escuchado esto que ya hasta lo tomo como cierto). Como si la palabra fuese un anatema, o quizás, horrorizado de caer bajo su influjo, terminar escribiendo cuentos amorosos del siglo 21.

La cuestión es que le temo a esas cuatro letras. Me aterra su caligrafía. Me llena de inquietud la facilidad con que algunos la escriben. Me ponen los pelos de punta esas trampas sexuales y cosmopolitas de los nuevos autores. Como si Catulo ya no tuviera a su Lesbia, como si la Beatriz de Dante no hubiera sobrevivido a los siglos, o el cuerpo sobre los rieles de la heroína de Tolstoi hubiese sido en vano.

Creo que la mejor posición ante ese hecho sigue siendo la ventana. Mirar los toros desde la barrera y que sean otros quienes narren el encuentro de las bocas y los ojos ardientes. Quizás alguna vez termine cruzando esa línea, lo presiento, hay dos o tres historias que gritan por ello. Y tal vez el tiempo me regale las palabras y la manera apropiada de hacerlo. Por lo pronto me contento con esos libros inmortales que aún siguen exaltando ese poderoso e inexplicable estado. Esos libros que dicen de manera cruda que nada cambia, la materia prima sigue siendo la misma.

 

*Colombia.

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra-295

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