¿Rumbo al ocaso?

¿Rumbo al ocaso?
Nadie está obligado a lo imposible, nos dicen los abogados y lo mismo podríamos decir de la política. Nuestras críticas desde el departamento de puntos de vista, como con ácido ingenio solía llamarlo José Antonio Álvarez Lima, pueden sin más resbalarse a lo inocuo si, por ejemplo, insistimos en conminar a los partidos, sus dirigencias y legisladores a cumplir con el mandato constitucional que los hizo entidades de interés público. Ahí se abren las puertas del infierno, porque cada quien tendrá su propia interpretación de lo que quiere decir interés público y siempre pretenderá demostrar que, conforme a tal noción, nadie cumple como su partido.

El hecho de que pueda más o menos señalarse que los partidos no agregan los intereses de fondo de la sociedad y mucho menos buscan darle a esos intereses un cauce productivo, ya no digamos racional, mediante políticas, leyes y reformas, se estrella en el muro del mutismo cínico que se ha apoderado del cuerpo político nacional. Un autismo bien procesado por el sistema de medios de información y mejor asimilado por quienes han hecho de la política una profesión sostenida por los impuestos y otros recursos del Estado.

Este paquete de cinismo militante y aislamiento de la política lleva a decretar la nuestra como una crisis de representación, pero también de representatividad, porque pocos o nadie ve hoy a los legisladores como figuras que los representen. De seguir por esta pendiente de aquí a 2018, tendremos una frenética danza ritual, llamando no a la lluvia, sino a celebrar el enfeudamiento de los políticos y sus partidos, del todo alejada de una renovación de la confianza y el entusiasmo ciudadano en la política.

Así, habremos dejado vía libre a los individuos gubernamentales no gubernamentales que hoy forman las filas del más severo antigobiernismo y la más fiera de la antipolítica. Tendríamos así una réplica perversa del antipriísmo silvestre que críticos ilustrados y empresarios del descontento empresarial volvieron reclamo democrático liberal en las últimas décadas del siglo XX. Las comillas a liberal son muestra de mi respeto a las genuinas ideas liberales, así como a las posturas políticas y cívicas inspiradas en esa doctrina.

El desenlace de este cuadro siniestro no va a ser la alternancia renovadora que tanto ilusionó a las almas puras del nuevo milenio. No hay amigou americano en quien descansar y las coaliciones posibles para asegurar alguna gobernanza del Estado y del sistema político aparecen cruzadas y manchadas por todo tipo de contubernios, corrupciones, compra y venta de protección al aire libre. Nada que pueda asemejarse a las esperanzas que el triunfo de Vicente Fox sin duda alimentó hasta que con él se estrellaron en el muro de las decepciones parroquiales.

De aquí en adelante pues, nos queda el desierto sembrado de bajas, colaterales y no, que ahora cuentan con la compañía de periodistas valientes y honestos. Con Malas Yerbas que, como lo ha escrito con sentimiento y maestría José Carreño en El Universal, no deberían morir, sino germinar y extenderse para redimir el territorio letal en que han devenido el periodismo y la opinión pública genuinamente arraigada en una ciudadanía que no se rinde y reclama justicia, protección, decencia.

Culiacán ahora; ayer Chihuahua y San Fernando, siempre Guerrero y Michoacán, Veracruz heroica y mártir de la estolidez criminal y el despropósito de la política enmascarada: del Norte al Sur y del Golfo al Pacífico en una rosa de los vientos que no deja escape ni ofrece por lo menos la posibilidad de seguir en solitario nuestros respectivos cursos. Henos aquí, sin más coordenadas que el abandono y la desazón, avergonzados por el sacrificio de Javier Valdez, Miroslava, Mireya… tantos más olvidados o sublimados.

De este macabro panorama emanan exigencias y obligaciones a la política y los políticos, en especial a los diputados y senadores actuales. Su misión tendría que ser la rehabilitación de sus canales de comunicación y entendimiento entre sí y con el resto de los ciudadanos. Nada cercano a ninguna de las misiones imposibles que de vez en vez se asignan. Lo que se les pide es sencillo y crucial: escuchar y deliberar; reflexionar en silencio y en voz alta y arriesgarse a investigar. Conocer, diferenciar y legislar.

Negarse, negarnos, al soslayo en aras del engañoso y corrosivo apoltronamiento; exigir derecho y ley a quien debe cumplirlos y hacerlos cumplir; evitar desbarrancarse en la ocurrencia y la confusión que sólo aterrizan en la negación militante y logrera de la política, del Estado y de la misma democracia: éstos deberían ser los miradores de una izquierda y un progresismo comprometidos con un nuevo curso para abatir la desigualdad y eliminar la pobreza.

No habrá credibilidad efectiva para este giro si no se pone por delante y con firmeza una dupla de derechos que tanta modernidad nos ha llevado a olvidar: el derecho a la supervivencia, como le llama Enrique del Val y, como ha escrito María Marván recientemente, el derecho al Estado. Sin esto, sólo queda el ocaso…

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