La nueva odisea funesta: hacer periodismo frente a la hidra criminal

La nueva odisea funesta: hacer periodismo frente a la hidra criminal

La información es un insumo esencial para el poder, ya sea público o económico. Y la formación de la opinión también. No es gratuito que fuera un tema de agenda histórica la libertad de expresión y la libertad de prensa. Recordamos los censores inquisitoriales o la estricta producción indexada en las dictaduras militares. El gobernante decide qué información se puede difundir y cuál no, qué textos puede leer la población y cuáles no, y cómo es lícito pensar. El control de la difusión suponía la formación de la opinión: se aspiraba a la uniformidad de las creencias. Toda división o diferencia se veía como una ‘manzana podrida’ que metería al orden y a la estabilidad social en problemas. Sociedades basadas en el orden, no en la libertad. Los regímenes conservadores identifican, unidad, orden y control social estricto. En este contexto se veía lícito que en la propia ley se prohibiera la disidencia bajo el tipo penal de ‘disolución social’. Así las cosas, se prohibía la libertad de expresión por considerarla causa de disolución social.

Cuando las cosas cambiaron y se puso a la libertad como prioridad sobre el orden, con los ideales de la democracia, se vio como deseable una sociedad plural, diversa y de libre pensamiento. El ideal de la ilustración ayudó a esto: tener el valor de valernos de nuestra propia razón. En este contexto, la libertad de expresión fue esencial para construir el espacio público. Y se pensó que el Estado con sus poderes divididos, debería garantizar que toda persona tuviera las garantías de un ciudadano: ejerciera su libertad y acceso a los asuntos de interés público. Porque los poderes actúan y tienden a controlar las situaciones a su favor: los políticos no quieren recibir críticas y los privados no quieren que se les interfieran sus intereses.

Pues bien, es claro que una buena parte del gremio de comunicadores no está en la sintonía de la objetividad (libertad), sino que son tinterillos o jilgueros de intereses particulares específicos. La objetividad se alinea al interés público (general), y por lo tanto, los intereses particularísimos están fuera de esa línea. Sin embargo, la cosa se pone aun peor cuando hay no sólo intereses particulares, sino cuando estos últimos son ilegales o, aún más: abiertamente criminales. La mafia tiene la necesidad de contener la publicidad de la información para poder operar, si hay alguien que exhibe la información lo van a querer eliminar. Y dichas mafias actúan como redes de espacios privados con círculos políticos. Desgraciadamente la mayoría de los medios de comunicación están domesticados, y son pocos los medios libres en sus diversos formatos (prensa, radio, televisión o redes). Por ello, en la mayoría de los medios oficiosos no han dado cobertura a las notas del asesinato de periodistas libres. Y con el gremio desarticulado de esta manera es muy difícil defender la libertad de expresión. La tiranía del poder criminal es una hidra que puede actuar gracias a que es tolerada o protegida: los gobiernos se han convertido en el humus de la hidra criminal que se riega con sangre de periodistas.

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