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Del oficio y la esperanza

Del oficio y la esperanza

“Rubén nos desnuda en medio del páramo”, le dijo Javier Valdez Cárdenas a la agencia EFE en octubre de 2016, refiriéndose al asesinato del fotoperiodista Rubén Espinosa, quien “murió solo, sin dinero, pensando que la Ciudad de México era un santuario, un nido para seguir viviendo”.

El caso de Espinosa era para Javier Valdez un ejemplo de la fragilidad de la condición de los periodistas, el eslabón más débil, un objeto más en la estructura administrativa de los grandes medios.

Pocos saben que Rubén salió de una manifestación “con la foto en los huevos”, expresión con la que Javier sintetiza el sentido del deber del fotoperiodista veracruzano, quien se arriesgó a que en una detención ilegal de la policía le encontraran la tarjeta de memoria de la cámara, en la que había retratado la represión en contra del magisterio.

El periodismo de Rubén, el periodismo de Javier, el periodismo valiente, crítico y comprometido es el que exige una sociedad que, sin embargo, abandona al periodista que lo ejerce.

Lo deja solo con la adrenalina, el estrés, el insomnio y el miedo; con el temor de cubrir un accidente de tránsito o un asesinato y ser agredido por los policías; con la preocupación de si al hacer una pregunta incómoda a un funcionario será amenazado.

Con la incertidumbre de no saber qué callos pisa con una publicación, en un entorno de colusión y complicidad; con la obligación de ocultar el nombre tras un seudónimo cuando sus temas transgreden los márgenes de la “libertad de expresión” establecida.

Pocos saben, también, que el periodismo es una profesión sin horarios pero sin pago de horas extras, con salarios mínimos; que curte bajo el sol o la lluvia; que el ritmo de trabajo, vertiginoso, va minando poco a poco las fuerzas a lo largo del día.

Despiertas. Revisas las noticias. Es hora de ir a la entrevista de las 9, justo con el secretario que ya sabes que, por más preguntas que hagas, insiste en dar rodeos evadiendo su obligación de responder. Se te hace tarde y el estómago te recuerda que no desayunaste. No hay tiempo.

Ahora tienes que buscar al funcionario que desde hace 15 días está en una reunión. ¿Cuál es el tema?, te preguntan en comunicación social. En este momento, sigue en reunión. No importa, sólo tienes una nota y necesitas conseguir mínimo tres, cuatro. Ya es la 1 de la tarde. Las 5, las 7, las 9… y sigues escribiendo.

Con suerte estás trabajando bajo un contrato que te da la posibilidad de acceder a los derechos mínimos que han dejado las reformas laborales. Muchos compañeros, en Zacatecas y en el país, laboran en empresas con contratos temporales, por honorarios, sin seguridad social. A Rubén Espinosa le llegaron a pagar 10 pesos por una fotografía. Javier Valdez cobraba por publicación.

Pocos saben que Javier lloraba para sobrevivir a las historias que nos narró de niños huérfanos, de madres que buscan desesperadamente a sus hijos arañando la tierra, de cómo los colegas sobrellevan el oficio en el infierno, llamado Tamaulipas, Veracruz, Sinaloa; México.

Hoy está muerto. Fue asesinado arteramente a unos pasos del semanario Ríodoce, que fundó hace 14 años. Dirán que fueron esas historias, que fue el periodismo valiente, crítico, comprometido que hacía el que lo mató.

Pero no. Lo mató la impunidad, en la que confluyen como cómplices el crimen organizado y el gobierno. La impunidad que permite una sociedad que ha perdido la capacidad de indignación.

Los reporteros de La Jornada Zacatecas tomamos la decisión de, este marte, no cubrir la agenda oficial de ningún poder, Ejecutivo, Legislativo o Judicial, ni de organismos autónomos.

Según la organización internacional Artículo 19, la mitad de las agresiones en contra de los periodistas en el país provienen de servidores públicos. Además, Javier Valdez tenía un deseo: que el periodismo regresara a contar las historias de la gente.

La dirección de este medio se solidarizó con nuestra iniciativa y por eso en estas páginas no encontrarán conferencias de prensa, eventos oficiales ni boletines.

Javier Valdez añoraba que el gremio periodístico se desprendiera de la envidia, del celo profesional y de la competencia absurda. Quería que miráramos hacia adentro para así salvar el oficio y recuperar la pasión por informar. Como Javier, decimos no al silencio “para que no nos quiten el futuro que merecemos”. ■

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