Todas las rocas se desmoronan con el viento

Todas las rocas se desmoronan con el viento
  • Iván Muñoz AKA Ivanko Moses-Lee. No están ustedes muertos (Pedro Páramo). Fotografía digital

Mejor será no regresar al pueblo,
al edén subvertido que se calla
en la mutilación de la metralla.

(El retorno maléfico.

Ramón López Velarde)

 

Así como la aurora languidece en el crepúsculo y sucumbe en el ocaso de la noche, las piedras se fracturan y se desvanecen con el soplo del viento. Así también se va la vida, en cíclicos días que la memoria no quiere dejar ir, porque se nutren de los momentos, incluso de los instantes, que los conforman. En los recuerdos la memoria engendra la nostalgia y la imaginación juguetea con ambas. Vivimos atados a los linderos de nuestras realidades y confundidos por los espejos de las ilusiones.

Todos, en alguna etapa de la vida, hemos sido inquietados con flashazos internos que nos revelan la extraña sensación de estar viviendo momentos que con anterioridad ya habíamos vivido, esa misteriosa sensación, llamada déjà vu, resucita instantes muertos y les da fugaz vida. Sobre la relatividad de la muerte, desde hace mucho los científicos hablan de la posibilidad de viajar en el tiempo y revivir el pasado, en fechas más recientes teorizan sobre nuestra realidad, equiparándola a un holograma cuántico. Será acaso que la vida es una ilusión proyectada en el plano espacio tiempo. Este plano conceptual es el andamiaje de la novela Pedro Páramo, esa obra literaria es una realidad fragmentada por la fractura del espacio y el tiempo en el que se desenvuelven sus personajes. Con su magistral novela, Juan Rulfo, como un verdadero demiurgo, da vida a los muertos y los nutre de los recuerdos de la desolada Comala, el paraíso terrenal de Pedro Páramo y el infierno de muchos que les tocó la suerte de ser parte de la vida de ese cacique.

Detrás de esta novela, hay años de lecturas, viajes, reflexiones, paisajes, escritura y búsqueda de una forma de narrar la historia que antes de ser escrita ya vegetaba en la cabeza de su autor. En su afán de escribir esa novela, Juan Rulfo tuvo que desandar parte del camino andado y también tuvo el valor, pero sobre todo la honestidad, para deshacerse del lastre de su primer intento de novela, calificada por el propio Rulfo tan mala, por retórica y alambicada, que prefirió destruirla. Más adelante, liberado del lastre del ego del principiante y del abuso de los adjetivos, comprendió que el sustantivo es la sustancia de la narración. Con esa convicción emprendió la escritura de los cuentos de El Llano en llamas, ese ejercicio narrativo le permitió encontrar la estructura, que necesitaba para escribir su novela. La clave se la dio Luvina, “un cuento de atmósfera enrarecida, semifantástica, perfecto umbral al mundo fantasmagórico de Pedro Páramo”. Luvina es el cuento angular de la estructura que más tarde da la pauta para construir los cimientos de la novela Pedro Páramo, también es el texto que le permitió a Rulfo entender que los fantasmas de su novela deberían hablar por sí mismos, no guiados ni manipulados por un escritor ventrílocuo. Pedro Páramo es una novela que aparentemente no tiene estructura, pero en realidad es su estructura lo que la sostiene y la hace tan singular. Para Joaquín Soler Serrano, el excelente entrevistador español, es una obra que “tiene un planteamiento muy maquiavélico. Despliega una técnica muy complicada para contar desde todos los planos posibles las historias que forman la historia de Pedro Páramo”.

Esa multiplicidad de planos e historias, aunado a la lógica irracional que caracteriza la línea de la novela dificulta su lectura. Pero, aun así, gracias a la precisión y economía de su lenguaje, es posible disfrutarla. Es un lenguaje plasmado en una poesía que más que describir paisajes, emular expresiones y reproducir sonidos, transfigura la sorpresa del lector en una empatía con la que se sumerge en el dolor y la esperanza de los personajes rulfianos, a pesar de la violencia, el rencor, la envidia y la maldad que palpita detrás de la aparente serenidad de esos personajes. Los amaneceres, atardeceres y anocheceres en Comala, son sólo fragmentos del tiempo trastocado por los impulsos de vida y muerte, de semilla y fruto, de lluvia y sequía, de alegría y tristeza. Efluvios de las palpitaciones y acordes de la efímera vida en un paraíso terrenal convertido en un páramo poblado de fantasmas. Una precaria vida de pedregosos entresueños desvanecidos por el viento.

 

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