Libertad de prensa, materia pendiente

Libertad de prensa, materia pendiente

Ojalá los riesgos a la libertad de prensa fueran cosa del pasado; ojalá fueran sólo viejas historias que nos cuentan nuestros abuelos; ojalá fueran sólo resabios de aquellos tiempos en los que asistir a conciertos de rock conllevaba el riesgo de caer en una redada, o ser simpatizante comunista era razón para ser linchado.

No es así. El fin de semana en el estado de Guerrero, siete periodistas fueron amenazados de ser quemados vivos, y fueron despojados de una camioneta, equipo fotográfico, de vídeo, celulares, y otras pertenencias.

La Federación Internacional de Periodistas (FIP) ubica a México como el tercer país con más homicidios de periodistas, sólo detrás de Irak y Afganistán.

Además de todos los periodistas asesinados, de los que han sido golpeados incluso en la redacción de sus medios, hay otros tantos que han padecido la censura a través de procesos judiciales.

Entre ellos está Pedro Canché, periodista maya que fue encarcelado por nueve meses acusado de sabotaje, luego de informar de una manifestación en la Comisión de Agua Potable y Alcantarillado (CAPA) en Quintana Roo, bajo el gobierno de Roberto Borge.

En todos lados se “cuecen habas”, y en Estados Unidos recién se ha liberado al periodista Barret Brown luego de cuatro años de encarcelamiento por revelación de información privada; es decir, por denunciar que la empresa Stratfor espiaba a activistas. Brown, a quien se le considera la mayor autoridad periodística respecto al fenómeno de Anonymus, fue reaprehendido a finales del mes pasado, sin acusación ni razón legal, justo un día antes de que lo entrevistara la PBS para un documental. Luego de cuatro días, lo liberaron.

El 3 de mayo, Día Mundial de la Libertad de Prensa, Enrique Peña Nieto expresó que este derecho es un pilar para la democracia y se reunió con el Comité para la Protección a Periodistas. Al día siguiente, Carmen Aristegui, abandonó su programa con inusitada prisa porque tenía que acudir a una audiencia judicial por el prólogo que escribió para el libro La Casa Blanca de Peña Nieto.

En ese texto la periodista narra cuál fue la reacción presidencial al reportaje que terminó por deshacer la autoridad moral y la legitimidad de Peña Nieto. Luego de publicarse la historia de la Casa Blanca, el mexiquense minimizó el trabajo periodístico, luego intentó dar insatisfactorias respuestas oficiales, y más tarde, vino una explicación de Angélica Rivera que terminó con su imagen.

Después, cuatro meses de buscar la rendija que permitiera sacar a Carmen Aristegui y a su equipo del medio de comunicación en el que encabezaba los índices de audiencia, la encontraron, y en vísperas de Semana Santa y de un puente laboral, salió del aire.

No importaron las protecciones contractuales que ella misma cuenta en el prólogo del libro, en el que explica que no trabajaba en Noticias MVS en calidad de empleada, sino de “asociada” cuyos ingresos dependían de la comercialización de su espacio noticioso de acuerdo a un contrato diseñado por Javier Corral, con el que se esperaba separar los criterios editoriales y comerciales y garantizar el derecho a la información, la transparencia y la libertad de expresión.

El resultado ya lo sabemos, Aristegui salió del aire de la concesionaria radiofónica y después de dos años retomó su programa de noticias en su sitio de internet, de nombre Aristegui Noticias.

Bien pudiera pensarse que este caso es muestra de que la censura es sorteable, porque finalmente, Aristegui sigue informando a quien elige sintonizarla cada mañana. Pero las cosas no son tan sencillas. Dice el filósofo Slavoj Žižek sobre la libertad de elección:

“¿Cuál es el problema con la libertad de elección? Por ejemplo, los fumadores empedernidos. Mi esposa no puede sobrevivir con menos de dos cajetillas al día. Pero la manera de asegurarse que uno seguirá fumando es la ilusión del libre albedrío, porque saber que lo puedes dejar en cualquier momento hace que, efectivamente, no lo dejes. Al contrario, si al empezar a fumar te dijeran que nunca vas a poder dejarlo, mucha gente se lo pensaría. Habría menos fumadores.”

Pensar que podemos elegir en qué medio informarnos en un mar de opciones, que podemos acceder a un periodismo libre porque, pese a los casos ya citados, hoy hay espacios dónde leer periodismo crítico, porque hay atención y cuidado de quienes son abrumados por problemas judiciales, y porque los casos de homicidios de periodistas tienen visibilidad, es parte de la ilusión de vivir en un sistema democrático.

La libertad de prensa, y consecuentemente la aportación del periodismo al sistema democrático no son tierra ganada, pero las piedras en el camino tienen ahora otra forma y consistencia.

Además de las formas “tradicionales” de censura, tenemos que incorporar en el análisis del quehacer periodístico el cómo nadan las investigaciones serias y las aportaciones valiosas en el mar de las banalidades virales; cuál es la materia de la que puede obtenerse ingresos que permitan la subsistencia en los tiempos en que la tecnología mata la posibilidad de cobrar por la mercancía tangible o los derechos de autor; qué hacer cuando la publicidad es absorbida por las grandes empresas del big data; qué hacer frente a la publicidad oficial que asume que las redes sociales hacen prescindibles a los medios de comunicación, etcétera.

Lo más importante, es que en todo esto, el periodismo cumpla con su función social, y demuestre su pertinencia. Sólo eso podrá salvar a quienes se dedican a tan noble oficio de las balas, los juzgados y la irrelevancia profesional. n

 

Twitter: @luciamedinas

 

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