Hagamos oír nuestra voz ante la próxima renegociación del TLCAN

Hagamos oír nuestra voz ante la próxima renegociación del TLCAN

En pocas semanas iniciará la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), promesa central de campaña en Estados Unidos en la que coincidieron demócratas y republicanos. Una vez que ha quedado descartada la amenaza de una posible denuncia de la nueva administración norteamericana, debe quedarnos claro que cualquier revisión no debe asumir la óptica unilateral y sesgada de lo que se dijo al calor de la retórica electoral y que nadie, en aquel país o en el nuestro, respondió o clarificó en su momento.  Debemos afirmar con fuerza que México no ha sido el ganador unilateral del TLCAN, que ha habido costos y beneficios para los tres países y que en México muchas unidades productivas –particularmente en el campo y en las manufacturas ligeras- fueron desplazadas y desaparecieron desde los primeros años de vigencia, por importaciones procedentes de Norteamérica. Aún la industria maquiladora del vestido y los productos electrónicos, que creció en los primeros cinco años, perdió de golpe una parte importante de los empleos que había generado, a raíz de la entrada de China al mercado de Estados Unidos, sin la exigencia de acuerdos laborales o ambientales, como los que complementaron el TLCAN.

También hay que decir que el crecimiento del empleo en la industria automotriz y de autopartes en México, se dio principalmente a raíz de la crisis financiera mundial de 2008-2009 que afectó de manera importante a esa industria en Estados Unidos, la que utilizó las opciones que permite el TLCAN para sobrevivir. Lo que ha sucedido es que el TLCAN y, en general, la retórica del libre comercio de los años noventa, exageraron los beneficios y minimizaron los costos sobre el empleo y la distribución del ingreso. Bajo el argumento de que el libre comercio elevaría la actividad económica y empleo y propiciaría la convergencia de los niveles de ingreso, se abandonaron en nuestro país las políticas industriales y de fomento al campo porque se creyó que el Tratado funcionaría en automático para alcanzar esos objetivos. El haber adoptado una estrategia centrada en la apertura comercial desde fines de los ochenta, reforzada con la firma del TLCAN en los noventa, con abandono completo del mercado interno y, en especial, de la inversión, no ha dado lugar a los objetivos que pregonaba la ortodoxia del crecimiento hacia fuera en materia de convergencia en el ingreso per cápita entre los dos países.

Lo anterior no significa, por supuesto, establecer una estrategia de economía cerrada.  Significa, en cambio, una advertencia para dejar de suponer que el libre comercio per se debe ser el instrumento central de la política de crecimiento y empleo. El no haber adoptado políticas regionales y sectoriales complementarias de reconversión y apoyo -en particular, una estrategia de desarrollo industrial y de inversión en infraestructura, y otra para garantizar la soberanía alimentaria-, ha incrementado las desigualdades regionales y sociales, y propiciado el caldo de cultivo para actividades criminales. Los negociadores mexicanos deben escuchar las demandas de los zacatecanos.

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