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Las raíces del conservadurismo francés

Las raíces del conservadurismo francés
La neofascista Marine Le Pen reúne 36 por ciento de los votos de los obreros que antes votaban por el Partido Comunista o a los socialistas. El 32 por ciento de los votantes de Jean-Luc Mélenchon, socialista de izquierda, apoyan según las encuestas al ex banquero de Rotshchild y ex ministro de Finanzas en el gobierno neoliberal de Hollande, Emmanuel Macron.

Todos los candidatos a la presidencia de Francia (con la excepción de Jean Lasalle, hijo de padre y madre pastores trashumantes; de Philippe Poutou, ex anarquista hoy trotskista, candidato del Nuevo Partido Anticapitalista, y de Nathalie Arthaud, trotskista, de Lucha Obrera) hablan continuamente de la soberanía francesa, de la grandeur francesa, del papel de Francia en el mundo y agitan la bandera tricolor cantando la Marsellesa (que fue un himno revolucionario y hoy es símbolo del nacionalismo).

¿Habrá algún ingrediente chovinizante en las baguettes o en el vino? ¿Cuál es la razón seria de la fácil emigración desde la izquierda hacia la derecha y de la laxitud e intercambiabilidad ideológica en un país con tanta tradición política como Francia?

El nacionalismo gran-ruso de Stalin en la Unión Soviética fue el modelo para los demás partidos comunistas que se hicieron nacionalistas adoptando el chovinismo de sus respectivas burguesías. Esa fue, dicho sea de paso, la base de la oposición al Kremlin de los nacional comunistas a la Ceasescu o los eurocomunistas franceses, italianos, españoles o de la ruptura con el Kominform del yugoeslavo Tito.

Durante décadas los comunistas franceses deseducaron con ese nacionalismo a los trabajadores, no se opusieron a la guerra colonialista en Indochina y votaron en el Parlamento los fondos para la guerra. Proclamaron que Argelia era francesa. En las municipalidades que dirigían fijaban criterios nacionales y raciales para la atribución de viviendas y servicios dando prioridad a los franceses nativos y se unieron a la gran burguesía en la defensa del acero francés contra la importación de acero alemán.

No es extraño por consiguiente que triunfe un nacionalismo racista y xenófobo en los momentos de crisis, cuando los sindicatos se debilitan y el enemigo directo de los despedidos no es generalmente un francés sino una trasnacional. El PCF sembró chovinismo y patrioterismo y ahora en Francia hay fascistas declarados y Marine Le Pen recogerá en torno 40 por ciento de los votos y, aunque es improbable que gane, su victoria no está excluida pues depende de lo que decidan los que aún no saben por quién votar pero son conservadores.

A esto se agrega que la ideología capitalista triunfó incluso entre los que jamás votarán por una semifascista, como los socialistas de izquierda o los comunistas. Mélenchon, como el PSF o el PCF, consideran natural el capitalismo, que nació en ciertas condiciones históricas y morirá, no ven otro marco de acción fuera de él, sólo ven las instituciones, las elecciones, las mayorías parlamentarias. Pero lo que hay que cambiar no son sólo las mayorías parlamentarias: es la relación de fuerzas entre las clases que cambiará como resultado de una lucha que no es electoral y que enfrenta a los trabajadores, franceses o no, con sus explotadores.

Los que consideran natural y eternos el mercado, el afán de ganancia, el Estado y el nacionalismo naturalmente aceptan la alianza con sectores burgueses supuestamente progresistas en vez de promover la independencia de clase.

Esto es lo que lleva a Mélenchon o a Pablo Iglesias a idealizar los gobiernos capitalistas progresistas sudamericanos pues se guían por la fumosa teoría sobre los populismos y sobre la desaparición de las clases como si el comportamiento cotidiano de los capitalistas no demostrase lo contrario.

El stalinismo de los no stalinistas no sólo infectó a una parte de los intelectuales latinoamericanos –que creen ser secuaces de Karl Marx cuando en realidad siguen a Groucho Marx en materia de principios– sino que también impera en casi toda la izquierda europea.

Ésta, como aquéllos, es acrítica ante los gobiernos burgueses antimperialistas y confunde el apoyo indispensable a las medidas progresistas en esos gobiernos con un apoyo ciego que no convence, confunde y deseduca a los trabajadores.

Ninguno de los miles de dioses, ningún patrón bueno, ningún Salvador supremo ni los protoimperialistas Putin o Xi pueden aportar nada a la lucha de los trabajadores por su liberación nacional y social.

El capitalismo que ha concentrado en modo extremo la riqueza y amenaza la supervivencia del planeta con la destrucción ambiental y con sus arsenales atómicos, debe recurrir hoy por fuerza a la represión, a regímenes semifascistas.

Si se quiere combatir al fascismo, por lo tanto, hay que destruir el capitalismo. Éste se sostiene porque la inmensa mayoría de la humanidad comparte la cultura y muchos de los valores del puñado de dominadores. No hay por lo tanto política anticapitalista sin una educación cotidiana internacionalista. No hay actividad sindical eficaz si, además de combatir contra las consecuencias de la explotación capitalista, no se liga esa lucha a la explicación de qué es el capitalismo y al desarrollo cotidiano de una alternativa anticapitalista.

El logro de una conciencia anticapitalista y socialista requiere un proceso de educación en la lucha y por la lucha y claridad teórica de los socialistas. Una cosa es defender a Cuba y otra decir que allí hay socialismo cuando subsiste el régimen salarial, la censura, los sindicatos están sometidos al Partido-Estado y el Estado y no la sociedad es propietario de los medios de producción.

Los que despachan agua podrida bautizándola vino envenenan a los trabajadores y favorecen al capitalismo y a los Le Pen.

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