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El monstruo pentápodo

El monstruo pentápodo

Primera aclaración: no llegué al final. Si en algo se me puede culpar que sea por eso. Pero lo intenté en más de una ocasión. Y no. Me sentí narrativamente traicionado. Como si desde atrás de las páginas de una novela mediana alguien me susurrara el final al oído. Como cuando te cuentan el final de una película que no has visto. Y haces bien: le mientas la madre a quien te lo dijo. No se vale. Aunque de alguna manera ya sabías más o menos por dónde iba el asunto. Tanto en la novela como en la película.

Narrativamente hay una gran diferencia entre la construcción de imágenes que pueden ser de cualquier tipo y la narración en sí. Frente a las imágenes últimamente llevamos la de perder. Si ponemos en Netflix cualquier serie que trate de algún asesino serial, así sea una serie sosa, anodina, superará por mucho a cualquier novela que trate del mismo asesino serial. Son otro tipo de recursos, se entiende, y aunque quisiéramos explicarle al lector que para la novela tiene que hacer uso de su imaginación parece que poco a poco nos estamos quedando sin ella.

Al menos dentro de la novela, la imagen permanece inmóvil, es mera descripción, por eso es que resultan tan aburridas algunas novelas del siglo XIX: páginas y páginas de hermosas imágenes pero inmóviles. En cambio la narrativa exige movimiento, acción.

Es un punto menos para quienes se dedican a promover la lectura. Están muy bien los esfuerzos que se hacen, pero, ¿cómo le explicas a un adolescente que la aventura de la lectura es mucho más interesante que cualquier serie de Netflix donde haya balazos, sangre, más balazos y más sangre?, ¿han visto alguna?, ¿en verdad no los tienta dejar de lado ese libro de cuentos de Chejov para ver qué le ocurre a tal mujer, a tal hombre, o si al fin consiguen atrapar a nuestro primer asesino serial?

Aquí es donde a mi parecer entra el trabajo de la narración. Lo antes expuesto busca justificar la humilde apreciación que me dejó la novela “El monstruo pentápodo” (Tusquets 2017), de Liliana Blum, novela que, si se me permite decirlo, ha sido sobrevalorada por la crítica mexicana. Sin embargo, tanto los editores como la autora están en todo el derecho de publicitar un producto aunque éste no sea tan bueno como nos quieren hacer creer.

Hay que aceptar que Liliana Blum tiene muy buena prosa: equilibrada, bien sopesada, sabe cuándo hacer uso de frases cortas y de oraciones largas, y eso en narrativa es algo complicado de encontrar, además de que quien dé con la fórmula sabrá que no sólo se trata de la brevedad o de la amplitud sino del efecto que se puede conseguir con ello en el lector.

La novela tiene un muy buen arranque, casi podríamos decir que se encuentra más cercano al lenguaje cinematográfico. Porque además de una atinada descripción hay movimiento. Alcanzamos a ver a Raymundo Betancourt. Alcanzamos a ver a la niña. Alcanzamos a ver a la madre de la niña. Sin embargo, si bien la novela alcanza escenas de una crueldad excelsa hay que agregar que muchas de ellas entorpecen la historia principal que la autora pretende contarnos y que por lo tanto restan ese suspence que tanto exigía Bashevis Singer de las buenas historias.

A mí de entrada me disgusta el recurso del diario porque siento que narrativamente ya está demasiado empleado. Además de que si no se tiene el tino justo y se descuidan las exigencias del personaje que lo escribe se puede filtrar el lenguaje de la autora, lo cual me parece aún más lamentable.

Se trata de una novela que tiene momentos realmente grandiosos, pero que a mi juicio prometía para más y se le cayó de las manos a la autora. La crueldad humana y la pedofilia tiene su propio lenguaje, su propia significación, se construye y se destruye a sí misma en las manos de quien la sostiene. En el caso de Raymundo Betancourt yo me quedo con los chicles de canela en lugar de con las niñas. Supongo que en mucho se debe a que no llegué al final.

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