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‘Novelas de guerra’. Antígona restaurada [Segunda parte y final]

‘Novelas de guerra’. Antígona restaurada [Segunda parte y final]

La Gualdra 291 / Libros

Primero fue contra Siria.

Después arremetió en Afganistán.

Con sendos justificantes, alegando cuestiones humanitarias y su empeño por terminar con la insurrección musulmana de cualesquiera matriz.

Ahora el mundo duda si no se irá a hacerle frente a Corea del Norte.

Así las cosas en el escenario mundial, a unos días de la nueva Presidencia en Estados Unidos.

Así cuando llegan a nuestras manos sendas novelas que aluden directamente a los episodios más modernos de estas guerras planetarias: guerras que siempre han existido.

Anatomía de un soldado, del inglés Harry Parker, y La guardia, de Joydeep Roy-Bhattacharya (India, 1971), traducción de Magdalena Palmer y editada simultáneamente en España y México por Sexto Piso.

En La guardia, una joven musulmana se aposta al frente de una base de combate norteamericana en la provincia de Kandahar, Afganistán.

Está completamente desarmada, visiblemente mutilada, con su desgarrado atuendo tradicional y un instrumento de doce cuerdas. Sólo pide se le entregue el cadáver de su hermano muerto en un combate previo, al parecer un guerrillero talibán.

Su petición, evidente desafió pacifista al ejército de ocupación, nos remite a una ancestral costumbre: la que toda sociedad tiene para enterrar a sus muertos. Reclamo que desatará una serie de reflexiones en torno a la guerra y a la manera en que ésta se imprime directamente en la vida diaria de las personas.

Inserta en el panorama de diversos enfrentamientos, talibanes, pastunes, uzbekos, amrikâyi… (y que apenas hace unos días comenzaron a reactivarse con el tino de la llamada madre de todas las bombas, dirigida a los túneles y las cuevas del grupo Daesh), la novela recuerda el mito antiguo griego, representado en una de las tragedias de Sófocles, Antígona.

Narrada a partir de las voces de ocho de los protagonistas, recupera la cotidianidad de los conflictos bélicos de nuestros tiempos. Distintas voces, distintas visiones: una sola escalada de terror y los dolores más humanos.

 

Insepulto cadáver

“Ya sabía que tendría que morir,/ aunque no lo hubieses proclamado; y si muero/ antes de tiempo, lo consideraré provechoso,/ pues la muerte es provechosa para aquellos cuya vida,/ como la mía, está llena de desgracias./ Así, mi destino no resulta triste, sino dichoso./ Si hubiese dejado insepulto el cadáver aquel/ que nació de mi misma madre, me lamentaría con razón,/ pero nada me aflige ahora”, leemos en su epígrafe (Sófocles, Antígona).

Punto de partida para una historia de hienas, buitres, soles abrazadores, oscuridades heladas, vergüenzas, miedos imperecederos, guerras.

Guerras y ejércitos, quienes son irremediablemente los que las llevan a cabo, y que como dice el soldado Taylor no son quienes las ganan: “las guerras las ganan los pueblos. Son los pueblos los que viven el sacrificio, la pérdida, el dolor”.

Colocados en la disyuntiva de acceder o no a la petición de la joven, será el mismo Taylor quien plantee las contradicciones internas de su grupo. ¿Es la joven una terrorista, probablemente cargada de explosivos y dispuesta a inmolarse, o simplemente reclama lo más humanamente justo?

“Cuando matas a la gente y exterminas a sus familias, ametrallas sus hogares y quemas sus pueblos, llenas sus campos de bombas de fragmentación y abates a su ganado, has perdido la batalla para ganarte su corazón”.

Sin escapatoria al “círculo vicioso de destrucción y muerte”, los ocupantes se enfrentarán no sólo al enemigo sino a ellos mismos. Taylor, “demasiado viejo y harto de este juego de niños”, lo advierte:

“Estoy cansado de estar rodeado de chavales de diecinueve y veinte años a quienes han engañado para que crean que luchan por la causa justa […] Estoy harto de administrar un interminable surtido de píldoras para ayudar a que estos chavales soporten sus miedos, su confusión y su culpa”.

Transportándonos al baluarte de los talibanes, el corazón de la provincia de Kandahar, el desenlace propuesto a La guardia por Roy-Bhattacharya será de pasmo. (Me reservo cualquier comentario sobre éste para no perturbar al futuro lector).

De un lado seres “empujados por sus ansias de cielo”; del otro “chavales cuya única opción en la vida es el ejército o anfetalandia”.

La tragedia de Antígona entre nosotros.

O como advierte su propio autor, “una restauración de lo que hemos perdido como tributo a mi predecesor griego de tanto tiempo atrás”.

 

El autor

India (1971) estudió Filosofía y Política en Calcuta y Pensilvania. Durante 1989 y 1990 viajó por toda Europa del este y fue testigo de la Revolución de Terciopelo. En ese momento, dejó de lado su faceta académica y comenzó a centrarse en la narrativa. Con La guardia, fue finalista de distintos premios en todo el mundo, entre ellos el Dublin Literary Award o el Boeke Prize de Sudáfrica. Sus novelas siempre muestran algún aspecto de los principales conflictos del siglo XXI.

 

Una plegaria silenciosa

“En cuanto subo al enorme helicóptero en el aeródromo de Kandahar comprendo que mi vida ya no es mía. Hay otros cuatro hombres a bordo: los tres miembros de la tripulación y un médico militar que se pasa todo el vuelo comprobando los cilindros del oxígeno y el instrumental médico. Nadie me habla. Sus siluetas se funden con la oscuridad interior y el exterior del helicóptero, cuyos rotores hacen un ruido ensordecedor. Unos puntos de luz iluminan la cabina y se reflejan en las relucientes paredes, de manera que me siento dentro de una habitación negra revestida de espejos de colores. Cuando ascendemos temblando a los cielos, las luces se mecen; rezo una plegaria silenciosa y cierro los ojos.

Noto el pulso en los oídos. Una presión constante me oprime el cuello. Si es la oscuridad que me convence de que abra los ojos, enseguida me arrepiento porque me entran ganas de vomitar. Como estoy sujeto al asiento, mi vista se limita a un estrecho rectángulo por encima del hombro del piloto, por donde vislumbro pedazos incorpóreos de cielo y tierra. Encerrado en el cristal, me preparo para atravesar las nubes color de hollín. Veo una mancha de agua gris, probablemente un lago. Las montañas parecen sombras dentadas que se alzan hacia el cielo”.

Joydeep Roy-Bhattacharya, La guardia, fragmento.

Joydeep Roy-Bhattacharya, La guardia, Sexto Piso, México, 2017, 308 pp.

 * [email protected]

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