Mil y un males de los libros [Cuarta parte]. La invasión silenciosa

Mil y un males de los libros [Cuarta parte]. La invasión silenciosa
Gustave Doré. Don Quijote (detalle de grabado).

La Gualdra 281 / Notas al margen

Los libros llegaron a nuestra vida cotidiana por una combinación de muy diversos factores. La ambición burguesa por el conocimiento –el juguete exclusivo de la aristocracia-, la democratización de la educación, el triunfo de la revolución informativa. Hoy conocimiento es sinónimo de educación y de información, y así los libros se han vuelto el estandarte posmoderno de una generación educada, culta, “preparada”; es decir: lista para consumir y ser consumida. El acceso a la información ha permitido que el conocimiento, ese incómodo sinónimo, se acomode a nuestro lado en el sofá de cualquier hogar con conexión a internet.

¿Qué papel juegan los libros en el mundo actual? En algunos hogares son el ancestro que se respeta. “Yo antes usaba las enciclopedias”. “Todo eso también está en los libros”. “Deberías ponerte a leer en lugar de perder el tiempo en esa computadora”. En otros son el complemento ideal de las tardes ociosas: “No hay nada como leer bajo la lluvia de agosto”. Pero es raro que en alguno se les considere un estorbo; algo que empiece a sugerir una preocupación. Eso sucede sólo en los hogares donde hay uno o más lectores patológicos.

Los lectores patológicos son los únicos que pueden existir. Vista como una enfermedad, la lectura rompe todos los paradigmas actuales acerca de sus beneficios, que van desde los intelectuales hasta los de salud física. Pues quien acude a los libros buscando un beneficio que se refleje en las calificaciones escolares o en un mejor empleo, está fallando como lector. El verdadero, aquél para quien la literatura fue hecha, es el que sufre la lectura como una enfermedad que lo obsesiona, alguien parecido al Quijote, o a Montano –el personaje de Vila-Matas-. Así, este tipo de sujetos padece la ficción como una afición que poco a poco invade su vida entera.

Es la misma sociedad que nos abriga como lectores curiosos y casuales la que nos condena cuando nos volvemos unos lectores consuetudinarios y obsesos. Lo que al principio puede parecer un hábito sano, positivo y proporcionador de elogios, luego se puede volver un vicio, un problema que implica gastos, detrimento a la salud y enjuiciamiento de nuestros seres queridos. Alguna vez leí en un artículo que los padres están felices de que sus hijos lean hasta que realmente se vuelven lectores. Es decir, hasta que se encierran en su habitación y la ficción empieza a reclamarlos para sí. Entonces no faltarán las sentencias de “vas a volverte loco”, “sal a la vida”, “todo en exceso es malo”. Sentencias tan estúpidas como las que aseguran que “leer es bueno para la salud” o que “leer te hará mejor ser humano”. Pero las primeras tienen, como mencionaba Manguel, una justificación cuando los lectores abandonan el mundo real para migrar completamente a la ficción libresca.

El lector debe serlo de manera patológica; debe leer por una necesidad irremplazable; como el alcohólico que irremediablemente va hacia el abismo de la botella. Así el que lee busca el territorio de lo irreal, lo persigue irremediablemente, incansable. Va tras la literatura sin saber que ésta ya lo ha envuelto. Pero no es la ficción realmente lo que persigue el lector, no es ese mundo falso que hay escondido en los libros lo que seduce al verdadero lector, sino la línea, la infinitesimal frontera entre la ficción y la realidad. El lector que se ve invadido por la literatura y, que a la vez, la invade, es aquél que se sostiene, apenas, en esa frontera.

Como el dipsómano que vaga entre la embriaguez y la sobriedad, así el lector asiduo se emborracha de literatura para luego regresar al territorio llano de lo real. Aquí nos cuenta lo que ha acontecido sin más intención que la de expulsar de él el veneno de la lectura; aquello que podría terminar volviéndolo un habitante total del territorio ficticio al que va como visitante.

Alonso Quijano viajó a la locura y volvió de ella. Es un héroe romántico que obtuvo la cordura sólo para despreciarla; pero la obtuvo. En El Quijote hay una apología de la locura que cimbra los cimientos de una realidad insípida. Recordemos que incluso los convencidos, aquéllos que buscaban que Quijano volviera en sí, tuvieron que entrar a su territorio, tuvieron que jugar el juego de la ficción para destronarla de la cabeza del demente Hidalgo. El bachiller Sansón Carrasco es menos seductor que El Caballero de los Espejos; éste, sin embargo, es un ser ficticio que tuvo que inventarse para enfrentar a Don Quijote. La ficción exige a quien la encara ponerse un antifaz y eso, sin duda, la hace una hermosa mentira.

Shakespeare muestra la patología lectora de una manera más bien freudiana. Cuando pensamos que siglos después del dramaturgo victoriano, el padre del psicoanálisis propondría la representación ficcional como una forma de sacudir el inconsciente, no podemos más que aplaudir a Shakespeare quien, en voz de Hamlet, propone representar la muerte del rey para develar a sus asesinos. La lectura del personaje Hamlet es una patológica; su enfermedad deviene en arte, pero es un arte que busca la venganza. La tragedia del príncipe de Dinamarca es también la de un lector obseso con la muerte; aquél que lee, que representa, que entra a la ficción, buscando a los culpables de su desgracia. En Shakespeare también está presente la locura del lector, pero al igual que pasa en el Quijote, ésta no es exclusiva de la ficción, sino que salta de territorio en territorio para mezclar ambos mundos. Para Freud el inconsciente podría ser un sitio más bien desconocido, pero indispensable para la existencia del sujeto en los márgenes de la cordura. Y así es, para que la realidad pueda ser interpretada, para que pueda ser habitable, requiere de la ficción. La imaginación es la piedra angular de lo real.

No obstante esta simbiosis indispensable, nunca faltan los vilipendiadores de la fantasía. Y siempre habrá un Sansón Carrasco, un peluquero, un cura, que entren a ella sólo para buscar expulsarla de su mundo concreto e inamovible. Pero no olvidemos que incluso las disciplinas que sostienen con tal precisión el universo abrevaron –y abrevan- de la imaginación.

Como objeto el libro representa ambos mundos: en su forma está el real, mientras que en su contenido está el ficticio. Sin la forma física el conocimiento sería inaprensible, y sin la esencia la forma sería un cascarón inútil. Desde esa perspectiva podemos suponer que los libros, a pesar de todo, sí son vehículos de la imaginación y el conocimiento.

Cualquier lector patológico –es decir real–, como yo y como muchos otros, los ha visto moverse dentro de la casa. Y habrá entre nosotros el que se sienta orgulloso de no tener ningún libro en su habitación. O de mantenerlos al margen, en la biblioteca o en el estudio, como el bebedor que se ha prometido sólo beber fuera de casa o en fin de semana. Pero los hemos visto moverse, avanzar sigilosamente, aparecer a nuestros pies, o colocarse vigilantes sobre nuestras piernas. Avanzan, con una precisión que da miedo y seduce al mismo tiempo. Se nos atraviesan en medio de un paseo, en el baño, en la cama, bajo la almohada, en el interior de nuestra cabeza, detrás de las ventanas o entre las viejas fotos. Nos miran, los miramos y empezamos a hablarnos como quien hace tiempo no se veía y se necesitaba.

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