Mar de Historias

Mar de Historias
  • Chila
Cristina Pacheco
Por lo general íbamos en grupos de cuatro para llevar comida y ropa a los emigrantes agazapados en la curva, en el punto donde las vías se entrecruzan formando una telaraña metálica. Cuando el exceso de vigilancia nos dificultaba llegar hasta allá, permanecíamos en la casa de Mercedes mientras su hijo menor, Lorenzo, iba a ofrecer ayuda a los futuros viajeros.

A los pocos minutos oíamos un timbrazo corto. Era la señal de que, guiados por Lorenzo, ya estaban allí los desconocidos –hombres, mujeres, niños, ancianos– que a la mañana siguiente intentarían abordar el tren rumbo al norte. Abríamos rápido la puerta y, en silencio, les entregábamos tortas, pan, botellas de agua, vasos de café soluble, bolsas de plástico. Cuando era posible, gracias a la generosidad de los vecinos, también les regalábamos ropa. Entonces oíamos las risas asordinadas de las mujeres resueltas a correr la aventura del viaje en compañía de sus hijos.

Pasados los minutos del reparto, cuando la calle volvía a quedar en silencio, las encargadas del turno entrábamos a la cocina para corregir el desorden. Mientras, imaginábamos las condiciones adversas que habrían obligado a nuestros visitantes nocturnos –como llamábamos a los emigrantes– a separarse de sus familias y a salir de su tierra: todo por la vaga esperanza de tener una vida mejor.

II

Una noche, cuando abrimos la puerta para entregar las raciones de comida y la ropa, un grupo reducido de personas se precipitó hacia el interior de la casa. Retrocedimos asustadas. Lorenzo nos tranquilizó diciéndonos que un grupo especial de vigilancia rondaba por la curva.

Los recién llegados permanecieron inmóviles hasta que el primero del grupo –un joven con sudadera a cuadros– se encaminó hacia el fondo del patio. Sus compañeros lo imitaron. Allí, apoyados contra la pared –muy cerca unos de otros, atentos a los rumores de la calle– bebieron el café que les ofrecimos y de seguro ansiando volver a la curva donde esperarían oír el silbato del tren para correr a su encuentro y abordarlo a toda prisa, sin miramientos, sin pensar en el peligro de caer a las vías desde las escalerillas o lo alto de los vagones.

Entre todos los visitantes de aquella noche, una mujer se mantuvo alejada del grupo. Cuando me acerqué para ofrecerle un pan noté en su regazo una mochila pequeña. Como si esperara mi pregunta se explicó: Es de mi hija. En su tono percibí la añoranza, el dolor causado por la lejanía y la necesidad de un desahogo. ¿Qué edad tiene? Contuvo la respiración antes de contestarme: Seis años. Se llama Chila, como yo, como su abuela. Cuidará a mi niña en lo que vuelvo a mi tierra.

Mercedes me llamó a la cocina. Mientras preparaba otras raciones de comida pude ver a Chila por la ventana. Lloraba en silencio, tal vez arrepentida de haber emprendido un viaje largo, azaroso, lleno de peligros. Agarré el radio de transistores que teníamos sobre el gabinete y salí a entregárselo: Para que se entretenga, pero lo pone muy quedito.

Apenas lo encendió escuchamos una voz aguda interpretando Nuestro juramento. Es preciosa, mi mamá la canta siempre. Esa confesión me inspiró confianza y me senté junto a Chila. Joven, de cara ancha y pómulos altos, llevaba el cabello muy negro y abundante atado sobre la nuca.

Espero que su hija tenga el pelo como usted, le dije. Correspondió al halago volviéndose hacia mí con una sonrisa plena, brillante a causa de los casquillos metálicos que recubrían sus dientes. Chila notó mi curiosidad y se explicó sin que se lo pidiera: Muchas mujeres que salen de mi tierra a Estados Unidos o a donde tengan que ir, como no llevan papeles ni credenciales, se tatúan los dientes a manera de identificación. Aparte de que el doctor lleva un control (Fulana: muñequitos; Zutana: flores; Zurana: cruces…) se los muestran a todos los del pueblo. De ese modo, si mueren lejos, no faltará algún paisano que las reconozca por los decorados. Me parece un buen método; por eso, desde que pensé en viajar al norte fui con un amigo dentista a pedirle que me encasquillara los dientes.

Para demostrar que lo que me había dicho era cierto, Chila se acercó a la zona iluminada y abrió la boca para que yo viera, aunque con muchas dificultades, las estrellas grabadas en las fundas metálicas. El trabajo era tan delicado que parecía obra de un joyero.

Le pregunté si el tratamiento era doloroso. No más que cuando a uno le sacan una muela, pero sí es cansado. Hay que ir y volver con el dentista muchas veces y quedarse en el sillón, con la bocota abierta, horas y horas.

Chila intentó sonreír, pero enseguida su expresión volvió a entristecerse: Viajo sin papeles. Mis dientes serán mi única identificación en caso de que muera en el desierto. Generaciones de paisanos lo han atravesado y otras seguirán haciéndolo. No faltará uno que tarde o temprano me encuentre. Cuando me identifique, se lo comunicará a mi madre y ella a mi hija. Prefiero que mi nena sepa que morí a que pase el resto de su vida esperándome o creyendo que olvidé mi promesa de volver junto a ella.

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