Los costos de ser hijos del poder

Los costos de ser hijos del poder

A los hijos, más vale dejarles nombre que riqueza, reza un dicho de la sabiduría popular, pocas veces atendido en la clase política.

Ivanka Trump paga el costo de la ira social que despierta su padre no sólo con memes y burlas, sino también con pérdidas económicas pues sus negocios, como su línea de ropa, son boicoteados.

Se podrá argumentar que es el costo de la influencia que ella y su marido tienen en el presidente de Estados Unidos, pero ese argumento se desmorona cuando se analiza el caso de sus hermanos.

Tiffany Trump, también hija del hombre más odiado de Estados Unidos, tiene menos protagonismo político o social que su hermana, y sin embargo también ha pagado la consecuencia de llevar ese apellido. Recientemente en un desfile de la semana de la moda en Nueva York, Christina Binkley, ex columnista de moda para el Wall Street Journal, difundió una fotografía en twitter en la que daba cuenta que algunas editoras de moda habían rehuido a aparecer en las fotografías que la prensa tomaba de Tiffany.

Paradójicamente, la primera en mostrarse solidaria por la humillación que habría sufrido la hija de Donald Trump, fue la actriz y comediante afroamericana Whoopy Goldberg quien ofreció sentarse junto a Tiffany, de 23 años, en los eventos por venir, lo cual fue agradecido con gentileza por la protagonista de esta historia.

A Barron, el hijo menor de Donald Trump, de tan solo diez años de edad, también ya le ha tocado ser el blanco de comentarios insultantes, a tal nivel que Chelsea Clinton (hija de Bill y Hillary) salió en su defensa, y una escritora de Saturday Night Live (SNL) fue suspendida por burlarse de este menor de edad.

A las hijas de Enrique Peña Nieto, o de su esposa Angélica Rivera, no les va mejor. Los comentarios clasistas de Paulina Peña durante la campaña presidencial la hicieron ganar una visibilidad pública que se ha traducido en insultos, memes y burlas que van de la crítica social hasta al más deplorable de los insultos misóginos.

Ni provenir de una familia de estrellas de televisión, ni la popularidad que ella pudo haber alcanzado como actriz, han salvado a Sofía Castro del repudio social. Así quedó demostrado el día que esperando en su camioneta afuera del Palacio Nacional para entrar a una fiesta organizada por su padrastro, cuando los transeúntes con los que se topó le prodigaron insultos y la hicieron pasar un mal rato.

El rencor social cuyo costo pagan no sólo los políticos sino también sus familias no es gratuito. Muchos parientes se han visto favorecidos por la carrera política de sus padres.

Recientemente el nombre de la hija de Vicente Fox, Ana Cristina, apareció en una investigación de lavado de dinero y sobornos en España; mientras que sus hermanastros, hijos de Martha Sahagún, han sido protagonistas de escándalos por haber figurado como “gestores” de Oceanografía, además de estar vinculados con empresas constructoras ligadas a casos de corrupción.

Apenas la semana pasada se dio a conocer una investigación de la asociación Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad (MCCI), en la que se sostiene que el actual Ejecutivo de la delegación Cuauhtémoc otorgó contratos millonarios a los amigos de su hija. El zacatecano respondió a ello advirtiendo que pondrá una demanda por daño moral, no ya por el escándalo político, sino por implicar a su primogénita en el asunto.

Lo cierto, es que en alguna medida, a ella se le ubica públicamente por la exposición que ésta ha tenido en la vida política de su padre. Por ejemplo, cuando salió a la luz un supuesto complot para asesinar al entonces diputado federal, no hubo pudor ni temor en dar conferencias de prensa exhibiendo a toda la familia frente a las cámaras.

Pese a todas estas situaciones, poco piensan los políticos en mantener a sus familias lejos de su actividad pública, y continúan basando sus campañas no en demostrar que tienen el mejor proyecto, o que son los más capacitados para gobernar, sino en las mismas estrategias telenoveleras y aspiracionales bajo las cuales buscan retratarse como los más exitosos, los mejores padres de familia, los protagonistas de un matrimonio amoroso y feliz, etcétera.

Suponiendo que esas fotografías con amplias sonrisas y muestras de cariños que aparecen en la prensa rosa, en las redes sociales -incluso en las cuentas oficiales- fueran auténticas y honestas, nada de eso garantiza que tengamos un buen gobernante.

Cada vez más, estas viñetas de comunicación política resultan una anquilosada expresión de pretender retratar una familia perfecta, que resulta ofensiva no sólo porque reitera la idea de un tipo de familia modelo -que también puede encontrarse en los anuncios de bienes raíces- heteronormativa y tradicional, donde cada padre suele cumplir los cánones culturales marcados para su género, sino también, porque esto suele constituir una versión tropicalizada y patética de ser una especie de “familia real”.

El costo de jugar a este modelo, no lo pagan los tomadores de decisiones, sino frecuentemente sus seres más queridos. Los hijos de Trump son la mejor muestra de ello. ■

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