Que Woldenberg facilite negociaciones para un pacto de unidad nacional

Que Woldenberg facilite negociaciones para un pacto de unidad nacional

El discurso anti migrante y anti mexicano de Trump ha logrado en México lo que nadie más había podido en su historia reciente: la coincidencia de todas las fuerzas políticas mexicanas en un discurso anti Trump, pro migrante y pro mexicano que, incluso, animó a la clase política mexicana a desempolvar la oxidada consigna de la unidad nacional.

Eso suena bien, aunque un primer problema es que, con excepción de quienes vivieron la Expropiación Petrolera de 1938, el resto de los mexicanos no sabemos con qué se come la unidad nacional.

La única experiencia que hemos conocido es con una clase política que disfruta más de la escaramuza del día que contribuir a causa municipal, estatal o nacional alguna. Claro que cada fuerza política puede argüir razones de sobra para justificar su antagonismo hacia las demás. Pero eso se sobreentiende; lo que faltaría saber es si, a pesar de esas razones, estarían dispuestos a actuar en unidad con sus adversarios en la defensa de algún interés nacional superior al de sus agendas particulares.

Para que esta pregunta sea justa se debe dejar de plantear el asunto de la unidad nacional en abstracto para identificar con mayor precisión cuál es ese interés nacional lastimado o amenazado que justificaría la unidad. A partir de ahí, las fuerzas políticas y sociales podrían hacer mejor sus cuentas para decidir si le entran o no. El segundo problema es que todavía no existe ni siquiera el espacio de negociación en que se pueda consensuar esta definición básica.

Una vez que existiera esa definición todavía quedaría lo más doloroso para los partidos y otras fuerzas sociales: pactar compromisos con sus respectivos adversarios. Éste sería un tercer problema, porque supongo que esto implicaría, además de compartir los términos del interés nacional consensuado, el establecimiento de zonas libres de guerra fratricida; treguas parciales, así fueran temporales, y otros acuerdos que serían un atentado contra las mejores tradiciones de la política mexicana.

Conociendo los posicionamientos de varias fuerzas políticas, queda claro que esta unidad no ocurrirá en torno a la figura presidencial. Pero si se le excluyera de esta unidad, de cualquier manera faltaría conciliar esta postura con la realidad de que el Ejecutivo federal es constitucionalmente el interlocutor oficial con el gobierno e EU.

En el escenario de que el gobierno en alguna de sus capacidades formara parte de la unidad nacional, ¿no sería bueno también que el Presidente ofreciera su disposición a consensuar el nombramiento de un canciller menos controvertido?, por ejemplo, el subsecretario para América del Norte, Carlos Sada Solana (a quien nadie cuestionó su nombramiento como embajador ante EU hace apenas unos meses) y, ¿porqué no? de una vez consensuar también el nombramiento de un migrante capaz para dirigir el Instituto de los Mexicanos en el Exterior?

Pero basta de hacerse ilusiones. La realidad es que, ya encaminados hacia la elección presidencial de 2018, es muy posible que todo esto esté valiéndole un cacahuate a nuestra clase política. Si la unidad nacional se puso de moda en el discurso político actual es porque la ocasión se presta y porque es una expresión grandilocuente que resuena bonito en cualquier conferencia de prensa.

Algo semejante se puede oler en la marea de declaraciones pro migrantes y anti Trump. Pero mientras los reflectores de los medios de difusión sigan alumbrando la patanería anti mexicana de Trump, ésta seguirá siendo una forma fácil de ganar publicidad gratuita sin tener que hacer más que declaraciones, con lo que se hace más difícil distinguir la preocupación sincera de la demagogia.

Por ejemplo: los mexicanos en Estados Unidos han venido siendo deportados desde hace mucho tiempo, aunque nunca en la cantidad alcanzada por el gobierno de Barack Obama, y en México nunca antes se había hecho un ruido tan escandaloso como el de ahora. El muro en la frontera mexicoestadunidense se empezó a construir en el gobierno de William Clinton, y tampoco hubo tanta alharaca. ¿De dónde está saliendo toda esa energía que antes no existió?

¿Será que con los años nos hemos vuelto más patriotas y sensibles a los problemas de los mexicanos en EU? Probablemente sea eso; mientras uno está aquí nada más de prejuicioso, poniendo en duda el patriotismo de líderes que simplemente no han encontrado el momento ni el lugar propicios para buscar acuerdos ni al convocante que no quiera acarrear agua a su molino.

Por eso, propongo que el ex presidente del Instituto Federal Electoral, José Woldenberg (a quien no consulté previamente), convoque para el próximo 18 de marzo, por ejemplo en el Castillo de Chapultepec, a los personajes que juzgue apropiado, para iniciar una conversación sobre en qué consiste hoy el interés nacional de México ante Estados Unidos y bajo qué forma se podría hacer viable un eventual pacto de unidad nacional. ■

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