Mil y un males de los libros [Segunda parte] El peso del saber

Mil y un males de los libros [Segunda parte] El peso del saber
La cabeza de Medusa. Paul Peter Rubens con ayuda de Frans Snyders. 1613-1618

La Gualdra 280 / Notas al margen

Si el objeto libro contuviera, como insisten los defensores de la lectura bien intencionada, el conocimiento; si dentro de éstos se encontrara la sustancia de la sabiduría, entonces podríamos echar mano del gramaje de los libros para medir cuánto pesa el conocimiento. Y si la cantidad de páginas que uno se traga en su vida es lo que lo hace más inteligente, si hubiera una relación directamente proporcional entre las líneas que uno lee en su vida y lo sabio que puede llegar a ser un hombre, entonces todos querrían leer. Falso. Aunque realmente existiera esta función proporcional a la gente no le interesaría leer; lo que atrae a los hombres no es lo que se puede guardar en bodegas, sino lo que reluce a simple vista. Lo que realmente nos interesa de la lectura es su apariencia; la simulación del conocimiento y no el conocimiento.

Pero vayamos más lento. Primero: obviamente el conocimiento no pesa –en el sentido estricto de la palabra-, no se ve afectado por la gravedad ni se somete a las leyes de la física; pero el libro, el objeto que por antonomasia representa el conocimiento, sí. Volvamos a mirarlo en su calidad de objeto; como tal, si suprimiéramos todas las cualidades no objetuales que pueda tener, es una cosa más bien estorbosa, fea, pesada, algo que está de más en cualquier sitio.

La estética de cualquier objeto se sustenta, primero, en su utilidad. La rueda fue bella porque era útil, el fuego era hermoso porque servía al hombre. Una vez que superamos la cara práctica de las cosas empezamos a verlas desde otra perspectiva y les inventamos cualidades que no necesariamente las hacen más útiles, sino que más bien las hacen más “bellas”; a veces, incluso, esas cualidades van en detrimento de la utilidad. La estética surge de una praxis, pero luego la praxis se somete a una estética. El libro no tiene una utilidad de facto; más allá de su lectura –como mencioné en el capítulo anterior-, el libro es una cosa inservible y correspondería más bien a la categoría de la bisutería. La simulación, el simulacro del libro, es lo que lo mantiene con vida hasta el día de hoy.

Pensemos en dos tipos de lectores y llamémoslos, para efectos prácticos, lector A y lector B. El lector A es uno desprendido de las cosas materiales; lee porque quiere conocer, porque cree que del libro sustraerá la esencia de la sabiduría. Una vez utilizada, desecha la fuente de la que obtuvo su saber. El lector B se acerca a la fuente pero no bebe de ella; sólo contempla su reflejo y sonríe. La necesita para que le recuerde lo bello que es, sabe que si bebe podría terminarse el agua y con ello también su fotografía. Cuando se cansa de aquel reflejo, o cuando de tanto mirarlo le parece que se ha falseado, busca otra fuente, pero no abandona la que ya tenía. Se vuelve un coleccionador de libros aún sin que los haya vaciado; lo que le interesa no es el contenido, sino lo que el objeto refleja, la falsa belleza de un reflejo.

El lector A pareciera ser un ideal de conocimiento; un hombre ejemplar que se interesa por lo esencial, mientras que el B es más bien un avaro coleccionista de espejos. Pero, para bien o para mal, el primer tipo de lector no existe. El sujeto A es tan irreal como el Zaratustra de Nietzsche. Quien renuncia a la fuente de su conocimiento se supone inmortal y superior a cualquier otro semejante; quien lee libros y luego los abandona no está abonando a una ética del conocimiento, sino a una ética de la superioridad. El conocimiento no es una fuente que pueda vaciarse, sin peso ni cuerpo físico es incapaz de “llenar” a un ser humano; y quien no dialoga, quien no confronta cotidianamente sus ideas con los demás, no puede acceder a la sabiduría. Un ermitaño que ha bebido de todas las fuentes del conocimiento y se aleja, es tan inútil como un libro del que nadie conoce la lengua en la que está escrito. Aunque esta metáfora pueda seducirnos, el conocimiento sólo puede tratarse en términos humanos –con las carencias que esto conlleva-. La sabiduría es la búsqueda de los límites del conocimiento mortal. En Job nos queda claro que la sabiduría es el temor de Dios, y si leemos este libro bíblico con los ojos actuales podemos entender que el temor de Dios es el temor de lo desconocido, nuestra lectura, nuestro conocimiento llega hasta donde conocemos; lo demás, Dios, es el temor, y en su horizonte se encuentra la sabiduría.

El lector B, por otro lado, es el común y silvestre. Todos tenemos algo de este sujeto; incluso si compramos y luego regalamos nuestros libros. Volvemos a ellos, en una biblioteca, en una charla de café, cuando realizamos una tesis universitaria o cuando queremos escribir una cita interesante en las redes sociales. Buscamos el libro, volvemos a la fuente de los espejos para simular algo que no somos.

La cualidad de simulación no puede abandonar al libro porque es inherente a él. Quien tiene en su casa un puñado de libros propone a quien lo visita la interpretación de que en ese sitio hay una “búsqueda de conocimiento”. Si alguien mira una fuente supone que hay agua, aunque la fuente se encuentre vacía; es el caso al que se enfrenta el lector que intenta vivir sin el peso de los libros. Llevar un ejemplar bajo el sobaco, sentarse a leer en un lugar público, entrar a una librería, intervenir en una conversación sobre libros, implica una serie de suposiciones que no dependen de la persona real que se ve afectada. Pareciera que quien lee pierde, de inmediato, el derecho a la ignorancia.

El conocimiento por sí mismo no pesa, lo que pesa es lo que nos permite reflejarlo. ¿Quién no ha sufrido la terrible tortura de las mudanzas cuando se tienen demasiados libros? Pero ¿por qué nos es tan difícil deshacernos de ellos?, ¿por qué no, simplemente, los regalamos o los rematamos?, ¿por qué no los tiramos a la basura como si tiráramos un par de calcetines viejos?

Razones hay muchas, pero nos concentraremos en una. El libro, como ya dije, no tiene una función práctica. Como objeto concreto vive sólo de las proyecciones anímicas que realizamos sobre él. ¿Por qué nos cuesta más deshacernos de un objeto cualquiera que de, no sé, unos viejos pantalones que nos regaló nuestro primer amor? La respuesta es obvia y peca de cursi: porque los pantalones son un regalo de alguien que marcó nuestra vida. Es decir, el pantalón no es más un objeto, es un contenedor anímico en el que hemos guardado una experiencia vital que suponemos forma parte nuestra. Los libros, al no tener una función práctica –como sí los pantalones-, tienen sólo la otra capacidad, la de ser contenedores anímicos. Resta recordar que un contenedor de este tipo no sólo guarda sentimientos positivos y empalagosos; también puede contener nuestros prejuicios, nuestras frustraciones y nuestras pretensiones.

Cuando nos mudamos de casa y cargamos con nuestros libros, aun a costa del peligro inminente de rompernos la espalda, nos llevamos con ellos también la pretensión y la necesidad de recurrir a la fuente donde nuestro reflejo no es tan patético como lo suponemos. Cargamos con cientos o miles de ejemplares, y entre el polvo y las polillas va también nuestra imposibilidad de comunicación y de inmortalidad.

Hemos guardado en los libros la memoria y sin ellos nos sentimos abandonados en un efímero presente amnésico. Tal vez Sócrates estaba en lo correcto.

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