La Doctores: ¡¡¡Presente!!! Fragmentos de vida cotidiana en la colonia Doctores-CDMX

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Esencialmente la vida de un hombre se compone de historias, por eso es que se nos da ser tan chismosos, y en esto de las historias las hay que son chingonas, bien contadas, que incluso quisieras dividirlas en capítulos, como cualquier serie gabacha buena; otras, por el contrario, son aburridas a más no poder, remedio eficaz contra el insomnio y una muy buena alternativa al Rivotril: se repiten en ellas los mismos lugares comunes de siempre y quien las cuenta queda tan fascinado con su anecdotario que no consigue desengancharse del érase una vez que se era, había una vez, y huevonadas así.

Todos tenemos una historia chingona que contar, ¿a poco no?, y nunca falta el amigo que, tras unos cuantos alcoholes encima, te abraza en la boda o en la fiesta de XV años de la prima o de la sobrina, te hace por enésima ocasión su carnalísimo, te invita de su trago, y ¡ay de ti si te niegas!, se acerca a tu oído, sospechas que te quiere dar un beso, intentas detener su pasión desbordada y te confiesa que él tiene una de las historias más chingonas que hayas escuchado en tu miserable (remarca “miserable”) vida. Y sin decir ¡agua va!, te la cuenta, la historia, en contra de tu voluntad, porque, además, te ruega que la escribas, como si hacerlo se tratara de un compromiso inherente a una amistad de apenas tres semanas atrás.

Ahí estás, escuchas una de la historias más soporíferas, hasta que decides hacer lo que cualquier hombre decente haría en una situación así: emborracharte y aceptar que sí, irremediablemente, todos tenemos una historia chingona que contar, y se lo haces saber a tu narrador, porque, después de todo, no eres tú quien le ha de robar la ilusión y de que la cuente de mesa en mesa sin importar que los demás lo que realmente desean es que se largue de la fiesta.

El narrador italiano Alessandro Baricco asegura a través de uno de sus personajes novelísticos que un hombre muere cuando ya no tiene una historia que contar. Desde el origen de los tiempos el hombre ha hecho la interpretación del mundo a través de historias. Había una para las tantas estrellas en el nocturno cielo que parecían atravesar las fogatas donde los hombres apenas reconocían sus rostros. Había una para la lluvia y la sensación primigenia de estar (cuando tal verbo apenas se conjugaba) dentro de un cuerpo húmedo por aquellos besos celestiales. Había miles y hermosas para el amor, pero también para el odio, pues tanto se escribía a través de la espada luminosa de los primeros románticos, como de los primeros cuyos sables cortaban el aire lo mismo que el odio.

Hoy en día hay historias hasta para los más idiotas. Por eso aprendemos a asociar a los cerdos con los políticos. A los corruptos con los poderosos. A un país en ruinas con cientos de cadáveres colgando de puentes peatonales. Hay historias para todo.

Vivimos una Era de grandes avances tecnológicos donde contar historias es cosa de todos los días. Basta con abrir nuestro Facebook. Las hay de gatitos, de perritos, de Romeos suicidas, de Julietas prostitutas, de Capuletos drogadictos, etc. (Las hay hasta de etcéteras).

Cuando tienes un chingo de historias que contar lo mejor es soltarlas, deshacerte de ellas, pasarlas al papel y compartirlas con los lectores, quienes ya se encargarán de juzgar si son buenas o malas. Tal y como lo hizo Elí Evangelista Martínez. Se percató que era el momento de sacar las tantas y tantas palabras, se sentó frente a la computadora, las escribió y no exorcizó a sus demonios (mamadas de los que imparten talleres literarios).

Aún me quedan mis dudas respecto al proceso de escritura que consiguió Elí Evangelista, porque si bien es él el autor del libro, a mí me parece que éste está escrito a muchas manos, a distintas voces, bajo distintos escenarios, por lo que podemos hablar de un libro narrativamente polifónico, donde hay desde historias individuales e historias colectivas, hasta historias que acaban en desgracias o historias que nos dejan con la carcajada en la boca; lo que es cierto es que Elí posee un gran oído literario, capta a la perfección no sólo la frescura de los diálogos sino la construcción de cada uno de los personajes (aristotélicamente hablando), y si bien Elí Evangelista es un escritor que podríamos decir en ciernes, tiene la capacidad y la soltura para ir por muchos más libros de este tipo, o de plano aventarse la Guía Roji de hoteles de paso  de la Doctores, tal y como le sugiere Issac en el libro.

Estamos frente a un caso poco común en la historia de la literatura mexicana, ya que si observamos con atención nos daremos cuenta que el fuerte de Eli Evangelista está en otras áreas: es académico, profesor de la universidad, servidor público, promotor cultural, etc.; no así en la creación literaria, sin embargo, se avienta al ruedo y no lo hace tan mal. Pocos son los casos donde lo académico está ligado con la creación porque la mayoría de los académicos tienden a ser bastante aburridos a la hora de escribir, yo incluso he llegado a pensar que se trata de imponerse una batalla, pero contra ellos mismos, porque, viéndolo bien, ¿qué necesidad tienen de castigar a los lectores con novelas o libros de cuentos mediocres? Lo cual, repito, no es el caso de Elí Evangelista Martínez, porque el escribe a partir de los recuerdos, aplica la tan conocida receta de Marcel Proust, regresa a momentos e historias inolvidables a partir de un objeto, a partir de un lugar, juega con el tiempo, recorre nuevamente las calles y así, de esta manera, nos entrega un libro honesto e integro, lo cual ya es difícil de encontrar hoy en día entre tantos jóvenes escritores mamones. ■

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