Mil y un males de los libros [Segunda parte]. ‘El libro, ese objeto idiota’

Mil y un males de los libros [Segunda parte]. ‘El libro, ese objeto idiota’
Miguel de Unamuno

La Gualdra 279 / Notas al margen

Olvidamos que los libros son objetos. Carentes de espíritu, son una forma física no pensante a la que nosotros damos cierto valor, dependiendo de nuestros intereses y nuestro bagaje cultural. No es raro encontrar personas que veneran los libros y, por añadidura, los lugares en los que éstos reposan. Las librerías, las bibliotecas, son sitios de culto, parecidos a iglesias inaccesibles, a condición de que seas un iniciado en la religión del conocimiento. A pesar de las obvias diferencias, ambas comparten un aura divina que deslumbra a los simples mortales.

Pienso en aquellas ocasiones en las que acompañaba a B en su trabajo como librera. Estábamos ahí sentados, viendo pasar el polvo sobre los ejemplares y de pronto entraba alguien, buscaba algún libro específico pero preguntaba con cierto temor en los ojos. No es como si entraras a comprar una Coca Cola, una camisa o unos preservativos; el libro, ese objeto mágico, te hacía sentir estúpido per se, antes, siquiera, de abrir la boca. Peor si le preguntabas al cliente de qué editorial era, o si sabía el nombre del autor. Los no iniciados ni siquiera saben que los libros tienen nombre y apellido; para ellos son objetos sagrados –aburridos- e inaccesibles.

Los había también quienes tomaban en serio su papel de clientes que van a pagar por un bien o un servicio:

—¿Tienes el libro de los 7 tips para ganar dinero?

—¿Sabe quién es el autor?

—No.

—Supongo que tampoco conoce la editorial.

—No.

—Permítame.

—¿Lo tienes o no?

—No. Pero puedo…

—Uh. ¿Entonces qué tienes?

Cómo explicarle a este espécimen consumista que no se han publicado solamente mil libros en toda la historia de la humanidad, y que ir a una librería no es como ir al cine y esperar a que tengan el combo de tu preferencia. La vida de un librero puede ser difícil, pero lo es más la de un lector que apenas y está empezando a entrar en el mundo de los libros y ya se siente atacado y despreciado por los que admira y a quienes aspira a ser semejante. Los habitantes de las librerías pueden ser, más que cómplices e íntimos amigos, insoportables y pedantes enjuiciadores.

Éstos, de entre todos los asiduos a las librerías, son los peores, pues han pervertido el objeto libro de tal manera que lo conciben como un bastón cubierto de piedras brillantes en el que apoyan su ignorancia. No usan el libro como un contenedor de conocimiento o una herramienta de la imaginación –que diría Borges-, sino como una credencial que –en su retorcida concepción del mundo- les autoriza tratar a los demás como si fueran asnos de carga. Los pedantes van a las librerías no sólo a comprar, también se pasean por ellas buscando ser vistos, reconocidos. Andan entre los estantes sin buscar nada; sólo clavan su mirada en los libros como los pervertidos que van a pajearse con las muchachas que salen a correr al parque. Los miran, se imaginan viéndolos en los estantes de su casa; o bajo su axila, mientras avanzan entre la multitud de la ciudad luciendo únicos, especiales, hombres-libro que, suponen, relampaguearán sobre la oscura ignorancia de los otros.

Sus conversaciones son las peores. Es mil veces mejor platicar con un iletrado que con una de estas cucarachas de biblioteca. Para Miguel de Unamuno un pedante es un estúpido adulterado por el estudio, y él mismo dijo que prefería a los libros que hablan como hombres que a los hombres que hablan como libros. Es con esa aseveración con la que podemos llegar al meollo del asunto. Sin el sujeto lector el libro no es nada; mientras que el hombre sin un libro sigue siendo un hombre. Otra vez aparece el necio de los libros que menciona Manguel: aquel ser incompleto que recurre a un puñado de hojas en busca de aquello que le falta.

La frase de Unamuno es dolorosa porque la lectura debería humanizarnos, en el sentido de hacernos más empáticos, de conmovernos ante los otros como si ellos fueran nosotros. Sin embargo; con muchos sucede al contrario: la lectura los deshumaniza, los vuelve pericos mecánicos que repiten frases leídas en sus sacros ejemplares para sentirse “más completos” que sus semejantes. ¿El libro los ha corrompido? No, es su lectura errónea la que los ha vuelto insulsos y necios. A pesar de lo contradictorio que pudiera sonar es precisamente cuando vemos el libro como un objeto insustancial que podemos sacarle provecho.

Si entendemos el libro como algo trascendente; como un objeto que nos supera, que puede ser a pesar nuestro; entonces estamos cediéndole espacio para que actué por nosotros; el libro se vuelve un mecanismo de evasión de nuestra responsabilidad como lectores. “En tal libro dice que…”, como si el libro hablara por sí mismo, como si nuestra lectura sólo hubiera sido una paseo por la playa. “Fulanito menciona, en su libro tal, que…”, como si al leer sólo estuviéramos escuchando a otro. También está quien mira al libro como un objeto insustancial por sí mismo, una invitación al diálogo, y se pregunta ¿qué es el libro sin mí? Nada. Sin la lectura el libro no tiene voz. Debemos entender que cuando leemos realmente no escuchamos lo que el autor escribió, nos escuchamos a nosotros mismos. Leer es un proceso físico: vemos sobre la hoja (o la pantalla) un conjunto de códigos que previamente aprendimos a decodificar; lo hacemos y posteriormente la información llega a nuestro cerebro. La vemos, la escuchamos, pero no es el libro el que nos habla, somos nosotros; es nuestro proceso decodificador el que interviene sobre la página y se lleva lo que quiere o puede de ella.

Al enfrentarnos al libro nos enfrentamos, primero, a un proceso de decodificación que puede ser más complicado en algunos casos que en otros (no es lo mismo leer a Onetti que a Benedetti), es aquí donde más interviene lo escrito, concretamente; luego viene la otra parte, cuando no sólo decodificamos sino que interpretamos lo que pudimos leer. Al interpretar no sólo echamos mano del texto recién leído, también leemos nuestros prejuicios, nuestras experiencias vitales, el contexto físico en el que estamos; lo que pensamos en ese momento. La lectura es siempre el resultado de la interconexión de varios discursos que coinciden en el momento de la misma. ¿Leemos el mismo Rulfo en la secundaria que a los treinta años?, ¿leeremos igual a Fausto en la parada del bus que en la cama de un hospital? El libro es su lector, es sus circunstancias.

Podemos pensarlo también de otro modo; lo que hace el autor (que ya dijo Zaid que “todo autor es un segundo autor”) es un mapa; el lector tiene frente a él una cartografía ajena, pero al leer empieza a recorrer su mundo con las indicaciones del otro. A medida que avanza en aquella geografía prestada la va volviendo suya, la va modificando (con sus prejuicios, sus vivencias, sus circunstancias) y entonces aquel mundo prestado se vuelve propio al fin y la lectura ha tenido éxito.

Así, volviendo a la fructífera frase de Unamuno, el libro hablará como un hombre si quien lo lee es uno. Un idiota que se adentra al libro saldrá igual de idiota pero con un puñado de información que lo hará sentir un pequeño dios en su mundo de mediocridad. Los hombres que hablan como libros son una plaga que, si bien no se puede erradicar, hay que evitar a toda costa.

El objeto libro es más que un objeto, es cierto pero, como todas las cosas, cuando se le utiliza, cuando se le sustrae del mero concepto y se le da un valor de uso, la práctica del libro es la lectura, y la lectura no está completa si no se manifiesta como un diálogo. El uso de los libros debe ser superior al del mero artificio, o al del simple adorno.

Nadie podría negar que hay cierto placer fetichista en cualquier lector; pero el fetichista debe humanizar los objetos para extraer de su uso el mayor placer, mientras que el lector infértil lo que hace es cosificarse a la par del libro, y así se vuelve un objeto digno de embodegarse y cubrirse de polvo.

Las librerías y las bibliotecas no guardan objetos sagrados, comprar o tener miles de ejemplares no te hace ni mejor ni más inteligente; mucho menos te da las credenciales para someter a los demás ante tu megalomanía. Entrar a la religión del conocimiento que los pedantes han erigido para protegerse de sus propias carencias, es como entrar a cualquier religión para convertirte en un súbdito de tu propia ignorancia.

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