Cuando el problema no es la lectura

Cuando el problema no es la lectura

La Gualdra 279 / Promoción de la lectura

Hace un par de semanas realicé una muy somera tipografía de problemas de comprensión lectora. En esta ocasión me referiré a aquellos casos que se diagnostican como deficientes en el tema, pero cuando indagamos más, descubrimos que existen otras circunstancias más apremiantes que atender. Dichas situaciones no hacen sino reafirmar el carácter contextual, social, cultural e histórico de la lectura. Aspectos omitidos en la mayoría de las ocasiones, tanto en las aulas como en los hogares. Identificarlos no asegura tratarlos, y mucho menos remediarlos, pero sí posibilita ofrecer alternativas o encausar con los especialistas.

El primer caso es el de un niño de ocho años de edad. Sus padres, ambos trabajadores en seguridad pública, lo trajeron a la biblioteca para ver si aquí podíamos apoyarlo en el proceso de comprensión, ya que había llegado a tercer grado de primaria con muchas deficiencias. Con la finalidad de observar su dominio en la decodificación y secuenciación le proporcioné un ejercicio para quienes están en proceso de aprender a leer, es decir, en promedio, un chico de primer grado de primaria. El ejercicio puede resolverse en no más de treinta minutos. El niño en cuestión lo realizó, incompleto, en dos sesiones de dos horas.

El pequeño manifestaba los tres problemas que aludí hace dos semanas. Intenté con juegos de mesa, juegos didácticos, libros vistosos, pero cada intento de lectura concluía en una franca frustración del niño. Esa misma frustración hacía merma en mi leve paciencia. De tal forma, y como un intento de saber qué sucedía en su cabeza, solté la pregunta (a la postre llave que abrió aquel enigma): Si se te apareciera un genio, de ésos que conceden deseos, y le pudieras pedir tres, ¿qué le pedirías? Las respuestas fueron impresionantes.

El deseo número uno fue apabullante: “Que ya no me pegue mi hermano”. El chico tenía un hermanastro de doce años. En las tardes, cuando estaban en casa, le pegaba con un trozo de madera que tenía incrustado un clavo. El pequeño me mostró una cicatriz que no cerraba del todo, aún con restos de sangre seca. Ahí descubrí que vivía con su tercer padrastro en su corta edad. El segundo deseo fue similar: “Que ya no me peguen en la escuela”. Como no llevaba lonche, ni dinero, a la escuela, pedía que sus compañeros le compartieran. Al principio alguno fue generoso, pero después se acabó. Ante esto, nuestro protagonista reaccionaba con violencia para arrebatar un trozo de torta. Los demás chicos lo golpeaban por ello.

La maestra se percató de dicha situación y más de una ocasión llamó a los padres, éstos nunca acudieron. El tercer y último deseo era “Saber leer”. Supongo que aunada a todo el infortunio aquí descrito, la exigencia académica era una piedra más en el zapato. Pero, bajo las condiciones descritas, ¿es importante la lectura en este caso? Creo que no. Que habría que resolver varios aspectos en la vida de este niño. De inmediato lo canalicé con una psicóloga, ésta llamó a los padres, y el chico nunca regresó a la biblioteca.

 

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