La Constitución: tarea diaria, tarea colectiva y… urgente

La Constitución: tarea diaria, tarea colectiva y… urgente

El efecto de asombro y franco repudio causado por Donald J. Trump, una vez vista su retórica electoral hecha política de gobierno, se ha venido generalizando en el mundo. El esfuerzo de su propio pueblo y de las fuerzas progresistas en otras partes no hace sino dejar un poco mal parado a México, quien, aun siendo la víctima principal y favorita de este neo-tirano, apenas y ha levantado la voz, extraviado en una insistencia que ha resultado inútil en la unidad nacional, sin que exista un solo liderazgo que parezca tener el eco suficiente.

Todo ello podemos considerarlo como una prueba de qué, con o sin Trump o cualquier otro adversario (enemigo), en cualquier caso, nuestras instituciones, tanto sociales como jurídicas, carecen de fortaleza: nuestra sociedad civil aún no goza de la fuerza necesaria para auto-organizarse en masa más allá del efecto del inmediatismo, no tenemos conciencia colectiva que nos permita coincidir en la acción, la confianza en nuestros gobiernos es endeble y el liderazgo de nuestros políticos y luchadores sociales es falto de credibilidad y empuje.

Si bien, en los últimos años hemos vivido un repunte de la manifestación ciudadana y la resistencia, no parece tener más efectos que profundizar en el descontento de ambas posiciones. No hay programa de reivindicación que sea llamativo para ninguno de las dos lados, el político y el cívico, que, irónicamente, parecen hoy desconectados y enfrentados sin más resultado que el daño a lo que hemos construido durante las décadas que lleva nuestra consolidación democrática.

A la par de todos estos acontecimientos, estamos cumpliendo un siglo con un retórico instrumento jurídico como Carga Magna y ante ello el debate sobre la necesidad de darnos una nueva Constitución es no sólo interesante, sino necesario. Advierto que yo me sumo entre los que desechan la idea de ir a nuevo proceso de redacción constitucional, justamente por el momento de crisis y complejidad que vive la política en todo el orbe, pero en especial por el desencanto, franca distancia e incluso repudio que vive la actividad pública y las ideas, frente a la ciudadanía y un creciente pragmatismo electoral.

Sin embargo, la reflexión es bienvenida, pues ello nos permite abordar con seriedad conceptos ideológicos como el liberalismo, la democracia, el constitucionalismo, los derechos humanos y el sistema político, todos ellos elementos indispensables para hablar sobre una Constitución.

Justo es preguntarnos ¿qué tanto hemos hecho los mexicanos de reciente generación,  nos denominemos como queramos: liberales, progresistas, cristianos, humanistas o demócratas (y etcétera) para fortalecer el elemento más importante de toda Democracia Constitucional que es su sociedad civil? ¿Qué tanto le hemos apostado a la lucha contra la desigualdad, la corrupción y la constante violación a los derechos humanos? ¿Qué hemos hecho más allá de fortalecer el entramado jurídico-institucional democrático? ¿Qué tanta ciudadanía hemos formado? Si  las respuestas a estas interrogantes, no son suficientes, entonces ¿Para qué llamar a redactar una nueva Constitución, con qué elementos, con qué objetivos… con qué esperanza?

Tampoco se trata de ser pesimistas. Hemos avanzado mucho, sin duda. Hoy contamos con un sistema electoral que funciona para nuestra pluralidad, aun con sus excesivas limitaciones derivadas de nuestra inexperiencia democrática; tenemos un Poder Judicial que cada día hace mejor su trabajo y consolida la justicia constitucional con una visión de los derechos humanos de primer mundo; el objetivo anticorrupción cuenta hoy con un avance histórico en torno a su diseño institucional; la alternancia dejó su estancamiento y la competencia electoral entre partidos ha desbancado la lógica tripartita. La iniciativa ciudadana que formuló la Ley tres de tres y las protestas en contra del gasolinazo, son una muestra de que hemos fortalecido en algo la cultura cívica. Pero aún hay mucho por lograr.

La mejor forma de evitar, no solo el avance, sino el empoderamiento y legitimación del populismo (ya hemos definido el término asociándolo a demagogia), es una fuerte cultura cívica y política. La principal tarea pendiente, es la de fortalecer a nuestra democracia desde su base más importante: su elemento cívico. Debemos recordar que el ejercicio pleno de una Constitución y sus garantías, es cotidiano y se resume en hacer uso de cada uno de los instrumentos cívicos y jurídicos que nos hemos dado, a lo largo de un siglo, para que los conceptos inherentes a una Democracia Constitucional sean válidos. ■

 

@CarlosETorres_

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