Reflexiones desde mi biblioteca

Reflexiones desde mi biblioteca

La Gualdra 278 / Literatura

La calle Donceles en la Ciudad de México es una de mis favoritas para recorrer, la razón seguramente será obvia para cualquier bibliófilo que se jacte de serlo: las librerías de viejo. Resulta fascinante entrar a esos locales donde hay miles de libros que han sido leídos por otros tantos miles de lectores. Encontrar algún documento o foto entre esas páginas, así como una dedicatoria es como sumergirse en la historia de otra gente, en un pasado que se sugiere, amenizado y contextualizado por la lectura del libro que lo contiene.

Una de mis pesquisas, quizá la que más me ha absorbido, es la búsqueda de los libros de Lecturas Mexicanas, tanto de la serie uno como la dos, o los negros y los rojos, como se prefiera denominarlos, editados a principios de los ochenta por el Fondo de Cultura Económica y la Secretaría de Educación Pública. Son más de 200 títulos entre las dos series con autores nacionales y extranjeros que hablan sobre México, tales como Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco, Mariano Azuela, Octavio Paz, D. Wayne Gunn, Edmundo O´Gorman, Salvador Elizondo; y obras como El círculo roto, La muerte de Artemio Cruz, Chilam Balam, Popol Vuh y muchas más.

Mi propósito de año nuevo es leer todos los que tengo hasta el momento que suman más de 170 títulos, de los cuales he leído ya algunos que no me importaría volver a leer. Me faltan muchos, pero no importa, pues sigue siendo un pretexto para visitar la compleja urbe mexicana y nadar entre los libros viejos, pues con quinientos pesos puedo comprar de tres a diez libros, mientras que con esa misma suma sólo puedo comprar uno o dos en otras librerías, al fin y al cabo el contenido es lo importante.

Hoy, por fin, terminé el primero de ellos: La muerte de Artemio Cruz. Es un libro fascinante, desde la edición, el trabajo de portada y, por supuesto, la magistral pluma de Fuentes. Es un libro, como todos los de la serie, hecho en imprenta rústica, por llamar así a las impresiones previas a la era digital, de aquéllos que eran formados carácter por carácter. La portada es el rostro de un hombre distorsionado, como desintegrándose: la muerte del ricachón.

Ya entrado en la lectura me encuentro tres voces narrativas: un yo, un tú y un él. La primera habla del presente, un anciano moribundo con el vientre a punto de explotar, rodeado de una familia que lo odia y desea su muerte y su herencia, y una esposa que lo amó y lo odió al mismo tiempo, 12 horas de agonía que demuestran el carácter de Cruz, un verdadero cabrón hasta el fin; la segunda voz es un yo subjetivo, una reflexión sobre su vida toda, que va y viene entre los recuerdos, las culpas, los apetitos y los goces; y finalmente un él que cuenta su vida pasada: su vida como protagonista de la revolución, su estratagema para hacerse de una fortuna y una linda esposa, sus amoríos, sus negocios, la vida en la cumbre y la muerte de su hijo.

No hay duda, el primer libro de la serie es una joya literaria, y todavía quedan más de doscientos más.

 

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