‘Moonlight’, la película

‘Moonlight’, la película

La Gualdra 278 / Cine

A lo largo de nuestra vida conforme crecemos y nos desarrollamos como individuos estamos constantemente cambiando. Todo el tiempo están ocurriendo cosas a nuestro alrededor, así como a las personas que nos rodean y con las que convivimos en nuestra vida diaria. Sin embargo, se puede afirmar con seguridad que son pocos los momentos que realmente nos marcan.

Es un hecho que todos contamos con esa serie de imágenes, emociones y destellos de memoria de un determinado suceso que en verdad nos definen como uno y que nos otorgan nuestra verdadera identidad.

Dichos elementos (muy comunes en las películas de corte independiente, basadas por entero en sus personajes y qué tan realistas pueden llegar a ser las situaciones que enfrentan) funcionan como una herramienta que el realizador Barry Jenkins utiliza para darle forma y sentido a Moonlight, su más reciente cinta.

En la primera parte de la película conocemos a Chiron (Alex Hibbert), un niño pequeño, delgado y muy sensible que desarrolla una poco convencional relación con Juan (Mahershala Ali), un vendedor de drogas de gran corazón, y que de cierta manera se vuelve la única figura paterna que tiene. Dicha relación cobra fortaleza ante la indiferencia de la madre de Chiron (Naomie Harris), una adicta a las drogas.

Unos años más adelante volvemos a ver a Chiron (Ashton Sanders) como un joven callado y tímido de 16 años, poco o nada interesado en la escuela, en las chicas, y siendo un blanco habitual para los matones de su clase. La única persona que parece entenderlo es su amigo de infancia Kevin (Jharrel Jerome), quien contrario a su personalidad aparentemente arrogante y llena de seguridad en la escuela, al momento de estar a solas con Chiron no tiene miedo en mostrarse como verdaderamente es y como resultado él no puede evitar hacer lo mismo.

En la tercera parte de la cinta se nos presenta a un Chiron adulto y musculoso (Trevante Rhodes), endurecido por las crudas experiencias de la vida, pero aparentemente feliz con lo que tiene, manejando un auto nuevo, escuchando hip hop a todo volumen, usando mancuernas, cadenas y una dentadura de oro, pero que vuelve a ser como un chico de 16 años cuando se reencuentra con su viejo y tal vez único amigo Kevin (André Holland), el único con el que ha tenido una verdadera conexión, realmente la única persona por la que ha sentido algo.

Estos tres episodios perfectamente estructurados (que se resumen en niñez, adolescencia y adultez) son resultado de un guión de Jenkins, en una película cuyo eje central no es otro que la búsqueda de la identidad, y la necesidad del amor y comprensión en un contexto en el cual es difícil encontrar, como una hierba ansiosa por crecer hasta lo alto pero pisoteada de manera constante.

Jenkins arma la cinta mostrándonos fragmentos sustanciales en la vida de un solo individuo y de sus cercanos, a veces sin necesidad de explicar muchas cosas, pues cada momento y situación narrada es consecuente a lo ocurrido en el capítulo anterior. Esta continuidad resulta creíble en mayor medida por el trabajo de los tres actores que interpretan a Chiron, su fuerza interna y su vulnerabilidad, así como el resto del elenco en cada uno de los defectos y virtudes que poseen sus personajes.

La tragedia y el dolor son elementos constantes en la cinta, pero nunca buscando la vía fácil, en el aspecto emocional ni en el visual. Todo se remite a la violencia tanto doméstica como escolar, la cual le da mayor coherencia y verosimilitud a cada gancho narrativo y dramático al que el personaje principal se enfrenta.

La fotografía también resulta en uno de los elementos fundamentales, pues como toda buena cinta de manufactura independiente se enfoca en su mayoría en los planos cerrados, con un impresionante manejo de colores y luces, para hacer más énfasis en las texturas emocionales que representa cada secuencia.

Por otra parte, el aspecto de la sexualidad es presentado de manera cruda pero sin una pizca de morbo. Cada situación relacionada con el tema es desarrollada con una enorme delicadeza sin resultar indulgente, generando momentos verdaderamente íntimos, poderosos y muy sinceros.

Dichas secuencias son tan realistas y emocionalmente profundas, que es imposible no sentirnos un poco incómodos al ser testigos de algunos de los momentos más íntimos y privados de los personajes principales. Prueba de ello es el momento clímax de la segunda parte, en una secuencia que toma lugar a la orilla de la playa, donde vemos al protagonista tal y como siempre ha sido, sin ser juzgado y abrigado por la brisa del mar.

Sin embargo, es en la conclusión de la historia que toma lugar en un restaurante, donde el rostro de cada personaje, cada expresión, cada pequeño detalle facial representa infinidad de cosas, como si en lugar de ver una película estuviéramos leyendo una novela en la que los protagonistas tienen demasiado por decir pero jamás lo hacen, donde la tensión es palpable y el paso del tiempo es un misterio indescifrable.

Así pues, Moonlight funciona como una saga que fácilmente se puede catalogar como un pequeño milagro del cine independiente donde realmente se siente que todos y cada uno de sus elementos funcionan. Una obra maestra que brilla como lo indica su título, al recordarnos que a lo largo de nuestra vida tomamos decisiones a veces sin ser conscientes dónde terminaremos, pues todo el tiempo nos estamos dejando llevar por la marea y detrás de cualquier reflexión posible, el resultado final es algo con lo que tendremos que aprender a vivir.

 

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