La pereza de leer

La pereza de leer

La Gualdra 278 / Promoción de la lectura

Entre los múltiples motivos que se mencionan para no leer hay uno que pocas veces se menciona: la pereza. Si bien durante muchos siglos la lectura fue una actividad de minorías, esto se debió a los procesos de alfabetización. El acto lector fue exclusivo de un pequeño sector social. Ahora, en pleno siglo XXI, ante la aparición, proliferación y masificación de nuevos soportes textuales, se lee –seguramente- en mucha mayor cantidad que hace treinta años. Sin embargo, los textos son cortos, mal escritos, pocas ocasiones abiertos al diálogo. “Dejar en visto” cuerpos textuales de más de cincuenta palabras es práctica común.

Pero además de la pereza que se presenta al enfrentarnos a muchas palabras, está una más preocupante (y que puede considerarse como una causal del desmadre de país que tenemos): la de pensamiento. Incluyendo en este concepto no sólo la capacidad de razonamiento analítico, sintético, crítico. Sino desde las mismas posibilidades de crear imágenes mentales. El pasado verano, al trabajar con, aproximadamente, quince adolescentes, sólo dos pudieron responder una pregunta muy sencilla. Sentados en círculo se les pasaba un vaso desechable, ¿qué otros usos le darían además de contenedor de líquidos? Reitero: sólo dos contestaron.

Una condicionante en la actividad era el tiempo y la imaginación: tenían cinco segundos para responder y no podían repetir algún uso mencionado. El segundo chico respondió: -Un teléfono. Alguien más, un portalápices. Hasta ahí. ¿Cuánto les cuesta a los jóvenes, en particular, y a los seres humanos, en general, posibilidades distintas ante la realidad que se les plantea? En otro ejercicio, al proporcionarles palabras desconocidas y bajo la consigna de que tuvieran que escribir los conceptos que creyeran podían definirlas, lo inmediato era “googlear”. La ausencia de referentes culturales universales, sólidos, se compensa con un dispositivo.

El problema no es el soporte, el problema es que la información que obtienen es tan efímera en ellos como los memes en redes sociales. No obstante, no toda es responsabilidad de estos jóvenes. ¿Cuánto nos toca de ella a la sociedad en su conjunto, a la familia, a la escuela? Hace más de diez años, vacacionando en familia en Colima, había en un parque venta de figuras de yeso para pintarlas. Emiliano, mi hijo, entonces de cuatro años, eligió un reno. Presto puso manos a la obra. Su reno azul lo iluminaba de felicidad. Una señora, con esa buena fe que lleva a la homogeneización y corta la libertad, le dijo: “No, los renos no son azules”.

Renos azules, amigos imaginarios, montañas que hablan, son creaciones de la infancia las cuales los adultos nos empecinamos en derrumbar. Si a lo anterior agregamos que no estamos educados para pensar en la lectura como un acto creativo, sino en un requisito para aprobar niveles académicos, donde imperan las preguntas cerradas, el camino se estrecha: hay un solo mundo y una sola interpretación. Por eso el éxito es la fama, el dinero y el poder. La manera de conseguirlos es lo de menos. Al fin hay una única concepción.

 

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