Federico, Barack y Joaquín

Federico, Barack y Joaquín

El 2017 empezó a tambor batiente. A tan solo una semana de que acabe enero ya fuimos testigos de tres acontecimientos que nos acompañarán por mucho tiempo.

Federico.

El miércoles pasado, Federico decidió atacar a sus compañeros de clase para después quitarse la vida. El caso ha sido muy comentado y no merece la pena recordarlo a detalle. Lo que sí tenemos que hacer es tratar de peguntarnos por qué sucedió, solo así podremos prevenir que algo tan triste vuelva a pasar. Como en todos los experimentos en los que queremos encontrar causalidad, resultará imposible saber qué hubiera pasado si algunos factores hubieran sido distintos en la vida de Federico. No podremos saber si lo que lo orilló a hacer eso fueron las redes sociales, el efecto de los videojuegos -como muchos argumentan-, o simplemente una característica psicológica que nadie percibió. El único hecho, lo único que no podemos refutar es que Federico tuvo acceso a un arma.

El año pasado, un senador del PAN llamado Luis Preciado propuso el permitir la portación de armas para nuestra legítima defensa. Los estudios en los cuales sustenta que esta idea es buena están llenos de irregularidades. Está comprobado que el portar un arma para nuestra defensa incrementa nuestra probabilidad de perder la vida. Las armas, al final, solo sirven para generar más violencia y el pensar que necesitamos portarlas para defendernos es aceptar que el Estado es incapaz de hacerlo. Casos tan trágicos como el de Federico ponen en evidencia que la violencia genera violencia. Nos muestran que un arma en el tiempo y lugar equivocado generará consecuencias irreparables.

 

Barack.

El primer presidente estadounidense de color naranja tomó posesión la semana pasada. El verlo jurar el cargo, nos recuerda que no existen encuestas perfectas y que en la democracia hay que saber perder, aunque no sepamos quien es el ganador. Un desencajado Barack, escuchó el discurso inaugural de su sucesor (cuyo nombre no vale la pena escribir). Junto con Barack se fueron sus decretos. Decretos que, al no tener la mayoría en el congreso para volverlos ley, sostuvieron la esperanza de las personas que buscaban tener acceso a un sistema de salud, de los hijos de migrantes que nacieron en Estados Unidos y de los estudiosos cuyo dogma es el libre comercio.

Al tratarse solo de decretos presidenciales, el nuevo presidente tiene la facultad de desecharlos con solo un plumazo. Aquello que pensamos que eran solo promesas de campaña, se convirtieron en acciones que en menos de una semana están empezando a cambiar los equilibrios de poder y el orden del mundo como lo conocemos.  Por ejemplo, la cancelación de la participación Estados Unidos en el TPP abre la puerta para que China se coloque como un actor predominante en el mercado mundial. Con acciones proteccionistas que fueron ya probadas y fracasaron, el nuevo líder conservador tratara de “hace grande a América”. Lo que no sabemos es si este individuo sepa que América no es un país, sino un continente bastante grande.

 

Joaquín.

Joaquín, El Chapo Guzmán nació en el rancho de la tuna ubicado en Badiraguato, Sinaloa. Dicen los que han ido que ahí se da la amapola como por arte de magia. Joaquín, en una entrevista concedida a un reportero que en realidad es actor, afirmó que allá, en lo alto de la cierra, no había otra forma de vivir más que volviéndose narco. De Sinaloa, Joaquín se fue a vivir a Guadalajara, en donde empezó a escalar en el mundo criminal hasta convertirse en uno de los capos más famosos de la historia. Dudo que ese muchacho de Badiraguato soñase alguna vez que conocería Nueva York y menos en calidad de detenido.

Para muchos la extradición del Chapo fue un regalo al nuevo presidente de los uniteds. Otros opinan que en realidad fue un regalo para Barack, quien estaba a punto de irse y para muy pocos se trata de una mala coincidencia. Sea cual sea la razón, tenemos que aceptar que la extradición de Joaquín poco cambiará nuestra realidad. Si no somos capaces de mejorar nuestras políticas de droga, generar mecanismos de desarrollo alternativo para quienes la siembran y atender a quienes la consumen, será solo cuestión de tiempo para que el próximo niño soñador se convierta en narco.

El caso de Joaquín conjuga elementos de los dos casos anteriores. Poco importa la razón de su extradición si el tráfico de armas de Estados Unidos a México no para. De igual modo, poco importará el muro que quieren poner en la frontera si Estados Unidos no acepta que el crimen organizado en México es un problema de los dos. Tal vez, los migrantes que intenten cruzar ilegalmente no puedan evadir un muro de dimensiones colosales. Sin embargo, sería ingenuo pensar que eso frenará el accionar de quienes se benefician del mercado de la droga. ■

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