La escritura infinita

La escritura  infinita

Hay actos con los cuales un escritor es capaz de demostrarse una profunda y admirable honestidad. Por ejemplo, escribe un libro, lo vuelve a escribir, lo vuelve a escribir, lo vuelve a escribir y así, hasta que fallezca alguno de los dos en una apuesta que se nos asemeja mucho a una ruleta rusa: el libro o el autor. Tal acción podría derivar en una sana y enigmática locura, sin embargo, el sólo hecho de la reescritura en sí es un mecanismo del cual se vale el autor para multiplicar su propuesta literaria, sus palabras, por lo tanto, si aceptamos que el mundo únicamente encuentra explicación a través de las palabras, también se multiplicarán los sueños y las pesadillas del autor. Viéndolo bien no es tan ocioso el ejercicio de escribir en la más completa de las soledades y para el infinito, aquí es cuando Borges señala con la punta de su bastón el horizonte, ahí donde se desdibuja el Aleph.

Todas las mujeres deberían llamarse Beatriz Viterbo y todas deberían tener la costumbre de desaparecer bajo las líneas de cualquier mediocre poema luego de jurar amor eterno a un hombre que al mismo tiempo que las persigue consigue volverlas infinitas, lo cual debe ser el peor castigo para quien está tan acostumbrado a la mortalidad como oposición de la eternidad.

Cuando Silvia Plath comprendió que lo mejor era desaparecer sin dejar rastro alguno ya la había alcanzado el infinito, por lo que su suicidio no fue sino una manera de aferrarse inútilmente a la fama tan impropia del tiempo, acaso la mejor morada del infinito al que nos referimos.

Escribir y volver a escribir, porque el libro en sí tiene fecha de caducidad, termina por volverse obsoleto, un artículo ridículo que ni siquiera llega a ser de primera necesidad, a menos que tengamos la urgencia de quedar bien con el de enfrente, que su lomo vaya a trote entre los caballos-libros de nuestro librero, no así la escritura, que consigue volver a inventarse cada que dos manos se aferran al teclado de una computadora.

Por eso es que se admira tanto a los autores que consiguieron pasar a la gloria con tan sólo unos cuantos libros publicados. Esa y no otra cosa es el destino del escritor que se arriesga a perseguir el infinito: la gloria o el olvido, y quienes consiguieron grandes obras maestras de la literatura con tan sólo unos cuantos suspiros sabían bien que de los vicios más inservibles de un escritor el de la gloria se consolida como el primero de ellos; pero los hay que pelean a muerte por ella hasta el final de sus días, en realidad son ingenuos que se engañan a sí mismos con la falsa creencia de que el infinito no acabará por extinguirlos.

Me gusta pensar que Antonio Porchia se sacó los ojos para escribir “quien ha visto con los ojos abiertos puede volver a ver, pero con los ojos cerrados”, porque más allá de un mero ejercicio de abrir y cerrar los ojos, como mera confrontación con el mundo que se tiene delante, no es suficiente, y tras del infinito siempre acecha la tragedia, al menos a mí me gusta pensarlo así antes de desaparecer.

Escribir y escribir para volver a escribir es uno de los actos más inútiles que puede emprender cualquier ser humano. No obstante, tal y como asegura Walter Benjamin, el grandioso complejo arquitectónico que es la literatura tiene la sabia virtud de curar las incertidumbres más complejas. Sólo nos falta agregar que el autor alemán ingirió una dosis letal de morfina porque sabía lo cerca que se encontraba su escritura del infinito, y no estaba equivocado, hasta el día de hoy sus palabras se reproducen frente a la punta del bastón del viejo Borges.

Francis Scott Fiztgerald se destrozó con el alcohol tras entregar novelas y cuentos de una maestría asombrosa. Si adivinó o no lo infinito de la escritura que a la vez se escribe y se escribe y se escribe es algo que nos es imposible saber. Pero en uno de sus más celebres (“Crack-Up”) ensayos ya sostiene la mano de Beatriz Viterbo, se puede decir incluso que besa uno de sus dedos: “toda vida es un proceso de destrucción”, te faltó agregar, querido Fitzgerald,  que además toda vida es un ejercicio irreconciliable con la escritura de la finitud. ■

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