La ignorancia de los lectores

La ignorancia de los lectores

La Gualdra 276 / Notas al margen

Uno debe darle al azar su lugar. El caos es una forma de orden, quizás el orden natural de las cosas. Hace casi un año que decidí que mis lecturas las elegiría la casualidad; opté por la dispersión también como forma de escritura, a la manera de Montaigne, de Hazlitt; la literatura como una divagación, como un extravío. Y asimismo preferí la lectura de manera dispersa, no comprometerme con un autor, con un género, con una dirección. Por ello hice una lista de todos los libros que tenía pendientes por leer y les asigné un número. Esos números los anoté en papeles que guardé en un bote del que, desde entonces, saco al azar alguno para “decidir” mi siguiente lectura. A la fecha la lista tiene más de 200 títulos y crece con más velocidad de la que yo los leo.

Lo importante no es eso. La realmente importante es el mecanismo del azar, la casualidad como decisión y la dispersión premeditada como método. Leer, por sí mismo, es un acto vacuo; y como tal (vacuo, vacío) es necesario llenarlo de significado para darle un valor.

Por ahí quiero empezar. En los últimos días mi bote eligió que leyera un libro de Schopenhauer que compré hace meses en una librería de viejo: Escritos literarios. En cuanto lo terminé, tomé otro papelito y el “destino” me dio la oportunidad que estaba esperando desde el año pasado: un libro de William Hazlitt que no se decidía a llegar a mis ojos. Hazlitt es, según la solapa de este mismo ejemplar –y yo lo creo-, “uno de los mejores ensayistas de todos los tiempos. [que] Murió pobre y olvidado en Londres, en 1830”. Tristemente hermosa esta aparente contradicción. Sin embargo, cierta. Uno de los mejores ensayistas no sólo de habla inglesa, sino del mundo, muere en la miseria y olvidado. Las razones son las mismas de siempre, los contextos, las políticas, las “disputas y los celos entre los hombres de letras”, pues como el mismo Hazlitt lo dice: “Ningún otro tipo de personas es tan incapaz de funcionar en unidad como los hombres de letras”. Las razones, azarosas aparentemente, responden a un orden oculto que tiende al caos. Ya sabemos, la entropía. Pero un genio murió sin saber que se volvería un referente del ensayo y el pensamiento libre de formas acartonadas.

Diez años después que Hazlitt, en 1788, nace Schopenhauer, a quien leí justo antes de sumergirme en los ensayos del inglés. Para ser sincero, y tal vez peco de imbécil, disfruto más la lectura de un hombre de la palabra, como lo es Hazlitt, que de uno del pensamiento, como lo es Schopenhauer. Los filósofos siempre intentan darle forma a la idea, quieren demostrar su pensamiento; mientras que el escritor –uno lúcido como William- no demuestra, sino que muestra. Crear es “sostener un espejo frente a la naturaleza” (Shakespeare). El filósofo está siempre a la caza de una idea excepcional, mientras que el literato está siempre hablando. El primero discute la idea, mientras que el segundo la dialoga.

Pero ambos, el inglés y el alemán –Schopenhauer lo hace en su conjunto de anotaciones titulado en mi edición: La personalidad literaria-, coinciden en una aseveración por demás interesante: los lectores carecen de ideas propias, dejan que los otros piensen por ellos. El filósofo lo dice así: “Cuando leemos otro piensa por nosotros…”, “No se necesita leer sino cuando la fuente del pensamiento personal calla”, “Los letrados son los que han leído en los libros; pero los pensadores, los genios, […] son los que han leído directamente en el libro del Universo”.

Por otro lado, el escritor, dice: “Las personas que tienen menos ideas que todos los demás son los simples escritores y lectores. Es mejor no saber leer y escribir que no saber hacer cualquier otra cosa. Podemos estar casi seguros que el holgazán al que se acostumbra ver con un libro en la mano no tiene ni la capacidad ni el deseo de prestar atención a lo que sucede a su alrededor, o dentro de su propia mente”.

La dicotomía William-Arthur es la de pensar vs leer. Es sumamente interesante, si partimos de que ambos vivieron en la misma época y en una Europa en la que la burguesía comenzaba a ostentar el poder político, que los dos se expresen con desprecio de los simples lectores, como unos imbéciles que utilizan las ideas ajenas para apoyar (u ocultar) la carencia de las suyas. Si lo pensamos más profundamente no hay mucha diferencia entre aquella dicotomía y la confrontación actual entre el leer vs ver televisión (productos mass media). Hoy la glorificación de la lectura necesitaría de una crítica dura como la que realizan estos dos pensadores, leer per se es un acto tan banal como consumir chatarra mediática. Leer por sí mismo no nos vuelve inteligentes, ni siquiera nos hace mejores personas, ni moral ni intelectualmente superiores. Leer en su acepción primaria es “decodificar signos escritos”, y eso lo hace ya un niño de primaria. Aunque Hazlitt y Schopenhauer no llevan sus reflexiones hasta este punto, es importante –sin afán de jugar al abogado del diablo- mencionar que ambos eran unos lectores en un sentido más amplio de la palabra. Lectores completos, que más que decodificar participaban de la lectura y volvían una acción pasiva de recepción de información en un diálogo. Ésa es la palabra clave: dialogar.

Leer es dialogar, y es eso lo que Hazlitt dilucida más adelante: “Cada vez es más raro que los libros se utilicen como ‘anteojos’ a través de los cuales se observa la naturaleza, y no como cortinas que impiden que la luz brillante y un paisaje en constante cambio llegue a ojos débiles”. Una sentencia por demás actual, pues ¿no es eso lo que se planeta con las campañas pro-lectura, donde ésta se muestra como una manera de escapar de la realidad, como una forma de evadir la idea propia y el pensamiento crítico? La lectura debe ser un diálogo con la naturaleza y con el otro, ya que “rechazar los pensamientos originales para tomar un libro en la mano, es un pecado contra el Espíritu Santo”. La ironía de la que echa mano Schopenhauer es indispensable para entender la idea de no-lectura de estos dos pensadores.

Tampoco debemos olvidar que el desprecio por la lectura que esgrimía Schopenhauer tenía que ver también con el desprecio que le producía el acceso al conocimiento que pudieran tener los “espíritus mediocres”, aquéllos que incluso pervertían la lengua y ni siquiera sabían latín. Para el filósofo el hombre pensante debía ejercer una especie de monarquía ideológica, donde sus ideas debían permanecer frente a los demás. Fuera de lo idílico que puede parecer esto, también hay en esa postura una megalomanía intelectual. ¿Y cómo reconocer a un estúpido de un genio?, si “como tal monarca no acepta órdenes ni autoridades y sólo admite aquello que ha ratificado él mismo”, ¿cómo se reconocerá a sí mismo como idiota o como espíritu superior? ¿Un idiota se autodenominará idiota al igual que un genio se autodenomina genio? La superioridad de Schopenhauer también le juega malas pasadas y evita que someta sus juicios al diálogo. Su no-lectura no sólo sucede en los libros físicos, sino en el texto de su propia mente.

A Borges le enorgullecían más los libros que ha leído, que los que ha escrito. Y Borges, inútil sería pensar lo contrario, no era un espíritu mediocre. Apoyó su pensamiento, durante toda su vida, en los hombros de otros; sabía que el conocimiento no está en los libros, sino en nosotros. Pero para llegar a él hay que salir de nuestra cabeza, entrar al mundo y otearlo con los anteojos de la literatura o la filosofía.

Hazlitt y Schopenhauer vuelven para recordarnos que la lectura puede ser tan mediocre como quien la realiza, y dentro de su recorrido vital nos mostraron, sobre todo Hazlitt, que “la imaginación entusiasta siempre ha sido vagabunda”.

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_276

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