Échele lo que ajuste.

Échele lo  que ajuste.

El Secretario de Hacienda asegura que seguir subsidiando las gasolinas hubiera costado doscientos mil millones de pesos al año. Se trata de una cantidad casi metafísica. Para entender esta cifra podemos compararla, nos dice el Secretario Meade, con el precio del programa para llevar leche a los municipios más pobres, el cual tiene un costo de “solo” dos mil millones de pesos al año. El argumento es lógico y tiene sentido; resultaría más doloroso sacrificar los programas sociales que seguir subsidiando la gasolina. Sin embargo, aquí nos tenemos que preguntar por qué nuestros programas sociales son tan caros y si realmente funcionan.

La explicación del titular de Hacienda y la de los miembros del gabinete se extiende también al ámbito internacional. Se asegura que la reacción del precio de las gasolinas se debe en parte al alza en el precio del petróleo (variable que no puede controlar México).  Esta explicación ya genera un poco de confusión. Para muchos, desde que Don Lázaro nacionalizó el petróleo, somos grandes productores. Entonces, por qué el alza en el crudo genera un alza en el precio. La respuesta no es difícil; no podemos transformar el petróleo en gasolina por nosotros mismos. Donde se empieza a complicar la cosa es cuando pensamos en cómo llegamos a este momento.

La verdadera pregunta, para los señores Secretarios y para los Presidentes (no solamente el actual) es por qué México nunca decidió instalar refinerías para generar combustibles. ¿Por qué pensamos que era suficiente con nacionalizar? Resulta muy romántico pensar que el petróleo es de todos los mexicanos. Si así lo fuera, por qué nunca hemos exigido – en nuestra posición de accionistas- que se instale la infraestructura necesaria para poder ser realmente competitivos. Llevamos más de sesenta años extrayendo petróleo que no somos capaces de procesar. Texas, tiene la gasolina más barata, PEMEX vende más barato en Estados Unidos. Claro, porque no tienen que incurrir en costos de transporte y porque tienen la capacidad de refinar el crudo localmente.

Las refinerías y la infraestructura que necesitábamos no llegó y parece que no llegará. Siendo así ¿Qué nos espera? Resulta difícil pensar que el precio de la gasolina bajará, más aun considerando que México se abrió a un mercado en el que tristemente no es competitivo. De hecho, el extitular del SAT, Aristóteles Núñez, pronostica que el precio de la gasolina se incrementará todavía más. El precio de la gasolina, a su vez, provocará el aumento de precios en una infinidad de productos y la pericia del Banco de México para mantener la inflación será puesta a prueba a costa de las reservas internacionales.

La incertidumbre y el impacto generado por la liberalización de los precios de la gasolina provocó protestas en donde resulta muy difícil diferenciar los buenos de los malos. ¿Por qué protestan? ¿Cómo se organizan? Algunos dicen que son grupos de choque que tratan de dividir a la resistencia organizada. Otros dicen que son grupos de la oposición para generar un ambiente donde reine el miedo. No sabemos y no sabremos. Lo que resulta importante es diferenciar entre quienes se han organizado para mejorar la situación y el resto. Independientemente de lo que pensemos de los saqueadores, el aumento en la gasolina nos afecta a todos y por ende todos tenemos que participar.

Nuestra exigencia a este y a los futuros gobiernos se puede centrar en manifestar el enojo y exigir que los precios vuelvan a bajar, algo que difícilmente pasará. Por ende, debemos de mirar hacia el futuro. Exigir la generación de opciones para evitar que México se vea envuelto en una situación similar en el mediano plazo.  Se tiene que dejar de lado la dependencia del petróleo y empezar a apostar por la generación de energías renovables, por el diseño de transportes públicos funcionales y por políticas que faciliten la movilidad.

En Chile, por ejemplo, se está construyendo un metro que funcionará a través de energía solar en su totalidad. Países como Suecia han invertido en generar energía eólica que sirva para dar energía a los tranvías de la ciudad. Nos encontramos en una coyuntura en la cual podemos decidir exigir y lograr que se baje el precio de la gasolina y no innovar o darle la vuelta a la página y pensar en nuevas y muy factibles alternativas.

No es el primer aumento a la gasolina que sufrimos. Al final siempre nos acostumbramos al  aumento de  precios y terminamos por pedirle al personal de la gasolinera que le eche lo que ajuste con nuestro dinero. Tal vez, ahora pueda ser diferente si logramos iniciar la construcción de un nuevo modelo que reduzca la dependencia para que cuando nos pregunten qué querían que hiciera, tengamos un buen número de opciones. ■

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