‘La La Land’ de Damien Chazelle

‘La La Land’ de Damien Chazelle

La Gualdra 274 / Cine

En este mundo hay dos tipos de personas: a las que les gustan los musicales y a las que no. Si se pertenece al primer grupo, uno como espectador sabe y entiende lo que representa una cinta de este género, conoce sus elementos más importantes, los que se relacionan con la historia y el enfoque que se le busca dar basado en el montaje, el dramatismo y la teatralidad. Como tal, si uno como parte de la audiencia tiene este gusto en particular, también tiene más de una razón para amar profundamente la más reciente cinta de Damien Chazelle.

La película entra de lleno con varias filas de autos, todos atascados en el tráfico y la monotonía propia de una gran ciudad como Los Ángeles. La cámara enfoca a una mujer en su auto, cuando repentinamente la música entra y ella empieza a cantar.

Sale de su auto y se sube al cofre; mientras, otras personas la imitan, rompiendo con la rutina que viven y de la cual buscan escapar por medio de una gran y elaborada coreografía que se muestra en una larga y espectacular secuencia de una sola toma, antes de que cada uno vuelva a su auto como si nada hubiera ocurrido.

Desde la escena de apertura el director nos advierte qué es lo que pretende, dejando muy en claro que sus ambiciones apuntan alto tanto en el fondo como en la forma, que su visión es ruidosa, colorida y llena de vida y que con ésta busca llegar más lejos de lo que hizo con su anterior cinta, Whiplash (2014). Si con dicha película el director daba los tiros de advertencia, con su tercer filme nos ataca con la artillería pesada.

En esta congestión automovilística encontramos a Mia y Sebastian (Emma Stone y Ryan Gosling), cada uno en su auto, ella aparcada adelante de él. Ellos no bailan la coreografía que abre la película, sin embargo también buscan salir de la rutina, de lo cotidiano y banal del día a día. No son personas ordinarias ni tienen gustos o ambiciones simplistas.

Mia es una camarera que busca que su carrera en Hollywood despegue, pues quiere ser actriz desde que es pequeña. Añora a las grandes actrices y el glamur de antaño; sin embargo, no puede soportar ser humillada y rechazada cada vez que se presenta en una audición al darse cuenta de que las productoras y compañías de teatro se enfocan en las cualidades físicas por encima del talento.

Sebastian quiere ser músico de jazz, género que ama por encima de todas las cosas y desea abrir su propio club donde cada noche pueda improvisar largas piezas en el piano con el acompañamiento de las cuerdas y los vientos, a pesar de que dicha ambición lo ha llevado a tener un estilo de vida poco maduro y estable, le ha hecho perder empleos y acrecentar sus deudas monetarias.

El destino hace que ambos personajes crucen sus caminos en más de una ocasión para que finalmente se enamoren perdidamente el uno del otro y unidos busquen lo que cada uno considera es su visión del sueño americano. Esta historia de amor es la excusa perfecta del cineasta para desarrollar un apasionado homenaje al cine de Hollywood de los años cincuenta, así como a la música jazz y el performance de músicos tales como Charlie Parker. Dicha hazaña es llevada a cabo con hermosos números musicales que desafían la realidad dentro del mismo imaginario que se nos presenta, y que irónicamente cobran relevancia por la frescura, actualidad y originalidad con la que se llevan a cabo.

Si la película está a punto de caer en un lugar común o cliché dentro del género, se logra escapar del mismo gracias a ingeniosos giros de tuerca en cada escena, así como un sentido del humor muy inteligente, dando como resultado apabullantes y espectaculares escenas que bordean en lo cursi, pero que jamás terminan por serlo.

Al final la cinta es una tragicomedia donde ambos personajes entienden y maduran emocionalmente en la búsqueda de sus sueños; al igual que en la anterior cinta, Chazelle nos demuestra que hay sacrificios que se deben hacer para lograr lo que se ambiciona. De igual manera expone y critica a la industria actual al demostrar que no es necesario vender o ridiculizar el arte, ni a uno como artista para alcanzar el éxito.

Finalmente hay que señalar que La La Land no es un producto de fábrica. No está previamente diseñada para gustar y complacer a las masas, y jamás busca el camino fácil, en ningún aspecto. Eso queda muy claro si se considera que se encuentra en un género que actualmente se siente poco explotado como lo es el musical, o que al menos no llega a los registros encontrados en la cinta.

No hay duda de que se trata de una declaración audaz y arriesgada en una cinta que nos recuerda el poder y la ilusión que las películas logran al enseñarnos la magia que podemos encontrar en todas las cosas que nos rodean pero que a veces simplemente no alcanzamos a percibir.

Esto gracias al trabajo incansable de un artista de la cámara y el ritmo, un amante profundo dedicado a su oficio tal y como lo es Chazelle, que en este caso no se vende como director, ni vende su producto y sin embargo, tuvo los recursos y oportunidades para lograr una obra maestra de cinematografía pura, exactamente como él quiso que fuera.

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/274

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