El norte fértil. Vicente Alfonso: la enigmática transparencia [Segunda parte y final]

El norte fértil. Vicente Alfonso: la enigmática transparencia [Segunda parte y final]

La Gualdra 267 / Libros

Un sumario de la narrativa realizada desde el norte de la República no debería dejar fuera los títulos de Vicente Alfonso (1977). Autor de El síndrome de Esquilo y La laguna de tinta, lamentablemente fuera del mercado editorial, y de Partitura para mujer muerta (2008), el coahuilense nos sorprendió recientemente con la publicación de Huesos de San Lorenzo, novela escogida por Ignacio Padilla, David Martín del Campo y Mario Bellatin como la ganadora del Certamen Internacional de Literatura “Sor Juana Inés de la Cruz” en 2014.

Una novela que es difícil de ubicar en uno u otro género: policiaca, que mucho tiene, aunque no radica sólo ahí; sicológica, interiorista, mágica y más. Tal vez porque su tema y personajes refieran enigmas, muertes, ausencias, desdoblamientos…, apuntados en el epígrafe dostoievskiano: “verdaderamente sería mucho mejor que no se diese el caso tan patético y que no hubiera tales mellizos en el mundo. ¡Cargue el diablo con ellos! ¿Qué falta hacen, después de todo? Y, por lo menos, ¿por qué los prodigan tanto? ¡En todo esto anda de por medio el diablo!”.

Tras adentrarnos en Huesos…, donde los personajes pasan de no creer en nada a creer en todo, se confirma el dicho del maestro Vicente Leñero sobre el autor: habrá que “seguirlo, perseguirlo”. Hasta donde sus universos narrativos, ubicables en nuestro vasto norte, nos lleven.

Novela que pasó por un concurso y lo obtuvo, algo que supone criba y consentimiento previos, Huesos… nos regala una historia ubicada en los mágicos y casi desérticos terrenos coahuilenses. Lugar donde pobrezas y mezquindades tienen espacio abierto para reproducirse. Esas cuestiones que tanto atraen a los narradores por allá nacidos o radicados, y que volcadas a la geografía literaria se nos ofrecen en tono de “simulacros armados con palabras”. Realidades de interpretaciones infinitas, diría alguno de los personajes de Alfonso.

 

Transparencia de personajes

La historia, unos gemelos casi adolescentes que voces narrativas y lectores comenzamos a buscar y confundir desde la primera hasta la última línea, contiene (sí) una de las recurrencias de toda tradición literaria: las búsquedas personal y colectiva, (pero) que en Huesos… se abrillanta con la enigmática transparencia de los personajes. Con sus intrínsecas complicaciones que con efectividad transmite la narración, e incorporando tópicos de suyo fidedignos, necesarios para la propia historia, aunque también para quien se la inventó, y hasta para quienes nos la creemos.

(Imposible olvidar Una de dos, novela de Daniel Sada, también escritor del desierto, donde igualmente se cuenta una historia acerca de hermanos gemelos en líneas pulidas hasta el cansancio, como toda la obra del bajacaliforniano, siempre en escenarios pobres y secos. Con guion del mismo Sada, la novela se llevó al cine —Marcel Sisniega— hace unos años).

Y puesto que “una verdad a medias es la más cobarde de las mentiras”, leemos en Huesos…, novela y novelista no tienen impedimento de traslucir biografías, principios, influencias y homenajes. Psicoanálisis, Dios (“eco deformado de nuestra propia conciencia”), fe, San Agustín, Twain, Cortázar, Revueltas, Borges… “Historias que se empalman”, al grado de que resulta capital volver al célebre cuento “La intrusa”. Además de a “las instancias del otro mundo” y los milagros, haciendo caso de lo leído en La leyenda del santo bebedor de Joseph Roth: “en los milagros no hay nada de qué asombrarse”.

Un homenaje más: cuando se evoca la lectura que los personajes hacen de un pasaje revueltiano (Los días terrenales) donde Fidel deja morir de hambre a su propia hija. “Le gustaba tanto esa novela de Revueltas que me hizo prometerle que le pondríamos Gregorio a nuestro primer hijo, imagínese”.

Casi se me olvida. Con Huesos… el lector volverá a Borges. Debería.

 

“Perro hambreado

Han pasado tres años desde que visitaste Parras por última vez, aunque te parece mucho más: una vida desde aquellos días horribles en que murió tu madrina, desde que re fuiste a vivir a Torreón para recomenzar. Mientras caminas por Madero tratas de relajarte: es sólo una visita. Admítelo, te cuesta reconocerte en este pueblo de calles enlodadas y casas viejas. En Torreón al menos puedes caminar sin toparte a cada paso con caras conocidas. Justo eso que es ahora lo que más te gusta, al principio te daba miedo.

Mientras caminas bajo la lluvia recuerdas cuando llegaste a Torreón en un camión ranchero. No tenías dónde dormir, con quién hablar, a quién pedirle ayuda. Así te diste cuenta de lo mucho que dependías de quienes te rodeaban, ¿dónde estaba Padilla, tu madrina, Rómulo? Hasta Dios se había escurrido. A ése, por cierto, tuviste que cerrarle la puerta antes de que volviera como un perro hambreado.

Pasas junto al estanque. Unos niños navegan sobre una cámara de tractor; tampoco a ellos les importa la lluvia. De niña tú jugabas a lo mismo cuando tu madrina te traía después de misa. Pero el estanque ya no te parece el oasis de entonces, sino una pileta puerca. No es que cambiara el sitio, cambiaste tú”.

Vicente Alfonso, Huesos de San Lorenzo, fragmento.

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Vicente Alfonso, Huesos de San Lorenzo, Tusquets, México, 2015, 234 pp.

* [email protected]

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra-267

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