Sufrió ataques la clínica de Nochixtlán, repleta de heridos

Sufrió ataques la clínica de Nochixtlán, repleta de heridos

Nochixtlán, Oax. El hospital comunitario de Nochixtlán vivió el pasado 19 de junio como si se encontrara de pronto en medio de una guerra. Casi ocho horas de balaceras dejaron más de un centenar de heridos en los alrededores. Con 12 camas disponibles, cinco enfermeros y dos médicos de turno, el hospital recibió 45 heridos de bala; cuatro de ellos murieron en el lapso de dos o tres horas. Desde los helicópteros la policía disparó bombas de gas lacrimógeno en el techo. En consecuencia tres bebés recién nacidos tuvieron crisis respiratorias. Y de manera intermitente, los uniformados cercaron la clínica. A primeras horas de la tarde, un grupo de policías intentaron pasar al interior, pateando la puerta y amenazando al vigilante que les impidió el paso.

Todo esto lo documentó el enfermero Juan Nicolás López, quien desplegó una doble función, consciente de que además de asistir en la emergencia era necesario dejar registro de lo que estaba ocurriendo. Comparte su testimonio con La Jornada.

Refiere que checó tarjeta en el Hospital de la Comunidad de Nochixtlán -dependiente del gobierno del estado- poco antes de las ocho de la mañana. Es enfermero general titulado, con 24 años de experiencia. A pocos metros de ahí ya había empezado el ataque policíaco contra el retén de los maestros de la Sección 22. Junto con algunos compañeros intentaron acercarse al sitio del conflicto, en caso de que hubiera heridos. “Cuando nos percatamos de la magnitud del enfrentamiento corrimos de regreso a prepararnos para lo peor. Pero lo que se nos vino encima no lo podíamos ni imaginar. Fatídico”.

A toda prisa empezaron a colgar los sueros, a disponer el material de curación y las camillas, a preparar el único quirófano, a apilar colchonetas y sábanas. Al final del día nada fue suficiente. Muchos heridos, leves o graves, tuvieron que ser rechazados. Dos de ellos fueron trasladados en ambulancias al hospital de Huajuapan pero no llegaron vivos. La Defensoría de Derechos Humanos de Oaxaca tiene un registro de 98 lesionados por arma de fuego, más del doble que el censo del hospital. Y reconoce que puede haber un subregistro.

Según los censos de Servicios de Salud de Oaxaca (SSO), de los que este diario tiene copia, diez ingresaron al Centro de Salud de Servicios Ampliados (Cessa) y 14 a la clínica local del IMSS. Clínicas y hospitales de Huajuapan, Tehuacán, San Andrés Sinaxtla y Juxtlahuaca también atendieron heridos de Nochixtlán y enviaron todas sus ambulancias disponibles.

Decenas más recibieron primeros auxilios en el kiosko y en la parroquia. Movidos por las alarmantes noticias, acudieron médicos y paramédicos de la región mixteca y hasta de los estados vecinos, Veracruz y Puebla. Significativamente, de Oaxaca no llegó ninguno. Y según testimonios recabados por este diario, las clínicas privadas y los médicos particulares de la cabecera de Nochixtlán cerraron sus puertas ante la emergencia.

El director del hospital, Ramsés Enrique Guevara estaba en día de descanso. Quiso manejar la crisis desde la capital, con su celular. “No hizo el más mínimo intento de llegar a Nochixtlán, que queda a 45 minutos en auto. Puso de pretexto el bloqueo”, informó enfermero. Días después el director fue destituido.

Jesús Cadena Sánchez fue el primer deceso que registró el hospital antes del mediodía. 19 años, fue el más joven entre las víctimas. Se acercó al lugar de la refriega atendiendo el llamado del párroco de su colonia para ir a recoger heridos. Llegó agonizante. Una bala le ingresó por el bajo vientre hasta la vejiga, le destrozó la vena iliaca y parte del intestino. Su mamá Patricia Sánchez Meza, quien estuvo presente durante la autopsia, refiere que le enseñaron el proyectil. “Quedó en pedacitos. Supongo que era una bala expansiva porque causó mucho destrozo dentro del cuerpo de mi hijo. Así consta en el acta de la autopsia”. Y no fue el único caso.

Anselmo Cruz Aquino falleció poco después. Plomero y electricista de Tlaxiaco. Según cuenta su hermano José Luis, una bala penetró por la barbilla, le atravesó la lengua, la tráquea y se alojó en el pulmón. Los intentos por reanimarlo fueron inútiles. Nicolás, el enfermero, supuso que pudo ser otro caso de bala expansiva.

Gases dentro del hospital

10:30 am. El hospital estaba ya rebasado. Había heridos en el piso de las dos salas de espera y en los pasillos. Se retiraron los asientos de las salas de espera para tender ahí a los pacientes, sobre cartones o sábanas. Afuera se oía el sobrevuelo de los helicópteros de la policía.

De pronto se escucharon dos golpes fuertes, uno en el techo y otro por la cancha de futbol aledaña. “Fueron bombas grandes de gas lacrimógeno. En un instante nos llenamos de humo. En medio del caos nos dimos cuenta que los tres neonatos que teníamos presentaban signos de asfixia, lo mismo que sus madres, que habían parido la noche o el día anterior. No había donde resguardarlos. Solo pudimos tapar con sábanas mojadas las rendijas de las puertas y ventanas”, recuerda Juan Nicolás.

De los ocho fallecidos durante el ataque policial, cuatro murieron en ese pequeño hospital. Sus cuerpos fueron resguardados en el tanatorio, sobre el piso. Dos víctimas más murieron instantáneamente en el sitio donde cayeron, frente al hotel Juquila, los pobladores sostienen que francotiradores vestidos de civil dispararon desde la azotea contra la multitud. Juan Nicolás asegura que al hospital comunitario no llegó ningún policía lesionado.

Hoy este hotel luce una fachada impecable, remozada, recién pintada. Opera con toda normalidad y nadie ha investigado a sus dueños.

A Juan Nicolás no le consta que en el hospital comunitario se hubiera recibido una orden del gobierno estatal de no dar atención a los heridos. “Sí cerramos las puertas. Pero eso fue cuando llegaron unos veinte policías queriendo entrar. El vigilante cerró. Los uniformados la emprendieron a patadas contra la puerta. Yo los vi. Estaban fuera de sí, como borrachos”.

En el interior cundió el pánico, lógicamente. Y en cuanto se despejó el frente del hospital muchas personas tomaron a sus familiares heridos, graves o no, y se los llevaron por temor a que la policía regresara y quisiera detenerlos o rematarlos.

Quizá por ese temor, cuando Juan Nicolás volvió el fin de semana siguiente a cubrir su turno, sábado y domingo, ya solo quedaba uno de los heridos del enfrentamiento, independientemente de la gravedad de los demás lesionados.

Tres cruces en la loma

Anselmo Cruz Aquino, de 33 años, solía decirle a su esposa Viridiana Diego que aun siendo pobres y viviendo tantas carencias podían ser felices si se tenían el uno al otro y a sus dos hijos, Yaretzi de cinco años y Tenoch, de tres.

“Y ahora ya no lo tengo a él”, dijo. Más que desconsolada, la joven mujer de suéter negro se veía desorientada, sentada a la mitad de ese cuarto que es sus vivienda, sin ventanas, con sus dos camas, el techo de lámina, las pocas posesiones de sus hijos colgadas de las vigas, en el barrio San Diego de Tlaxiaco. Viridiana cuenta que estaban viviendo una etapa muy feliz como pareja. Llevaban diez años casados. Trabajaban turnos diferentes como empleados en una farmacia del pueblo, con salario de 800 pesos a la semana cada uno, para no descuidar a los niños.

Disfrutaban un fin de semana libre cada quince días. Entonces vivían la dicha plena. Salían al campo -Tlaxiaco es un lugar rodeado de bosque- y jugaban futbol, volaban papalotes y si llovía echaban barquitos de papel en los charcos.

Anselmo salió ese domingo 19 de junio con tres de sus hermanos a las 4:30 de la madrugada para pasar el día del padre con sus papás, que viven en Nochixtlán. Cuenta José Luis, su hermano, que sin saber ni cómo se vieron envueltos en la refriega, pues ninguno participaba en el plantón de maestros, aunque simpatizaban con su movimiento.

“Cuando se soltó la balacera dura corrimos hacia un descampado, como mucha otra gente. Nos metimos en una trampa porque ahí no había donde resguardarse, al contrario, quedamos más expuestos. Las balas nos pasaban cerca de la cabeza, de los pies. Nos tiramos al piso. Un hermano recibió un rozón de bala en la cabeza; a otro le entró un disparo en la pantorrilla”.

La ladera fue atacada desde tres puntos diferentes por los policías que se apostaron detrás de la vulcanizadora Reyes, sobre el puente y en la parte de atrás del panteón municipal, del lado opuesto de la carretera, también en una posición elevada.

“Cuando amainó el tiroteo un muchacho se incorporó. Le dispararon en la ingle”. Era Jesús Cadena. “Arrastrándome me acerqué a él. En eso oí otro balazo más, como que más fuerte, como hueco, como metálico. Ese fue el que mató a mi hermano Anselmo”.

Tres personas cayeron en esa loma. En ese sitio se colocaron tres cruces, la de Jesús, la de Anselmo y la de Yalid Jiménez, quien en diciembre cumpliría 20 años. Su placa reza: “A los mártires del movimiento del 19 de junio, 2016”.

Cuando puede, Patricia Sánchez sube hasta allá para recordar a su hijo. Esa tarde, cuando se cumplieron dos meses de la masacre, se detuvo en la orilla de la carretera una vieja camioneta y de ella saltaron, uno tras otro, los miembros de una numerosa familia. El padre, ya canoso, encabezó la pequeña columna que subió hasta las cruces para rendir homenaje a los caídos. El señor Juan Gómez, obrero nochixtleco avecindado en la Ciudad de México, se acercó a doña Patricia, sin saber que ella es madre de uno de los fallecidos. Temblando de emoción le dijo: “No saben lo que hicieron estos brutos. Estos muchachos son unos héroes”. Sin conocerse, el viejo Juan y Patricia se fundieron en un largo abrazo y lloraron juntos.

Patricia enviudó joven y con cinco hijos. Para ayudarse con el gasto montó una modesta fonda en una de las dos piezas de su vivienda. Ahora no hay fonda. El espacio lo ocupa ahora un altar para su hijo. En un sobre de plástico guarda sus fotos y documentos: el día que se graduó de la prepa, con su camiseta del Cruz Azul, con sus hermanas, en una piscina. Ahí mismo guarda su acta de defunción.

Jesús no simpatizaba con el bloqueo de los maestros ni le gustaba política. Pero era un joven solidario y ese día sintió que podía ser útil en el retén. Antes del mediodía contestó la última llamada de Patricia: “Me dieron, mamá”. Fue lo último que dijo.

“Yo no me voy a pelear con nadie, ni con el gobierno, ni con la policía. No sé si quiero justicia pero sí quiero respuestas. ¿Quién mandó disparar contra la gente de esa forma?”.

Oscar Nicolás Santiago, de 21 años, bajaba seguido a Nochixtlán porque había solicitado su ingreso a la Marina y como en su pueblo Las Flores Tilantongo no hay teléfono se desplazaba para no quedar incomunicado. Sus hermanas casadas viven aquí. Ellas y sus vecinas oyeron los tronidos de la balacera y se dijeron “¿Qué tal si vamos a ayudar?”. Cargaron agua, trapos y vinagre. En eso una cuñada le llamó a Rosibel: “Parece que le dieron a tu hermano. Está en la iglesia”. Cuando llegó, en la nave del templo había más de 50 heridos tendidos en el piso. Oscar, de 21 años, todavía estaba vivo. Por la gravedad lo subieron a una camioneta e intentaron entrar al hospital pero un cerco policíaco les impidió el paso. Decidieron llevarlo a Huajuapan, a dos horas de camino. Pero al entrar al pueblo el muchacho expiró.

Omar González Santiago murió de un tiro en la cabeza frente al Hotel Juquila. Tenía 22 años y seis hermanos. Vivía lejos, en una comunidad de 200 habitantes, Palo de Letra (cuenta la leyenda que por ahí pasó el insurgente José María Morelos y dejó unas inscripciones en un árbol), en lo más alto del Nudo Mixteco. Desde su ranchito se mira de un lado el cerro del tambor y del otro el Yucunino, el de mayor altura en ese encuentro de dos cordilleras, corazón de la Mixteca.

Era el único soltero, el único que vivía en las tierras heredadas de sus padres, muertos poco antes, el único sostén del abuelito, que está inmovilizado dentro de una habitación. Pero los domingos, día de tianguis en Nochixtlán, trabajaba como “lonero”, empleado en un negocio que pone lonas para los puestos del mercado. Por eso estaba ahí el día de la balacera.

En su duelo, las familias que sobreviven a estos jóvenes se preparan para una larga batalla, como reza el nombre de su nueva organización, “por la verdad y la justicia”.

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