Editorial Gualdreño 259

Editorial Gualdreño 259
Antonio Ortuño en Zacatecas. Fotografía de Alejandro Ortega Neri.

A propósito del plagio. La semana pasada, el tema del plagio fue una de las tendencias en las redes sociales, en los portales de noticias, en los salones de clase y prácticamente en todos los lugares que frecuenté. Plagiar, de acuerdo al diccionario de la RAE, es “Copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias”; dicho lo anterior, resulta que lo censurable, lo reprobable dadas sus implicaciones éticas es atribuirse como propio algo que es autoría de otra persona. El caso de la tesis plagiada de EPN es un asunto que no debe dejarse pasar, sobre todo porque se trata de la persona en manos de la cual, por lo menos oficialmente, se encuentran las decisiones que más afectan el rumbo de nuestro país. Las obras hablan por las personas; en países como Hungría y Alemania se han vivido en los últimos años casos penosos como el que nos ocupa y la decisión de los dos mandatarios implicados fue renunciar al puesto político que les había sido encomendado por voluntad popular; en este caso no habrá renuncia de por medio, pero tampoco hay que olvidarlo ni tomarlo como ejemplo para seguir en la senda de corrupción. Robar es un acto de corrupción y en esto no hay casos pequeños.

El de EPN es un caso de deshonestidad académica que debe ser sancionado. Hay gente que a falta de trabajo y ante una imperiosa necesidad por alimentarse se ha visto en la necesidad de robar comida; recuerdo que un profesor de mercadotecnia en alguna ocasión nos habló de la existencia de una cadena de supermercados que, sabiendo que ese problema podía darse, tenía como política no denunciar a quien fuera descubierto comiendo alguno de los productos exhibido en sus anaqueles; hasta la fecha la política existe y no daré el nombre de la cadena nada más por prevenir que alguna persona osada quisiera comprobarlo, pero de que es una realidad lo es. Éste es un caso particular, pero generalmente los robos, sean de la naturaleza que fueren, deberían de sancionarse. En este país, el robo se está haciendo costumbre.

La deshonestidad académica, en la institución que imparto clases, está duramente castigada; no hay opción: si se descubre a un alumno haciendo plagio y se tienen las pruebas suficientes de la falta, se le asigna en el área correspondiente a la calificación un terrible y espantoso DA (las siglas que aluden a la acción de ser deshonesto en lo académico) y esa falta se consigna en el expediente; la reincidencia puede ser motivo incluso de baja del sistema. He visto muy pocos casos, pero tan los ha habido que los alumnos tratan de no incurrir en este tipo de prácticas porque saben que un acto de corrupción como ése tiene un castigo del que es imposible salvarse; es decir, el reglamento impone límites.

Uno de los graves problemas en nuestro país es que los límites, aunque existan, no son respetados; la gente incurre en actos de corrupción porque sabe que el castigo a esas “pequeñas faltas” como pasarse un alto, estacionarse en lugares prohibidos u ofrecer una “lana” al tránsito para que no nos infraccione –sólo por dar un ejemplo-, será mínimo o en el peor de los casos, no existirá. Nos hemos acostumbrado a que cosas como éstas ocurran y las hemos “normalizado”; de ahí que constantemente escuchemos casos como el de plagio académico, como el de los fraudes electorales, como el del junior que circula por la ciclo-vía y atropella ciclistas, o como el de las grabaciones en las que alguien es motivado a votar por tal o cual ley a cambio de dinero, y no pasa nada.

Nos estamos acostumbrando a que no pasa nada si se viola la ley, a que la deshonestidad en lo académico, en lo político, en lo civil, sea el pan nuestro de todos los días. No lo dejemos pasar, como lo hizo ya la Universidad Panamericana. Imagino, ahora que es tema de debate, que hasta podría ser tema de una película, de una novela o de una acción artística contemporánea –de artivismo, por ejemplo-; lo que no quiero imaginar es que este hecho sea uno de los tantos que los mexicanos nos hemos acostumbrado a guardar en los archivos del olvido. ¿Tiene usted alguna idea artística para que no quede como un caso más? Espero sus comentarios.

Que disfrute su lectura.

 

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Antonio Ortuño en Zacatecas. Fotografía de Alejandro Ortega Neri. Quienes no hayan leído la obra de Antonio Ortuño se están perdiendo de una de las mejores plumas de la narrativa mexicana contemporánea. Pertenece a esa generación de los escritores nacidos en los 70 a la que el escritor poblano Jaime Mesa llamó “la generación inexistente” y que se caracteriza, en gran parte, por abordar los temas del acontecer social y político del México de la actualidad. “Vivir en México es apasionante, pero yo no se lo recomendaría a alguien como pasatiempo de fin de semana”, una conversación con Ortuño en páginas centrales.
Antonio Ortuño en Zacatecas. Fotografía de Alejandro Ortega Neri.
Quienes no hayan leído la obra de Antonio Ortuño se están perdiendo de una de las mejores plumas de la narrativa mexicana contemporánea. Pertenece a esa generación de los escritores nacidos en los 70 a la que el escritor poblano Jaime Mesa llamó “la generación inexistente” y que se caracteriza, en gran parte, por abordar los temas del acontecer social y político del México de la actualidad. “Vivir en México es apasionante, pero yo no se lo recomendaría a alguien como pasatiempo de fin de semana”, una conversación con Ortuño en páginas centrales.

 

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