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Cuando los vanguardistas se quedan en la retaguardia

Cuando los vanguardistas se quedan en la retaguardia
Horace Pippin. Escritor de cartas amish. 1940.

La Gualdra 259 / Notas al margen

Hoy lo experimental es tan común que para ser vanguardista en nuestros días basta escribir un libro común y corriente. Lo “novedoso”, lo “que rompe esquemas” y “propone una manera distinta de crear arte o literatura” se ha vuelto una moneda de cambio que utilizan, en su mayoría, los que carecen de técnica y por ello consideran que el arte debe ser sólo una forma pasiva de percibir la realidad. Nada más lejano: el arte es movimiento. Para crear necesitamos ejercitar ciertas y específicas capacidades que dependen de la disciplina que queramos llevar a cabo. El pintor, el escritor o el músico no se preparan de la misma manera para realizar su labor creativa, lo que sí es cierto es que todos se ejercitan, generan un movimiento que tiene sentido y se dirige hacia una dirección estética específica: una novela, un poema, una pintura, una pieza sonora. El creador es un trabajador que debe conocer el proceso por medio del cual construye o transforma una realidad llana para volverla artística o merecedora de un aprecio estético o intelectual.

Y tal vez el oficio artístico que más se preste a la fanfarronería de lo alternativo es el literario. A todos los que alguna vez han sido mis alumnos les he comentado que el principal tope con el que se enfrentan los llamados “talleres de escritura” es que la gente te pregunta: ¿pero para qué si yo ya sé escribir? Y de cierta manera tienen razón: la palabra, sea escrita u oral, tiene una función principal: comunicar. ¿Y no comunica lo mismo una nota con deficiencias ortográficas y nula capacidad estética, dejada en el refrigerador o en la mesa de noche, que un mensaje por Facebook o WhatsApp, tal vez lo mismo que un poema? Ya lo creo que sí, si lo que se busca con la escritura es comunicar entonces no perdamos el tiempo en circunloquios y figuras retóricas. Dilo y déjate de chingaderas, decía mi abuela.

Para bien o para mal el ser humano ha complejizado todo conocimiento hasta niveles insospechados, o mejor dicho: hasta niveles inútiles. La especialización no sólo ha democratizado el conocimiento (o el derecho a la estupidez), sino que además ha erigido imbéciles como censores de lo que alguien puede o no decir y de qué manera debe o no decirlo. “Si no eres científico no opines sobre ciencia”, “Perdona pero no nos interesan las ideas propias, si vas a decir algo espero cites quien lo dijo primero que tú”. Así que ya no sólo escribimos para comunicarnos, sino que nuestra comunicación, el discurso que utilizamos va siempre enfundado en segundas y terceras intenciones. El discurso religioso, el discurso científico, el discurso filosófico, el artístico, el periodístico, el académico, formas del mismo lenguaje que a veces son incomprensibles y dicotómicas entre ellas. Y, ¿con qué trabaja el poeta?, ¿a qué apela el escritor de novelas o versos? El artista se queda anonadado frente a tamaño universo de funciones y utilidades lingüísticas.

Volviendo al tema: todos tenemos la obligación de aprender a escribir, a comunicar a través de la escritura. Por eso quizás la sorpresa en la cara de los que escuchan hablar sobre un taller de escritura. “¿Será retrasado mental?”, se preguntarán. Cosa que no pasa cuando alguien quiere tomar un taller de pintura, uno de danza, un curso de solfeo, uno de guitarra. Nadie está obligado a saber pintar, bailar ballet o leer una partitura. Pero no saber leer o escribir es como no saber restar, sumar o dar el cambio. Básico.

Por ello, la literatura es el arte que más lastimada sale cuando se habla de técnicas específicas. Si alguien quiere hacer música o pintar será más fácil que se le exija cierta preparación técnica, un poco de habilidad concreta para utilizar las herramientas pertinentes para el oficio. Sin embargo, el escritor es escritor desde que acaba la primaria (o antes), así escriba sin distinguir entre el uso de la v y la b, así no ponga el menor cuidado en acentuar las palabras o simplemente deje fluir la creatividad a la par que el auto-corrector del word.

También suelo decirle a mis alumnos que los escritores padecemos una rara afección que pudiéramos llamar hiperegotrofía, lo que hace que nos crezca desproporcionalmente el ego mientras el talento apenas y se asoma un par de milímetros. La carencia de habilidades específicas, o mejor dicho, la poca autocrítica, la casi nula lectura profunda, y la inexistencia de elementos que nos permitan medir concretamente la capacidad literaria, convierte a cualquiera con un par de ideas en la cabeza y un manejo básico de la lengua en un Shakespeare en potencia.

Pero entonces ¿existe un método que nos permita medir o reconocer las habilidades propias de los escritores? No lo sé. Lo más seguro es que sí, y también es muy seguro que esté equivocado. Lo que nos salva es que podemos reconocer cuando algo nos gusta y cuando algo simplemente no nos gusta. Tal vez podríamos empezar por ahí. Escribimos para comunicar, y en la comunicación transmitimos parte de lo que somos, anímica e intelectualmente. Escribimos como quien entrega algo suyo a otro. No como quien presume al prójimo lo que nunca será o lo que jamás tendrá. Si olvidamos que escribir es comunicar, y hacemos de nuestro objeto artístico algo inaccesible, incomunicable, probablemente estemos equivocándonos. El artista que no se entrega en su obra, se ahoga en su egoísmo, al no darse se pierde para sí y para los demás.

La experimentación, en algunos casos, se ha erigido como una bandera de lo inaccesible, de lo intolerante; en otros, como un baluarte de lo exclusivo, del elitismo intelectual. Tal vez lo más común actualmente es que los jóvenes (mileniales noventeros) o los cuarentones hiperegotrofiados usen y abusen de la experimentación (carente de técnica) como una forma de reclamo a las élites artísticas, a lo formal y a lo que consideran clásico desde una posición ética y política. Pero estén (estemos) o no equivocados, la realidad del arte es que quien crea es siempre experimental, porque la literatura que no se produce como un experimento responde a fórmulas pre-hechas y se convierte en un ejercicio de producción más parecido a lo mercantil que a lo artístico. Si liberamos el término de lo experimental de la lacra política tal vez podamos acercarnos a una literatura que, además de provocar a los enemigos, comunique y transforme el mundo desde una actitud crítica y no sólo polémica.

Hoy, entre los gifs, los memes, los videopoemas, el arte conceptual, el spokenword, el terrorismo hipster, y demás; debemos replantearnos la postura y revisar el experimento de nuestra literatura. Las nuevas formas, son eso: formas, y mientras no se les llene de contenido son sólo cascarones que pueden relumbrar pero no comunican. A veces la oveja reniega de sus compañeras y se une a los lobos, hasta que se da cuenta que también los canes le aúllan a la luna sin sentido aparente.

Por eso, en estos tiempos, tal vez lo más vanguardista sea volver a escribir una nota y pegarla al refrigerador con la única intención de avisar que volvemos, cuando se nos haya pasado el coraje.

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra-259

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