Corrupción, impunidad y desigualdad: la triada maldita

Corrupción, impunidad y desigualdad: la triada maldita

México no avanzará en la solución de sus graves problemas si los ciudadanos no damos con firmeza pasos para enfrentar de raíz la corrupción, la impunidad y la desigualdad. En columnas anteriores he tratado los dos primeros y hoy abordaré el tercero. El crecimiento acelerado de las desigualdades representa uno de los aspectos más preocupantes de la era del capitalismo financiero global (neoliberalismo). Las desigualdades no solo inciden en las relaciones económicas y sociales, sino también en las condiciones de cohabitación social, en la seguridad de los ciudadanos y en las características de la democracia. Por ello se trata de un reto global que afecta no solo a las relaciones económicas y sociales internas de nuestros países, sino también al orden económico mundial y a las relaciones internacionales.

Ya existe un amplio consenso entre los académicos sobre que la desigualdad ha alcanzado niveles muy preocupantes. Globalmente, una fracción de la población ligeramente inferior a 1% de los ciudadanos del mundo detenta aproximadamente 44% de la riqueza mundial y por otro lado, hay 70% de la población que solo posee 3% de la riqueza. En los países más avanzados –en particular EU y Europa-­‐  se ha registrado, en los últimos veinte años, una inversión radical de tendencia respecto a las políticas que dominaron entre 1946 y 1980. Bajo el signo de políticas keynesianas y de orientación socialdemócrata, por más de tres décadas, ocurrió una reducción progresiva de las desigualdades y un aumento continuo de la retribución real del trabajo. Paralelamente, estas economías experimentaron un crecimiento sostenido, sustentado por inversiones e innovaciones, que favoreció un aumento de los estándares de vida para muchos y una intensa movilidad social.

A principios de los años 80, este sistema entró en crisis bajo la presión del capital financiero. De un modelo social basado en la redistribución de la riqueza entre los diferentes factores de producción, se pasó a un modelo dominado por la especulación financiera. Se rompió la relación virtuosa entre crecimiento económico y redistribución de las rentas, y en consecuencia se deterioró el crecimiento del consumo y la economía se estancó. La causa principal ha sido que el efecto correctivo de los sistemas fiscales es ahora sumamente limitado. Como se ha analizado en un estudio de Piketty y Seats de 2006, el papel redistributivo del Estado se ha atenuado notablemente en la era neoliberal. Los niveles de imposición fiscal para los más ricos, que equivalían a 90% en Francia, 70% en Estados Unidos y 50% en Inglaterra en los años 70, equivalen ahora a 35% en los países anglosajones y a 60% en Francia. Sin embargo, la presión fiscal ha aumentado para las clases medias. En México la situación es todavía peor.

Al mismo tiempo, muchos especialistas han puesto de relieve el resurgimiento de desigualdades horizontales, que van más allá de las disparidades de ingresos o riqueza y se refieren a diferencias o discriminaciones por grupos: entre hombres y mujeres, entre grupos étnicos y desnivel de oportunidades entre generaciones. Estas son las contradicciones que se han tornado explosivas, también porque en la aldea global de la comunicación lo que durante décadas se mantenía esencialmente oculto hoy día se exhibe y por lo tanto es conocido por todos, convirtiéndose así en un factor de revuelta social.

Ya hemos sufrido demasiados años la aplicación del dogma neoliberal, según el cual la reducción del gasto social y la renuncia a políticas fiscales de redistribución de la renta, mediante significativos impuestos sobre las rentas financieras, provocarían una mayor capacidad competitiva de la economía mundial. No ha sido así. La acumulación de los recursos financieros fue acompañada de una caída de las inversiones y del crecimiento que, contrariamente, se esperaba. Mientras parece evidente que una mayor inversión social a favor de la salud y de la educación y un sistema de protección más eficaz para los desempleados, para no abandonar a las personas en los momentos difíciles, desempeñan un papel fundamental para la formación y la mejora del capital humano y, por tanto, del principal factor competitivo, en una época en que la economía se basa cada vez más en los conocimientos y en las capacidades de los individuos. No puede haber una recuperación sólida sin una transformación profunda que vaya en esta dirección, corrigiendo los desequilibrios estructurales provocados por la globalización salvaje.

Diversas investigaciones muy serias han demostrado que la calidad de vida es directamente proporcional al nivel de igualdad, y que son las desigualdades las que hacen infelices a las sociedades. La desigualdad genera ansia, rencor, deshace los vínculos comunitarios y favorece la criminalidad, que puede convertirse, en países como México, en la única vía de promoción social y de fácil acceso a un ingreso. Además, es interesante observar cómo en los países donde existe mayor desigualdad social tiende a prevalecer en las clases dirigentes un mayor índice de egoísmo y de agresividad, hasta el punto de que estos países son a menudo los principales protagonistas de medidas de militarización y de conflictos. Por ello es que cambiar el paradigma neoliberal se ha convertido en el principal tema de las disputas políticas en todos los países, incluyendo Estados Unidos, en donde el partido demócrata está proponiendo el desmantelamiento de los principales pilares del neoliberalismo.

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