Conversación con Antonio Ortuño

Conversación con Antonio Ortuño
Fotos: Alejandro Ortega Neri

La Gualdra 259 / Literatura

“Vivir en México es apasionante, pero yo no se lo recomendaría a alguien como pasatiempo de fin de semana”

 

Al tercer timbrazo contestó. Eran las diez de la mañana y dijo que me esperaba en el lobby del hotel. Caminé nervioso al lugar. Veinte minutos demoré, quizá. Ahí estaba esperándome sentado, con la mirada atenta a unas hojas, tal vez leía un cuento escrito por un estudiante. “Dame cinco minutos viejo”, me dijo. Me senté a su lado y comencé a hojear su nuevo libro Agua corriente. Esa mañana iba a entrevistar a Antonio Ortuño.

La noche anterior Ortuño había dictado una conferencia maravillosa sobre la literatura de aventuras dentro del atinadísimo programa de Se buscan lectores que organiza la editorial Poética A.C. Con una lucidez impresionante hizo un recorrido histórico del género hasta desembocar en su obra. Al término me dio su teléfono, quedamos de vernos temprano, bueno no tanto por aquello de los mezcales, para platicar sobre literatura y sus libros.

Cuando terminó de leer se quitó los lentes y nos movimos de lugar. Portaba una cachucha con el logo de Misfits, una chamarra de piel negra por la que asomaba una playera con el logo de The Clash y calzaba unos zapatos Dr. Martens clásicos con cordones amarillos. ¿Alguna duda del género de musical que le gusta?

El escritor argentino Rodrigo Fresán escribía en su novela La parte inventada que a un escritor siempre se le pregunta ¿cómo se le ocurren las cosas que escribe? Pero pocas veces se le cuestiona más bien ¿cómo se le ocurrió la idea de ser escritor? Así que atendiendo a ese ejercicio es la primera pregunta que le hice a Ortuño ahora repantigados en un sillón multicolor.

 

Hubiera querido ser el centro de las Chivas del Guadalajara

Las ambiciones del Ortuño adolescente poco tuvieron que ver necesariamente con la escritura. Él hubiera querido ser el centro delantero de las Chivas del Guadalajara, tocar la batería o hacer cine; sin embargo, contó, la escritura fue la actividad en la que permanentemente estuvo involucrado: “Quería aprender futbol pero era muy malo en la cancha, a lo único que le atinaba era a las piernas de los rivales, pero me ponía a escribir textos sobre futbol […] quería tocar música pero durante mucho tiempo no tuve dinero para comprar una batería que era lo que me gustaba, entonces escribía sobre música, datos de grupos, ahora entiendo, pequeños ensayos sin público definido, y lo mismo con el cine”.

Ortuño persistió en el cine, intentó escribir guiones, historias; sin embargo, consideró que la actividad tenía un doble problema: por un lado, se requiere una cantidad enorme de dinero para llevarse a cabo, y por el otro lado, se dio cuenta que era una actividad creativa pero por definición colectiva, en la que todo mundo está a expensas de todo mundo, mientras que en la literatura “Tú escribes lo que te pega la gana y si eso convence a un editor estás del otro lado”.

Ortuño tuvo su paso también por el periodismo, ahí, entre los tecleos de la redacción y las pláticas con los avezados en el oficio, se dio cuenta que lo que había hecho durante todos sus años era leer y escribir, y que en el fondo, la actividad para la que había estado preparándose era la literatura.

“Había una biblioteca muy grande en la casa de mi familia. Mis padres estaban separados y tenían su propia biblioteca, mis abuelos también. Mi tía, que vivía aparte, tenía también su biblioteca, muchos de esos libros yo los terminé heredando, además me volví un lector compulsivo y comprador de libros compulsivo, y durante mucho tiempo en la adolescencia ladrón de libros”, recuerda sonriendo.

Así pues Ortuño tuvo todo para comenzar a escribir muy joven, me contó que en la adolescencia comenzó con los cuentos y algunos proyectos de novela, “La verdad ya llevaba muchas horas de vuelo, aporreando una máquina de escribir que tenía en casa”. El periodismo, en el cual trabajó más de un decenio, sólo le confirmó la pasión de aporrear teclas, aparte del aprendizaje que ahí adquirió en la chamba diaria y en el trato con los profesionales, sin embargo, su mirada estaba dirigida hacia la escritura literaria, a la ficción.

 

Ibargüengoitia tuvo la culpa

En la conferencia que había dictado la noche anterior, Ortuño recitó un sinfín de escritores que a lo largo de su vida le habían marcado, autores que poblaban los libreros de sus abuelos, padres y tíos; pero yo quería saber quiénes habían sido los culpables de que Antonio decidiera ser escritor.

Una ocasión en la FIL de Guadalajara le escuché hablar con cierta devoción de Jorge Ibargüengoitia; incluso, recuerdo, leyó un texto anecdotario aquella vez con un humor muy similar al del guanajuatense:

“Ha habido diferentes autores a lo largo del tiempo que han llegado a mí como lector, que han marcado mi manera de entender la escritura de creación, mi visión sobre el mundo, que creo es lo mejor que te puede pasar, que comiences a pensar cosas que no hubieras pensado si no hubieras leído. Ibargüengoitia tiene una importancia fundamental para mí porque lo descubrí temprano en la adolescencia. Me crie leyendo literatura española por mis padres y abuelos, de alguna manera ése fue el universo de mi vocación literaria primero, en la que estuve parado, y el descubrimiento de Ibargüengoitia fue una revelación en muchos sentidos al darme cuenta de que existía la literatura mexicana, de que el lenguaje que escuchaba en la calle, el que yo hablaba, el que hablaban mis amigos, el que escuchaba en la escuela, también era literatura. Y además la perspectiva, la ironía, la agudeza de Ibargüengoitia, su mirada siempre concentrada en estos universos pequeños, en estos llanos de provincia, me abrieron unas puertas hacia otro tipo de literatura a la que yo había leído hacia ese momento”.

Ibargüengoitia tuvo la culpa de que Ortuño dejara la literatura fantástica y de terror; a los 15 años pudo conocer otros autores de distintas geografías, entró a la literatura latinoamericana en la que conoció a una serie de autores de suma importancia para él, de los cuales destaca a Jorge Luis Borges, de quien presume que a estas alturas posiblemente haya leído la obra completa, además de releerlo constantemente.

Pero también aparecen nombres de otros grandes en su lista, autores de diversas épocas y lugares disímiles que dieron forma a las ideas narrativas del nacido en Zapopan. A Borges e Ibargüengoitia se suman Patricia Highsmith e Ingrid Noll, dos de sus autoras de cabecera de quienes admira ciertos usos de la novela criminal. Pero también aparecen autores como Philip Roth, Martin Amis, Mijail Bulgákov, J.D Salinger y, más recientemente, el argentino Rodolfo Enrique Fogwill.

 

Me gustan los personajes que son pícaros

Quienes no hayan leído la obra de Antonio Ortuño se están perdiendo de una de las mejores plumas de la narrativa mexicana contemporánea. Pertenece a esa generación de los escritores nacidos en los 70 a la que el escritor poblano Jaime Mesa llamó “la generación inexistente” y que se caracteriza, en gran parte, por abordar los temas del acontecer social y político del México de la actualidad.

1Sus personajes pudieran parecer un tanto acobardados y perdedores, no obstante las contradicciones del género humano hacen de ellos a veces unos verdaderos héroes. En su primera novela El buscador de cabezas, Ortuño narra la historia de Álex Faber, un periodista con un pasado nazi enamorado de una fotógrafa punk y presa de una crisis de lealtad cuando un grupo fascista asciende al poder en el país. Esta novela, que este 2016 cumple ya diez años, fue elogiada por la crítica tanto que el periódico Reforma la eligió como el mejor debut del año. En Recursos humanos se narra la vida de Gabriel Lynch, empleado miserable de una empresa que decide rebelarse contra Constantino, su jefe, quien no solamente le ganó el puesto sino también a la mujer. Recursos humanos fue finalista del Premio Herralde de novela en el año 2007. En Ánima, su tercera novela, cuenta la historia del Gato Vera, un simple utilero en el mundo del celuloide que deviene en autor de culto. En La fila india Ortuño recoge el tema de los migrantes centroamericanos y el infierno que significa pasar por México. Irma, “la Negra” es el personaje principal de esta novela que apunta hacia los problemas sociales del país. Y en Méjico, Ortuño cuenta una historia transoceánica, la migración de los españoles exiliados por la guerra civil y su llegada a México. Oscar es el personaje de la historia, un personaje típico de las novelas de Ortuño que se mueve entre la cobardía y lo canallesco.

“Me gustan los personajes que son pícaros”, me comenta Ortuño. Según dice, son personajes que le convienen a su narración, ésa que intenta que no se convierta a una lección moral, porque si el narrador fuera moralmente perfecto las historias parecerían una lección de ética. Por ende, lo que trata Antonio es que sus personajes se acepten como son, que sepan que están llenos de defectos y que su mirada del mundo y de sí mismos esté cargada de ironía; este rasgo, señala, cambia mucho la perspectiva de los textos, ofrece más posibilidades de diálogo para el lector.

“Yo me he sentido más identificado con las debilidades de los personajes a lo largo del tiempo, de ahí que mi idea es que los lectores se sientan cercanos a mis personajes que tienen abiertas esas llagas que los hacen débiles y no perfectibles”, comenta.

 

Vivir en México es sobrevivir

Esos personajes débiles y no perfectibles, pícaros llenos de defectos, características de muchos personajes de la novela de aventuras, son los que sitúa Ortuño en un país como México. Finalmente le pregunto que si él cree que es un aventura vivir en este país, a lo que responde…

“México tiene esa feliz, y triste a la vez, posibilidad de que no sabes en dónde estás parado y que te puede pasar cualquier cosa; incluso en las élites más enrarecidas también suceden atrocidades. Hay una cantidad de problemas terribles pero eso también le da una vitalidad enorme. Es una aventura sobrevivir, vivir en México es sobrevivir, es apasionante en cierta medida pero yo no se lo recomendaría a la gente como pasatiempo de fin de semana”, contesta riendo.

Apago la grabadora y le agradezco por la oportunidad de la charla. Faltan escasos cinco minutos para las 11 de la mañana y Antonio tiene que estar en la Ciudadela del Arte para clausurar su taller. Nos levantamos del sillón multicolor y salimos del hotel rumbo al histórico inmueble. Me percato de que cojea de un pie, me cuenta que las escalinatas de donde se hospeda le jugaron una mala pasada, sólo atino a pensar que una ciudad ubicada entre dos cerros ha de ser odiosa para alguien que tiene lastimado un pie.

En el transcurso a través de la calle Fernando Villalpando continuamos platicando sobre literatura mexicana, sobre todo de los de su generación: destaca lo que hace Daniel Espartaco Sánchez, Nicolás Cabral, Yuri Herrera, Martín Solares y David Miklos, y menciona dos nombres nuevos que hay que seguir: Fernanda Melchor y Daniel Saldaña París. A los de la generación de los sesenta “Ya no los leo”, dice.

Llegamos al inmueble y afuera lo esperan sus alumnos. Hace falta mucho tiempo para platicar con tipos como Ortuño, me quedan pendientes temas como su incursión en la novela juvenil con El rastro y la literatura infantil con Dientes; además recién salido de la imprenta llega Agua corriente, una maravillosa selección personal de sus cuentos que crea adicción además de carcajadas. En ese momento saco mi ejemplar y me lo firma. Finalmente recuerdo que traigo una cámara y le retrato ahí recargado sobre la cantera con su gorra de Misfits, su playera de The Clash y sus Dr. Martens con cordones amarillos.

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra-259

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