Ojalá

Ojalá
Rodrigo Moya. Imagen de la exposición "La muerte de Francisco Goitia", actualmente en exhibición en la Fototeca Zacatecas.

La Gualdra 258 / Río de palabras

Ojalá vengas

ojalá te vayas

ojalá llueva

ojalá me extrañes.

Mario Benedetti

 

He quemado todos mis golpes de casualidad, así como los mercenarios queman sus cartuchos. Derroté las fortalezas de la estadística matemática. Rogaba verte más de lo permitido y lo conseguí, gracias a mi terquedad. Fui al súper a comprar costillas para asar y un six de Coronitas y estabas en la fila de la caja cuatro esperando pagar. Relajada y paciente. Yo, espiando detrás de una columna de cajas de cereal. De seguro venías del trabajo. No te podías ver más bella que con ese vestidito de vuelo amarillo. El maquillaje discreto y lo mejor, la manera en la que más disfrutaba ver tu cabello: en una trenza que te llegaba casi a la cintura. Te vi desaparecer detrás de la puerta automática para irte a perder en el estacionamiento. Yo me quedé como un idiota con mi paquete de costillas y el six de Coronitas.

Eso fue el martes, pero el miércoles la sorpresa fue igual o mejor. Me fui de curioso al parque donde sueles correr, a la hora en que sueles hacerlo y ahí te veo. Delgada y despreocupada. No sé si por alguna dieta o el ejercicio te han hecho perder pero. Eso no importa para quien como tú, no puede tener inmejorables piernas. Sólidas, atléticas y adivino que suaves al tacto. Como si fueran de un cremoso marfil africano. Tu cintura delgadita que pienso que puedo abarcar con ambas manos. Tus ojos de gacela asustada. Tu cuello largo. Las manos de dedos largos y delgados. Me senté en una banca a verte trotar por los andadores esquivando a los señores que pasean con sus perros, a las señoras con carriolas y bolsas de mandado.

El jueves fui al cine Encanto. Te vi enfrente de los carteles de las películas. Tú y tu buen gusto estaban tratando de deliberar a qué sala entrar. Ahí sí el terror hizo presa de mí. Casi tenía por cierto que irías acompañada por alguno de los gañanes que te cortejan. Apreté los puños de puritita impotencia. Gruesas gotas de sudor resbalaron de mi frente. Una dolorosa punzada en la boca del estómago contorsionó todo mi cuerpo. Palidecí en serio. Todo el terror se neutralizó cuando te vi pasar cargando refresco y palomitas en compañía de la mujer más desafiante y terrible: tú mamá con andares paquidérmicos.

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra-258

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