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Notas al margen Los imbéciles de buena voluntad

Notas al margen  Los imbéciles de buena voluntad
Cesare Pavese

La Gualdra 258 / Notas al margen

“¿Qué puedo hacer en este remolino/ de imbéciles de buena voluntad?/ ¿Qué puedo con inteligentes podridos/ y con dulces niñas que no quieren hombre sino poesía? / […] ¿Qué putas puedo hacer, Tarumba…”.

En mi adolescencia leía a Jaime Sabines con entusiasmo. Todavía hoy, de pronto me descubro usando algún verso de los suyos en algún momento. El verso surge como un recuerdo que vuelve para ayudarme a decir lo que quiero decir. El mejor ejemplo es el que cité al principio. Reiteradamente, como una muletilla o como un anatema, mis labios escupen lo de “qué puedo hacer en este remolino de imbéciles de buena voluntad”. Y es que pululan. El mundo pareciera ser una fábrica de idiotas que enarbolan la bandera del optimismo con orgullo. Estos inteligentes podridos se pasan la vida persiguiendo un ideal de felicidad que creen todos deberíamos compartir. El imbécil de buena voluntad es el que además de ser imbécil tiene buenos sentimientos, pero éstos son artificiales; una sonrisa de cajón, una alegría políticamente correcta, un deseo de ayudar al otro que no es más que un deseo de salvarse a sí mismo.

Como siempre, es en las redes sociales donde con mayor facilidad podemos encontrar especímenes de este tipo. Las frasecitas consoladoras que se disfrazan de buenos deseos: “No importa cuántas veces te tropieces, sino cuántas te levantes”, “El día te da muchos motivos para ser feliz, no busques una excusa para hacerlo gris (nótese la rima fácil)”, “El realismo es para pesimistas, el optimista crea su propia realidad”, y podríamos seguirnos así por páginas enteras, pero no es mi intención hacer una antología de cursilerías baratas si no una crítica a los Felices Infelices, ésos que esperan del mundo mariposas y corazones, pero reciben patadas y puñetazos.

El problema no es la actitud ante la vida, sino que, al igual que los fanáticos religiosos, los optimistas esperan que todo el mundo comparta su expresión ridícula ante el mundo. Esos “dulces niños que prefieren la poesía” no pueden tolerar que alguien se sienta mal o esté molesto. Para ellos es un error sentirse triste, encabronarse o simplemente amanecer con ganas de no sacar la cabeza de las sábanas. La vida, para ellos, debe ser un camino lleno de oportunidades, con una única meta: morir dejando un pasado lleno de éxitos inútiles. Para el imbécil de buena voluntad sólo existe una dirección vital: nacer, crecer, estudiar, tener una carrera universitaria, conseguir un buen trabajo, trabajar duro para comprar una casa, procrear nuevos imbéciles, darles “lo mejor”, una herencia, estudios, buena educación, buenos juguetes, buenos modales, y morir rodeado de nietos que saltarán sobre tu tumba; ah, y entre todo eso: hacer el bien a tu prójimo, o lo que es lo mismo: invitarlos a seguir tu hipócrita y unidireccional forma de pensar el mundo.

Para los Felices Infelices la vida es una receta pre-hecha, si no la sigues al pie de la letra vas en el sentido equivocado y necesitas un consejo. Claro, no está mal equivocarse, es de humanos errar, por eso siempre habrá un imbécil de buena voluntad que se acercará a ti para invitarte a seguir el buen camino, ya sea volviéndote cristiano, vegetariano, voluntario, alcohólico anónimo; ofreciéndote un empleo de verdad, una beca para una carrera universitaria o simplemente un catálogo de Avón. No importa qué, el optimista bonachón necesita ofrecerte una solución, darte una forma de vida que se acerque más a la que él eligió. No está mal no tener un auto, una casa en los suburbios o unas vacaciones en Europa, lo que está mal es no desearlo. Y eso un imbécil de buena voluntad no lo perdona.

Alguien que no conozco comentó, al respecto de mi nota sobre los poetas, que yo escribía como si estuviera enojado, y agregó: “¿Qué le hicieron para que estuviera tan decepcionado?”. Gregorovius, un personaje de Rayuela, dice: “…de los buenos sentimientos nace la mala literatura”, y no hay mejor frase para contestar este comentario. ¿Por qué ahora los imbéciles de buena voluntad quieren venir a echar a perder nuestra literatura con sus buenos sentimientos? Si ya echaron a perder la vida no hagan lo mismo con los libros.

La verdadera literatura, lejos de la basura que venden en los centros comerciales y que compran los optimistas bonachones, no está hecha con buenos deseos y sonrisas insulsas; al contrario, la verdadera literatura responde a una fractura, a un fracaso, al crack de lo inexpresable, de lo que es imposible decir con un: “todo va a estar bien, la vida está llena de alegría”. De ser así la literatura no existiría, porque ella no busca respuestas fáciles y bienaventuradas; la novela, el poema, el relato, el ensayo responden a la inquietud anímica, a la finitud de la felicidad, a la muerte, al desasosiego, a los remolinos y a los qué putas puedo hacer. Mientras la vida busca respuestas, la literatura halla preguntas.

No estamos acostumbrados a que la gente nos hable sin la máscara de las buenas intenciones, pero los libros, los textos, la poesía debe aludirnos de esa manera, como un golpe directo que no nos deja voltear la cara. Pienso en un fragmento del diario de Pavese, quien se suicidó en 1950: “El autodestructor está en definitiva más seguro de sí mismo que todos los vencedores del pasado; sabe que el hilo del apego al mañana, a lo posible, […] es un cable más fuerte –cuando se trata del último estirón- que no sé qué fe o integridad. […] El autodestructor es sobre todo un comediante [que aprende] que el único modo de salvarse del abismo es mirarlo y medirlo y sondarlo y bajar a él”.

No leemos a Pavese buscando sentirnos mejor por lo miserable que pudo ser su vida. Lo leemos porque en él encontramos una literatura sin máscaras y sin buenos deseos. Una literatura que se desnuda y nos muestras las cicatrices que la hicieron lo que es y no otra cosa. Lo mismo pasa con las personas (a veces tan parecidas a los libros). Amamos de verdad a quienes nos muestran sus heridas y sus odios, más que a quienes nos mienten con sonrisas y falso amor propio. Hay que “guardarse de quien nunca está irritado”, porque son éstos los que guardan el odio como si acunaran una fortuna que terminará matándolos por dentro.

Le agradezco a Sabines el verso que le heredó a mi almanaque de frases vitales. También debería agradecerle aquel otro de Los amorosos, algo de los que andan locos, sin dios y sin diablo. Pues quizás el primer logro de la poesía es mostrarnos que la felicidad es algo más parecido al silencio que al bullicio.

Porque para ser feliz, hace falta no saberlo.

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra-258

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