El efecto acuático

El efecto acuático

La Gualdra 258 / Desayuno en Tiffanyʼs, mon ku / Cine

El título de la película póstuma de Sólveig Anspach –fallecida en 2015 por cáncer– sugiere una inmersión en uno de los elementos de las cosmogonías tradicionales de Occidente que, junto con el fuego, la tierra y el aire, ha alimentado desde siempre las filosofías y los ritos de todas las religiones. El agua, con su esencia demiúrgica y sus caracteres femeninos y fecundantes, constituye efectivamente el componente fundamental de esta cinta que fue presentada en la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes 2016.

Aunque las propiedades simbólicas del agua están muy presentes en El efecto acuático, cabe subrayar que el espacio en el que se desarrolla la acción en la primera parte de la cinta no es precisamente de lo más mítico. La piscina Maurice Thorez de Montreuil –una localidad ubicada en las afueras de París– es el marco en el que Samir, un treintañero caracterizado por su timidez enfermiza, va a tratar de conquistar a Agathe, una atractiva monitora de natación que desconfía de los hombres y que remite al modelo de la garçonne, haciéndose pasar por un principiante que no sabe nadar. El interés de la cinta estriba entonces en la capacidad para compaginar la dimensión mágica inherente al agua con el ambiente proletario de Montreuil, lo que da pie, además, a una alegre sátira de la administración a través de la figura traviesa y ridícula del director de la piscina que transgrede sus derechos y utiliza la piscina para satisfacer sus fines personales.

Como es de esperar, el agua será el elemento clave del juego de seducción emprendido por Samir y reducirá al máximo los diálogos. Merecen señalarse los planos en los cuales ambos protagonistas se ven primero de perfil en el agua, volviendo una y otra vez a la superficie para respirar, antes de ser filmados mediante un clásico plano/contraplano, lo que permite ver la evolución de un proceso amoroso que resulta entrañable por su sutileza y sus matices. El deseo experimentado por Samir no se expresa mediante una erotización del cuerpo de Agathe sino a través de su mirada atenta a los pequeños detalles, como cuando se percata de que ella tiene que ponerse de puntillas para poder sostener su cuerpo alto y macizo por encima de línea de flotación.

El segundo marco espacial al que se traslada la acción –Islandia, tierra natal de la cineasta donde tiene lugar un congreso de monitores de natación– resulta idóneo para profundizar los aspectos anteriormente señalados. Ahí en el país de los glaciares se complementa el proceso amoroso en las fuentes termales que permiten que cada personaje venza sus miedos y complete su aprendizaje del otro.

Se ha podido aludir al “efecto amniótico” de la cinta, no sólo por los vínculos que se establecen en ella entre el agua, la memoria, el amor y la vida, sino también por el placer que puede experimentar el espectador al verla hasta el punto de no querer salir de ella.

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