Buey

Buey

m. zool. Nombre que designa al macho adulto
y castrado de la especie Bos taurus, empleado
como animal de tiro y para las labores del campo…
Diccionario Enciclopédico Vol 1. © 2009 Larousse Editorial, S.L.

 

En la lejana infancia aprendí de innata forma y mejor talante, sin asombro, ni carga moral de cualquier naturaleza y en un contexto evolutivo medianamente razonable, el vocablAo buey. Parecía divertido soltar el socarrón e irreverente soplo de cuatro letras: dos vocales y dos consonantes, aunque fonéticamente se pronuncie como si fueran tres vocales. Recuerdo, por algún extraño capricho de las tiránicas resonancias de la memoria, cómo aprendí varios improperios propios de las clases más deterioradas de la sociedad de la época. Siempre pareció exagerado que casi toda la gente se escamaba en diferentes niveles, pero nadie quedaba indiferente a su fuerza evocativa en la conducta reactiva de las masas que conformaban la población de la ciudad de mis primeros pasos. Buey se utilizaba para llamar a quienes eran incapaces para expresarse correctamente o manifestar una o dos frases afortunadas aportando alguna coherencia o signos de inteligencia; para resolver o solucionar cualquier problema de cualquier índole que se le presentara, o cuando lo hacía de maneras inimaginablemente desastrosas; por no aprender gramática, aritmética, geometría o cualquier materia y obtener un reconocimiento aunque fuera mínimo y a todos aquellos que tenían la inagotable habilidad para ser inoportunos, estorbosos o sencillamente inútiles. A tales seres, se les atribuía el equivalente a la idiotez extrema y se les relacionaba con la baba que escurre a algunas personas con limitaciones conductuales o intelectuales; de ahí, supongo, la analogía entre los mencionados seres de la naturaleza doméstica y aquellos cuyas facultades eran evidentemente limitadas. Puede decirse que era una forma cariñosa de llamar a quien podría identificarse como un pendejo. Pero este término es harina de otro costal.

Se llamaba buey a quien de alguna manera se le profesaba cierta ternura, pero de estatura moral más baja de quien se diera a la tarea de colgarle el sambenito. No podía endilgársele a personas mayores o a figuras de autoridad, en especial a los padres y a los hermanos mayores del declarante. También, era el proyectil inicial de un sistema de defensa territorial que a la larga, por regla general, terminaba en zafarrancho y si se sobrevivía al mismo sin odio acumulado, constituía el inicio de una buena y duradera amistad con el contrincante en turno. Por otra parte, si algún bravucón le traía ganas a otro o a alguna indefensa víctima, con solamente hacer alusión al vocablo en cualquier trayectoria, se organizaban muchas acciones de brutalidad desmedida que en la mayoría de las ocasiones culminaban en tragedia o en daños irreversibles de todo tipo.

Esta infortunada criatura (el buey) domesticada para ayudar al humano en algunas tareas pesadas, es desde tiempos inmemoriales el compañero del hombre de campo en las que presta inestimable ayuda como bestia de trabajo en tareas como carga, el ciclo agrícola y tracción, entre muchas otras. El calificativo viene a colación porque desde muy joven es castrado alejándolo de toda posibilidad de agenciarse algún retoce erótico con el género opuesto y luego destinado a cumplir con las ingratas tareas descritas, con horarios de trabajo prolongados y agotadores. Eran bestias destinadas al sacrificio de cultos y para alimentación o tiro al blanco. En ocasiones se les permitía algún privilegio adicional, pero, estos privilegios eran insuficientes para compensar la explotación y privaciones forzadas.

Después de la descripción anterior uno se pregunta si no se habrán formado algunas asociaciones o analogías autodegradantes en el inconsciente colectivo de los que viven dentro de las fronteras de la mexicanidad. Salta a la vista que el no tan inocente burbujeo fonético lleva oculto un mensaje deshonroso y de algún modo quien lo emite, expresa asimismo una autoafirmación de superioridad sobre aquel a quien es dirigido. De ahí la característica peyorativa del término.

Durante la primera mitad de la década de los setentas comenzó un movimiento de desplazamiento de la juventud norteña hacia las universidades del centro y sur de la República, buscando una instrucción universitaria o equivalente. El lenguaje cotidiano de estos invasores norteños, incluía el llamar indiscriminadamente a cualquiera con el vocablo bajo análisis. Para finales de los ochenta su uso se había generalizado desde los estratos de trabajo más populares como el de la construcción y el abasto o lugares donde es común la concentración de la gente común, hasta los lugares más exclusivos de la “gente bonita”, como los cafés de moda, los salones de belleza, los antros popoff y lo más electrizante: su abordaje arrollador a los usos y costumbres de los centros de estudio, desde las muy humildes escuelas primarias rurales hasta las concentraciones más exclusivas de los “hijos de papi” como la ilustrísima Ibero y el pomadoso Tec de Monterrey, por citar los más representativos. Bueno, hasta en ambas Cámaras se dejan oír referencias usando el vocablo alegóricamente. De pronto, la “bueyez” tomó por asalto todos ámbitos de la vida nacional. Todo mundo se transformo en buey, güey, wey, uei o alguna forma fonéticamente compatible para dirigir indiscriminadamente el vocablo a toda manifestación de vida humana en movimiento. Lo único que hace diferencia es el tono con que se emita, pues no corresponden los registros de audio entre un maestro albañil de media cuchara y el de una estudiante de psicología en la Universidad de las Américas, por citar alguna odiosa comparación. Para bien o para mal de la existencia humana mexicana, aún hay clases, independientemente de los parámetros que nos permitan asegurar cual está en mejores condiciones que la otra.

Antes, para corroborar la hipótesis se gritaba sorpresivamente en espacios donde había concentrado un buen número de personas, preferentemente del sexo masculino, y al exclamar: “¡Oye, buey!”, todos volteaban. No había pierde.

Hoy todo mundo se identifica como “Buey”. Buey de Algo o Buey del Otro. En el contexto de la alegoría nacional “Todos Somos Güeyes”. ■

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