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Los mercenarios de Bukowski

Los mercenarios de Bukowski

En menos de diez minutos he visto en la pantalla de mi computadora varios estados de Facebook donde citan versos (¿se les puede llamar así?) o frases memorables del escritor norteamericano Charles Bukowski. Lo anterior me lleva a varias conclusiones. La primera de ellas es que nuestro imaginario colectivo poético nacional se está agotando: ya no citamos a Salvador Novo, Octavio Paz, Amado Nervo, o de perdis la tan cacareada “Suave Patria” de nuestro poeta más patriota Ramón López Velarde. Ya no. Los poetas mexicanos han pasado de moda frente a las malas traducciones de poetas europeos o norteamericanos y nos negamos como buenos mexicanos frente a una literatura nacional destacada, porque siempre es mejor citar un poeta o narrador europeo, que citar a cualquier pelado hijo de barrio y nieto de cualquier dueño de pulquería mexicana, aunque del primero en realidad no se entienda gran cosa, pues no es lo mismo descontextualizar un poema, un cuento, el capítulo de una novela europeos o norteamericanos para utilizarlo para los fines que nos convengan, que leer la obra completa.

Por lo regular, las páginas que uno encuentra en Internet de autores como Bukowski son malas no sólo en su diseño (caritas del autor, fotografías mal digitalizadas, etc.) sino en sus traducciones. Hoy por hoy las traducciones literarias que se realizan son arbitrarias, se entiende lo que se quiere, se habla de lo que no existe, los traductores son egresados de cualquier escuelita de quinta de inglés, de italiano o de francés, se fusilan otras traducciones y cambian una que otra palabrita, no se toman ni siquiera la molestia de consultar diccionarios, porque todo se encuentra en Internet, y nadie se atreve a juzgar una labor tan ardua como lo es la traducción, frente a la cual tenemos una muy buena tradición que comenzó en la década de los sesenta.

Quienes citan a Bukowski hoy en día son los mismos que hace algunos años citaban “Los amorosos” de Jaime Sabines o “Veinte poemas de amor” de Pablo Neruda, por lo que no podemos confiar de sus publicaciones y menos de sus apreciaciones poéticas, pues lo mismo toman el fragmento de una canción de Chava Flores que un verso de Pushkin. Era más divertido, y hasta creativo, cuando los mismos publicaban sentencias luminosas y psicomágicas de Alejandro Jodorowsky, porque al menos se fomentaba un espíritu crítico, se le cuestionaba o insultaba, algo que no ocurre con Bukowski, a quien toman como una deidad.

Llaman la atención las mujeres que citan a Bukowski, y no porque tengan una apreciación como lectoras distinta a la de los hombres, que no se trata de géneros, sino porque las mujeres dan por hecho retorcidos versos donde se les trata como puta, luminosa pero puta, maestra pero puta, alta señora pero puta, en el menor de los casos, o como un objeto ornamental que en mucho se parecen a la licuadora, la lavadora o el refrigerador de muchos de los cuentos de Rosario Castellanos. Lo anterior, insisto, es resultado de un mal poeta como lo es Bukowski, pero también de malos traductores, aquellos que no se esforzaron en encontrar sinónimos para “putas”, “rameras” o “malas mujeres”.

Las imágenes de Bukowski siempre son las mismas. O bien nos presentan aquella donde aparece con una enorme carcajada en el rostro, como diablo de un infierno tan pequeño (todo infierno de alcohólico es pequeño) como el suyo, o bien nos presentan aquella donde enseña la panza, con una playera que encogió de tantas lavadas, como imagen de anuncio de cualquiera de nuestras honrosas pulquerías.

La ingenuidad de muchos los lleva a sentirse identificados con el estilo de vida del poeta norteamericano incluso sin haberlo leído. Abundan en Facebook y en cantinas poetas de muy poca monta que lo presumen como se presume los días 28 de cada mes a San Judas Tadeo, justifican así sus adicciones, su existencia. Luego resulta que son aburridos y ñoños, que a la hora de la borrachera se ponen a llorar porque aún no les publican, o porque no los volvieron a aceptar para la beca del Fonca, siempre queda la opción de las adicciones como evasión, y para fortuna nuestra eso nos es suficiente para librarnos de los mercenarios de Bukowski, que si bien no trabajan por dinero, sí lo hacen para automarginarse y desde ahí compararse con cualquier autor tiernamente maldito. ■

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