De la homofobia al amor al prójimo

De la homofobia al amor al prójimo

“No soy homófobo, pero…”, “no soy homófobo, incluso tengo amigos gay, pero…” son las palabras con las que se justifican de antemano quienes no entienden que ese “pero” que pone la diferencia entre heterosexuales y homosexuales es confesión de eso que niegan ser.

Por su número, por su importancia y cercanía, a esta sociedad hipócrita no le ha quedado más remedio que aceptar a regañadientes a quienes tienen una orientación sexual distinta a la heterosexualidad, pero se ha preocupado por consignarla a ciertos espacios donde su perfil “ha resultado adecuado”.

Las personas gay pueden ser los reyes del estilismo, diseñadores de moda, encargarse de la planeación de una boda, o tener un bar que atienda a su comunidad. Sin embargo, no son “el tipo de personas” que queremos como maestros de nuestros hijos, policías responsables de nuestra seguridad, o gobernantes.

Los homosexuales pueden ser el vecino simpático que divierte a todo el barrio con sus dramas amorosos y sus excentricidades andariegas, el amigo confidente de las damas, o el compañero de clase que hace de su orientación el mejor chiste como medida precautoria para evitar el bullying o la discriminación, pero no nos causa la misma gracia cuando se trata de nuestros hijos, sobrinos, o hermanos, (o hijas, sobrinas o hermanas).

Con motivo de los avances en los derechos civiles de las personas homosexuales, inexcusablemente robados por las ideas morales y religiosas de una parte de la población, una andanada de odio se ha dejado sentir en la sociedad mexicana.

Esos que profesan amor y comprensión para los narcotraficantes que pagan sus capillas, los corruptos que los invitan a sus banquetes, o los pederastas que violan a sus feligreses, son los mismos que con ferocidad atacan a quienes defienden el derecho de los homosexuales, bisexuales, transgénero y transexuales de ser tratados como cualquiera.

Los argumentos de la cúpula de la iglesia católica contra los derechos igualitarios, no son distintos a los de la sociedad en general, también se basan en el “sí, pero…”. Dicen querer y aceptar a los homosexuales siempre y cuando “no ejerzan” y vivan lamentándose de ser quienes son.

Es la aceptación del homosexual siempre y cuando se asuma como una persona desviada y enferma, que no aspire a tener “una vida normal” puesto que amar a alguien del mismo sexo “no es normal” de acuerdo al libro que ellos asumen como sagrado.

Argumentan, con base en ello, que la lucha por el matrimonio igualitario es un ataque contra la familia, aunque más bien de lo que se trata es de formar más familias.

No comprenden que nadie plantea que la unión entre heterosexuales tenga qué desaparecer, o que el modelo de familia tradicional que se ve en los espectaculares de empresas inmobiliarias ya no tengan razón de ser, sino al contrario, se trata de buscar la protección de los derechos de otras personas que también se aman.

Esto parece asunto menor cuando se trata de la adopción homoparental, pues asumen que las parejas homosexuales pasarán por delante de las heterosexuales en las largas listas de espera para poder adoptar hijos.

Ignoran que ni siquiera es requisito estar casado para poder adoptar, y que si una pareja del mismo sexo busca esta opción, tendrá que hacer un tortuoso proceso como cualquiera en el que se determinará si tienen las condiciones necesarias para dar amor a un menor o no.

Desconocen que con la autorización para que las personas del mismo sexo puedan unirse en matrimonio (sí, matrimonio, más allá de lo que la etimología de la palabra diga) lo que se busca realmente es poner en igualdad de circunstancias civiles con quienes sostienen relaciones heterosexuales.

Esto es: acceder a los derechos conyugales que permiten a las parejas estar cerca del ser querido si alguno de ellos está en la cárcel o internado en un hospital, recibir información sobre la salud de la pareja en caso de accidente, poder tener créditos compartidos en las instituciones de acceso a la vivienda como el Infonavit, recibir pensiones, afiliarse al seguro social, heredar, etcétera.

¿Qué destrucción de la familia se causa con esto? ¿A quién se hace daño con permitirle a una persona que paga impuestos recibir las mismas prestaciones y derechos que cualquier otro?

¿Qué daño se hace con luchar por lo contrario? Bastante. Por principio pretender que las reglas morales y religiosas deben convertirse en ley en un Estado laico es ya un atentado contra la libertad de cualquiera que difiera con las mismas.

Pero peor que eso, la homofobia -sí, homofobia, porque no hay otra palabra para definir la actitud que pretende dar derechos heterosexuales y negárselos a homosexuales- esa sí es un atentado contra el tejido social. Crea un clima de linchamiento, de odio y de reprobación a una orientación sexual que no implica ni afecta más que a quien la posee.

Nada puede estar más lejos que eso del mandato de amar al prójimo. ■

 

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