Los derechos fundamentales (3)

Los derechos fundamentales (3)

El Derecho a la Libre Empresa.

Existe en la legislación mexicana una aberración semántica existencial llamada el “derecho al trabajo”, con la innoble y oculta intención de animar a los candidatos a empleados a aspirar a una esclavitud digna. Los aspirantes a empresarios siempre estarán bajo el yugo del gran capital y siempre reventarán por su bajo acceso a los niveles de caudal y tarde que temprano serán víctimas del fenómeno del dumping. Dadas las prácticas criminales con que los dueños de la riqueza en todo el mundo plantean y deciden las circunstancias en las que se debe de dar la competitividad en el mercado, resulta menos que imposible que cualquier bien intencionado hijo de vecina pueda aspirar a desarrollar una empresa, por pequeña que sea, sin ser sujeto de escrutinio y mala entraña por parte de los nefastos cómplices y lacayos de los ricachones, representantes de la oficialidad, dígase Hacienda, Salud, Comercio, Fiscalización y otras pestes derivadas del sistema; así como aquellos que proporcionan servicios como la energía eléctrica y fósil, además del agua, lo mismo que los supuestos benefactores de las clases populares como el seguro social, el fondo de vivienda y el sistema de ahorro para el retiro; auténticos nidos de ratas, depredadores de los pequeños empresarios, quienes con su sostenido esfuerzo mantienen al país, que a su vez, entrega sus riquezas a genuinos parásitos del mismo, como son los grandes empresarios nacionales y extranjeros; libres de impuestos, vía las justificaciones de empresas subsidiarias e infinidad de triquiñuelas; los delincuentes que hacen de sus industrias y prestaciones de servicios el siempre festivo lavado de dinero en equilibrio antieconómico de otra plaga similar, evasora de impuestos y distribuidora de mercancía de dudosos origen y peor calidad: el jocosamente denominado “comercio informal”, que es digno de un análisis aparte.

 

El derecho a una vida derecha.

Hoy día, las circunstancias que rigen nuestro diario acontecer nos llevan a desconfiar hasta de los propios pensamientos. Es una práctica común dudar hasta de los elementales principios de apoyo comunitario y pertenencia con que los actuales humanos sobrellevan sus relaciones personales con el resto de sus semejantes. La degradante máxima que rige los valores de las nuevas generaciones justifica no solo los errores que día con día comete sin justificación alguna esa torpe especie que es la humana: “El que no transa no avanza”, afirman con toda desfachatez las nuevas generaciones, enfermas de una codicia congénita que hace de la corrupción la forma de deshonestidad cotidiana con que disponemos el pan nuestro de cada día.

La mentira se vuelve la verdad después de tanto afirmarla y se vale de ella como principio rector; como una fórmula neofascista con que la gente común emula a aquellos que tendenciosamente hacen del ejercicio del poder una forma de vida para justificar sus acciones de baja ralea y por si fuera poco, se tiene la tendencia a enmascarar dichas prácticas enlodando la genuina preocupación de las pocas personas bien intencionadas y de buenos principios que aún deambulan por el mundo como profetas predicando en el desierto.

Las personas honestas son vistas con recelo y en ocasiones son tratadas como delincuentes y rotuladas como peligrosas en el empeño de salvaguardar los torcidos principios que mueven la maquinaria del sistema de vida actual y, cuando por alguna circunstancia la naturaleza cobra factura con sus manifestaciones, se magnifican los engaños con jugadas torcidas que hacen parecer la voluntad de Dios como un castigo divino muy a la mano, para ocultar acciones turbias que en nada se parecen a lo que en un principio marcan los principios morales y religiosos que apuntalan una convivencia sana y honesta; lo que ambigua e hipócritamente se denomina “el estado de derecho”.

En estos tiempos, y derivado de esa falsa interpretación de los valores se han apoltronado en el ejercicio del poder y de las normas que rigen el desempeño de las diferentes manifestaciones de organización social, una podrida clase de sujetos cuyo perfecto estado de conservación debería ser tras las rejas o ejecutando servicios en beneficio de los ciudadanos como sentencia por el ilegal accionar que ha marcado la pauta de un muy cuestionable modelo de  desarrollo.

Como colofón, cabe afirmar que no cabe duda que, de acuerdo con lo que en esta historia plantea, la vida sería mucho mejor y más placentero existirla si se tuviera la posibilidad de sobrevivir dignamente y con estilo con lo estrictamente necesario para la satisfacción de las necesidades básicas, sin afectar nuestro entorno y a las formas de vida que ahí se dan; si se pudiera disfrutar del ocio creador y de la gran satisfacción de trabajar sólo lo indispensable; expresando lo que, de acuerdo a una cultura media aceptable se tuviera a bien decir y escribir; trabajando en empresas de desarrollo regional necesarias, de acuerdo a las demandas locales y lo mejor de todo, que estas fórmulas de vida se dieran dentro de un proyecto de sabiduría colectiva basada en la verdad y la honestidad. Entonces, el mundo tendría futuro. ■

 

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