Apuntes para el debate sobre ¿Qué Democracia?

Apuntes para el debate sobre ¿Qué Democracia?

Basta con que  consideremos  – de modo consistente-    los envites  políticos en curso.  Las más recientes derivas de los proyectos progresistas, y/o de izquierda:    Grecia, Argentina, Bolivia, Venezuela.  Lo que está pasando en España, y en otros casos, revelan que no basta con gestionar el Estado, y que la “democracia representativa”,  es una forma política que impide que los ciudadanos retomen en sus manos el control de sus vidas.  La otra cara de la misma moneda, se encuentra en  las elaboraciones teóricas, que están detrás de aquellas experiencias, sobre cómo construir “sociedades en movimiento”. Así, la pregunta sobre  ¿Qué democracia?, plantea exigencias que suponen cuestiones inmensas, y de una urgencia acuciante.

Aun cuando se trate de un planteamiento reduccionista,  ordenaré  las polarizaciones antinómicas –y antagónicas- en torno a esta cuestión, considerando como punto de partida, la incapacidad de  la democracia liberal-representativa  (y del socialismo –realmente existente-, en extinción),  esta constatación ha impulsado  otros  proyectos teórico-políticos de democratización radical. Sin olvidar que, en  los casos principales, estos proyectos, dan primacía a las prácticas, aluzadas por la elucidación (“pensar lo que hacemos y saber lo que pensamos”). Son este segundo tipo de proyectos, los que, justo, en estos años, han avanzado  desde los márgenes hasta  el corazón del debate contemporáneo sobre la democracia.

La crisis de la representación política,  donde resuena el “que se vayan todos” del 2001 en Argentina, implica la pérdida de legitimidad de la clase política (profesionales de la política), elite -o casta-,  que ha demostrado -una y otra vez-, utilizar sus posiciones  para mantener y acrecentar su propio poder, privatizando la política, en beneficio de  los suyos y  de las elites para quienes gobiernan, de ahí la caracterización de este tipo de regímenes como oligarquías liberales, el gobierno de unos pocos, estableciendo   libertades negativas (garantías) de las que goza  la ciudadanía.

Históricamente, estas críticas, no son en absoluto recientes. Sin olvidar que desde el nacimiento de la política, una creación greco-europea, de acuerdo con Castoriadis, ni en la democracia de las Polis griegas, (ni en la época republicana en Roma),  existió la representación  política. Justamente,  el estudio de estas dos referencias, permitió  a Rosseau, entre otros, la crítica a la democracia representativa,  en los albores de la modernidad.  Y, recientes investigaciones de las mismas, han mostrado una actividad política colectiva en la que no existía  la representación política.

Mientras tanto, la crisis de la representación, continua  manifestándose   con una acuciante fuerza, in crescendo, en la medida en que el capitalismo contemporáneo, liberado de todos los controles tradicionales, continúa con el desmantelamiento del Estado de Bienestar, y de los derechos políticos, económicos y sociales, socavando -día tras día- las condiciones mínimas necesarias para emprender transformaciones democráticas profunda.. La gestión de las crisis, y las políticas austericidas, junto a las llamadas reformas estructurales, continúan concentrando el poder, en una elite cada vez más reducida,  multiplicando  las desiguales sociales, acentuando la gravedad de problemas, ecológicos, económicos, sociales. La democracia real, es un obstáculo a eliminar. Se privilegian las respuestas represivas, autoritarias (heterototalitarias) que cierran  los espacios político-democráticos, y reintroducen el esquema amigo/enemigo.  El ascenso de la extrema derecha, es uno de los síntomas  que expresan esta deriva. Así como el pasaje del Estado de derecho al Estado de Seguridad  señalado por Gorgio Agamben.

Estas tendencias pretendidamente  “postpolíticas”, han  transformado el debate en torno a la democracia, polarizándolo. Así tenemos, por un lado,  un polo formado por quienes defienden –aún- la democracia representativa, cada vez más reducida a un “gobierno técnico”;  o mediante el discurso sobre la gobernanza,  que implica captura y control  social por la vía del consenso. Simplemente se niegan las evidencias -demasiado gruesas para encubrirlas-, que muestran esas graves limitaciones. Los fracasos  se suceden en tándem: Islandia; Grecia, el debate sobre el fin de ciclo de los gobiernos progresistas en Latinoamérica, y un largo etcétera. Lo que esto revela es que  la lucha por el poder diferencial entre las elites,  viejas y nuevas, termina -finalmente- reproduciendo ab libitum,  como único campo posible, la democracia representativa, El  imaginario social dominante,  impone, groseramente,  la autonomía de lo político.

En el otro polo, hay dos tendencias entre  quienes critican los límites  de la democracia representativa, y trabajan  construyendo  nuevas formas de composición política  postliberal (democracia directa; democracia absoluta; democracia insurgente etc.):  una tendencia, está dada por la  autoinstitución  de comunidades democráticas,  al margen -de modo programático-,  de los procesos electorales (ejemplos: las corrientes autonomistas, zapatistas, movimientos indígenas, rurales y urbanos, que se deslindan de la vía electoral).  Mientras otras corrientes, asumen como estrategia, combinar las dos vías: la participación en los procesos electorales, para utilizar el Estado como redistribuidor de renta, y la construcción de contrapoderes sociales y ciudadanos, sin los cuales,  de nada sirve ganar elecciones y ocupar las instituciones.

A mi juicio,  estas polaridades, en torno a ¿qué democracia?  Nos obligan a  una lucidez redoblada, especialmente cuando el objetivo es profundizar los procesos de democratización, con un  Estado penetrado a distintos niveles, por la delincuencia organizada.

En lo que sigue, me interesa mostrar algunas de esas claves, tomando como referencia el caso de España, en Europa. Dejando para otro momento, América Latina.

 

Breve semblanza sobre la situación y el debate en España (y, Europa).

Una experiencia que se ha convertido en referente global, (casi en paralelo  a la claudicación de Alex Tsipras, en Grecia, que subraya el fracaso de “la democracia en un solo país”)  es la de España: dividida entre, por un lado,  las confluencias ciudadanas y partidistas, que conquistaron los ayuntamientos de varias de las principales ciudades españolas,   y , en paralelo, o junto con, la meteórica  irrupción de Podemos (un nuevo partido a la izquierda del PSOE).  Como resultado del ciclo electoral español, 2014-2015, se ha puesto fin al bipartidismo, y se profundiza la crisis del régimen de la transición, que es apuntalado por poderosos intereses externos e internos.  Independientemente de la salida al problema de la investidura, ya sea mediante el Acuerdo Pedro Sánchez-Albert Rivera (con la marginación de Podemos y las confluencias), o, bien, desde  la convocatoria a nuevas elecciones,  -según las encuestas,  con resultados inciertos-. Como sea, se trata de una   experiencia que ha llamado poderosamente la atención.

España (y, Grecia)  tienen detrás   de los proyectos y posicionamientos, de Podemos (y de Syriza), una potente -y múltiple- emergencia de movimientos “desde abajo”, que por momentos, evocan más el concepto de Raúl Zibechi de “sociedades en movimiento”,   entre los cuales destacan, la PAH, los movimientos de ocupación de las plazas, las mareas,  huelgas generales,  marchas de la dignidad, entre otras.

Mientras “desde arriba”, vemos dibujarse un mapa que exige replanteamientos estratégicos fundamentales a escala europea.  Una gestión de la crisis, mediante un férreo control neoliberal por parte de las elites financieras europeas;  el papel central  de Alemania; su huida hacia adelante al involucrarse militarmente en diversos conflictos;  la entronización del Estado de seguridad, ante el enemigo interno/externo  -el terrorismo yihadista-,  acentuada por la crisis de los refugiados.  La “confluencia perversa” de estas circunstancias forman el caldo de cultivo del ascenso de la extrema derecha en buena parte de la UE.

La situación -y el debate- se polariza -así- entre un férreo cierre antidemocrático  al interior de la  fortaleza europea, y una posible ruptura democrática. El acontecimiento  España (como antes el de Grecia), cobran, en este contexto, una especial relevancia.

Esquemáticamente pueden sintetizarse 4 posiciones desde la perspectiva  que nos ocupa.

La primera posición, sostenida por Iglesias  y  Errejón, ha tenido sus momentos de gloria, de la mano de un manejo inteligente  de los medios de comunicación, junto con un esquema teórico  inspirado en Ernest Laclau, y la “Razón populista”,  que daban frescura, y radicalidad al discurso de Podemos: substituyendo el  eje izquierda/derecha,  por el eje abajo/arriba, pueblo/casta, etc., y un programa de gobierno progresista.  El problema es que comenzó a “hacer agua” al evidenciar una estrategia electoralista, abandonando algunos planteamientos programáticos centrales, la auditoria de la deuda, la renta básica, etc.  Cuestionada,  desde dentro y desde fuera de los círculos podemistas.  Parece evidente  que sus errores estratégicos, terminaron pasándoles factura: las listas-plancha en la asamblea constituyente interna; las elecciones municipales,  donde  se sumaron tarde a las confluencias ciudadanas, y luego se atribuyeron un triunfo que no era propio, sin sacar las consecuencias estratégicas que le fueron señaladas reiteradamente. Mientras Podemos descendía en sus porcentajes en las preferencias electorales, (lo que implicaba un replanteamiento estratégico)  Aunque en la recta final de la campaña electoral al 20D, consiguió  una remontada, que permitió un triunfo político-electoral  sin duda histórico.

El problema central de la teoría política de Podemos, y el punto a debate  es que opera a partir de la “autonomía de lo político”,  concibe y ejerce la política, como una actividad de los profesionales de la política, a costa de la conformación de contrapoderes sociales y ciudadanos, dejando la definición del  rumbo político, en manos  de los “tomadores de decisiones”.

El discurso democrático sufre así una radical reducción, y la cuestión se sintetiza en la pregunta: ¿Cómo afrontar la dependencia del rumbo institucional que aniquila las posibilidades materiales de generar cambios políticos profundos? Tal y como están demostrando tanto Syriza,  como Podemos.

Una segunda posición es el de las confluencias ciudadanas y partidistas,  que lograron el triunfo en los ayuntamientos  de algunas de las principales ciudades, Barcelona, Madrid,  Zaragoza, Valencia, etc., y  poco después, en las elecciones al parlamento español. El problema general, es que a pesar de sus planteamientos programáticos progresistas, no han logrado  concretar sus agendas, avanzan a ritmos muy lentos, y en general, parecen descuidar,  la construcción de contrapoderes sociales y ciudadanos autónomos.  Es posible anticipar,  un proceso de desgaste y debilitamiento, similar al de los gobiernos progresistas en América Latina

La tercera posición, a mi juicio, ha conseguido realizar  valiosas aportaciones,  tanto a nivel empírico-práctico, parte  del mérito  de Ganemos Madrid, puede ser reclamado por ellos,  (y por el fenómeno de Manuela Carmena).  Paradojas de la vida, ahora, es su estilo de gobernar, el que dificulta que Madrid se convierta activamente en un laboratorio democrático  municipalista, aunque lo mismo pasa con los otros ayuntamientos. Lo que subraya la importancia de este análisis.  Se trata de un patrón estructural, que vemos repetirse por doquier, y eso implica que la forma-estado, y el régimen de la democracia representativa,  son  límites  que debe ser horadados para que pueda  avanzar un movimiento democrático que logra articular las escalas local, nacional y europea. Su planteamiento central es la participación electoral, para poder gobernar, invirtiendo radicalmente las prioridades políticas, enfocando todas las políticas públicas para fortalecer la emergencia de contrapoderes sociales y ciudadanos,  fortaleciendo su autonomía,  lo cual no es nada fácil, teniendo en cuenta la tendencia a instrumentalizar la participación ciudadana con fines partidistas,   basados en la gestión de lo común (bienes comunes) y en la defensa y ampliación de los  derechos, se pueda  devolver   a los ciudadanos el control de sus vidas.

Una cuarta posición, está representada por un tejido de socialidades emergentes,  que venía desde antes  del 15M (movimiento de ocupación de las plazas en mayo del 2011), que representó un verdadero parteaguas histórico en el imaginario político democrático español. Se generalizaron redes de activismo ciudadano, con posiciones  a favor de la autonomía individual y colectiva,  y que siguieron manifestándose en  los diversos conflictos que movilizaron a la ciudadanía: vivienda, educación, salud, mujeres, etc.,   Aunque el trasvase de la militancia y de la ciudadanía  hacia el terreno electoral e institucional,  y las dificultades para su implantación en el territorio, barrios, periferias urbanas, pueblos,  zonas rurales, etc.,   han generado un eclipse relativo de estas tendencias. Son experiencias que  son un reservorio vital, para las nuevas luchas populares que  necesariamente nos esperan.

 

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