Ante la gravedad de nuestros problemas, la democracia participativa

Ante la gravedad de nuestros problemas, la democracia participativa

 

La etapa del neoliberalismo, o del capitalismo salvaje, está siendo denunciada y combatida en todo el mundo: es el centro del mensaje del aspirante a candidato presidencial en Estados Unidos Bernie Sanders, quién no cesa de denunciar que el capital financiero adquirió más poder que las autoridades electas y que esa es la razón de fondo de los graves problemas económicos y de que los gobiernos solo se preocupen en proteger esos intereses; es una parte principal de los mensajes del Papa Francisco que una y otra vez llama, sobre todo a los jóvenes, a movilizarse contra la exclusión, contra la economía que mata, que promueve el individualismo y el consumismo dañando gravemente a nuestra casa común; ha sido la bandera central de movilizaciones en todos los continentes de millones de personas que han cobrado consciencia de que el capital financiero mundial, mediante organismos como el Fondo Monetario internacional y las agencias calificadoras de riesgo, ha suplantado a las autoridades democráticamente electas, sobre todo a la hora de tomar las principales decisiones de política económica, socavando de esta manera los cimientos mismos de la democracia representativa y la misma soberanía de los Estados.

En el devenir de su historia la humanidad ha aprendido que las luchas por el poder han sido causa de mucha violencia y sufrimiento. Como resultado de esa experiencia universal, la mayoría de las naciones han aceptado la importancia de la democracia, de darle al individuo una voz y un voto. La democracia realmente existente se basa en elecciones periódicas y está firmemente establecida en las constituciones de la mayoría de los países. A la vez se consolidó un compromiso con el debate público antes de tomar decisiones políticas, en especial durante los procesos electorales, que condujo a que partidos y candidatos, y después los gobiernos democráticos, estuvieran siempre obligados a comprometerse con el bienestar popular. Ello propició, como afirma Amartya Sen en su obra clave “desarrollo y libertad”,que en distintas regiones de la India, las elecciones democráticas fueran la causa eficiente de la erradicación de las recurrentes hambrunas.En teoría, el gobierno que actúa contra los intereses de su pueblo es rápidamente sustituido por otro.

Sin embargo, en esta época de la hegemonía neoliberal y de globalización conducida bajo sus principios, muchas de las políticas aplicadas por los dirigentes políticos y financieros de las potencias económicas y de los países bajo su influencia han estado marcadas por un desprecio fundamental al proceso democrático. El caso mexicano es paradigmático: ninguna de las reformas estructurales aprobadas en el actual sexenio fueron debatidas durante las campañas políticas y se impidió la consulta popular sobre las principales de ellas. Y lo mismo ocurrió con las reformas del mismo tipo aprobadas desde el gobierno encabezado por Carlos Salinas de Gortari. Durante dos décadas cuando menos, en el mundo entero se ha dado por hecho que no existe otro camino que la globalización neoliberal. El sistema internacional de medios de comunicación masiva ha sido el instrumento principal para la construcción de la hegemonía del pensamiento único.

Hoy, esa hegemonía hace agua por todas partes. Hoy son millones quienes piensan que la eliminación de algo tan importante como los servicios públicos para garantizar derechos que son pilares del Estado de bienestar, es una decisión que no debería basarse solo en los juicios unilaterales de los expertos financieros (sin mencionar a las agencias de calificación que son muy propensas a equivocarse como lo vimos en el 2008), sin un debate público y el consentimiento informado de los pueblos involucrados. Es cierto, claro está, que las instituciones financieras son importantes para las economías, pero si el objetivo es mantener cierta legitimidad democrática y no caer en un régimen tecnocrático, las políticas deben ser sometidas a un proceso de debate público y persuasión con argumentos a favor, argumentos en contra y una doble revisión de dichos planteamientos.

Las luchas de los griegos, españoles, portugueses, y otros, que han sacudido recientemente sus sistemas políticos solo se explican si recordamos que la democracia fue uno de los fuertes compromisos que asumió Europa después de la segunda guerra mundial, pero un segundo compromiso no menos importante fue con la seguridad social para evitar la exclusión y marginación de la gente. Por ello es ahora evidente que incluso, si hubiera sido ineludible cortar de tajo los fundamentos de justicia social europeos (de lo cual no estoy seguro), la acción debió ser acompañada de argumentos para convencer a la gente, en lugar de dar golpes como el del presidente Reagan contra la huelga de los controladores de vuelo, o el de la primera ministra Thatcher contra la de los mineros. El desdén por el público difícilmente podría haber sido más transparente en muchas de las decisiones políticas europeas. Como igualmente transparente ha sido el desprecio de los neoliberales que conducen a México, al imponer una reforma energética rechazada por la mayoría absoluta de la población.

Si asumimos que la meta de todo gobierno democrático es reducir en lugar de aumentar la injusticia y que los servicios públicos son conquistas apreciadas por millones de personas, en especial por los más vulnerables, entenderemos que los cortes brutales en estos servicios socavan el compromiso fundamental que sostiene todo el andamiaje institucional de las democracias en el mundo. El acuerdo que impulsó el nacimiento del Estado de bienestar y los servicios de salud y educación nacionales en un periodo de rápido cambio social, fue la base de la etapa de mayor crecimiento del bienestar global, y fue y sigue siendo un gran ejemplo de responsabilidad política para el mundo. Lamentablemente, las élites actualmente dominantes, los dueños del capital financiero, no dan señales de tener ni una pizcade responsabilidad social y mantienen su férreo control de los gobiernos nacionales para que no abandonen el camino trazado por ellos, so pena de imponer castigos y sanciones que incrementan el sufrimiento humano de los pueblos.

En ese orden de ideas, cabe preguntarse cuáles son los retos que enfrentamos los mexicanos para lograr que nuestro país se sume a la lucha global por la sustitución del paradigma neoliberal, partiendo de que ya existen diversas experiencias y versiones de aplicación del paradigma del desarrollo humano, estructurado y difundido principalmente por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo.Durante los debates sobre el desarrollo de los años 70 y los 80, surgió la convicción de generar un enfoque alternativo que trascendiera al PIB como medida del desarrollo, primero poniendo un mayor énfasis en el empleo, luego en el crecimiento redistributivo, y por último en la satisfacción de las necesidades básicas de las personas.

El enfoque del desarrollo humano, busca el aumento de la riqueza de la vida humana en lugar de la riqueza de la economía en la que los seres humanos viven. Se centra en crear mejores oportunidades y posibilidades de elección para todas las personas. En mejorar la vida de las personas, en vez de creer que el crecimiento económico llevará de forma automática a mejores oportunidades para todos. El crecimiento económico es un importante medio para el desarrollo, pero no un fin en sí mismo.El desarrollo humano consiste en dar a las personas más libertad y más oportunidades para vivir una vida que valoren. En la práctica, esto significa desarrollar las capacidades de las personas, y darles la oportunidad de poder usarlas. Por ejemplo, educar a una niña le proporcionará habilidades, pero de poco le servirán si no tiene acceso al empleo en el futuro, o si dichas habilidades no son las requeridas en el mercado laboral local. Tres aspectos esenciales del desarrollo humano son vivir una vida sana y creativa, adquirir conocimientos y tener acceso a los recursos que proporcionan un nivel de vida digno. Hay muchos más aspectos importantes, sobre todo los que crean las condiciones necesarias para desarrollo humano, como son la sostenibilidad medioambiental y la igualdad entre hombres y mujeres.

En atención a lo anterior, se puede afirmar que el reto principal de los mexicanos de hoy es dialogar masivamente para definir nuestra propia versión del desarrollo humano, y organizarnos para construir el sujeto político capaz de conquistar los votos necesarios para tener el derecho de asumir el control de las riendas del Estado para convertir en políticas públicas los principales ejes del nuevo paradigma. Como es evidente, asumo que lamentablemente los partidos progresistas realmente existentes no son el espacio adecuado para llevar a cabo ese gran debate nacional, pero que deberían serlo. Esa es una primera tarea que se nos presenta de cara al proceso electoral del 2018 y a la celebración del centenario de la Constitución de 1917: movilizar a las bases de las distintas izquierdas para que recuperen a sus respectivas organizaciones para la discusión del modelo mexicano para el desarrollo humano.

Una segunda tarea, que se debe acometer con plena consciencia, es la reconstrucción  democrática de las organizaciones llamadas partidos políticos pero que no cumplen a plenitud sus funciones constitucionales. Es indispensable que los mexicanos asumamos la responsabilidad de regenerar el sistema de partidos, rescatándolos de las distintas camarillas que hoy los conducen para su propio beneficio. Esta segunda tarea debe llevarse a cabo al mismo tiempo que la primera, pues del debate político sustantivo podrán derivarse las cualidades indispensables de la nueva organización y las habilidades, competencias y compromisos que deben caracterizar a sus integrantes.

Solo la discusión del “para qué” de la organización política de los progresistas mexicanos, y la conquista de la democracia participativa en los distintos institutos políticos, generarán las condiciones para abordar con seriedad la construcción de un polo político progresista capaz de ganar las elecciones del año 2018, con un margen suficiente para emprender la aplicación del nuevo paradigma en todo el país. Cualquier otra iniciativa estará destinada al fracaso. Por ello hay que acometer ambas tareas desde ahora y desde la trinchera particular de cada quien.

El proceso electoral local que se desarrolla en nuestra entidad puede constituir una oportunidad para dar los primeros pasos en la dirección indicada líneas arriba. Todos podemos presionar para que candidatos y dirigentes políticos se pronuncien sobre lo que piensan del desarrollo humano de los zacatecanos, y sobre las propuestas y compromisos concretos para medir e incrementar el índice estatal respectivo. Si partimos de la constatación de que hoy por hoy no existe en el planeta una democracia sin partidos políticos, y de que ya es evidente la insuficiencia de la democracia representativa, llegaremos a la conclusión de que todos debemos luchar por la regeneración de los partidos progresistas actuales, contra el sectarismo y las diversas posiciones francamente provocadoras, como las que se han expresado en distintas movilizaciones masivas en la Ciudad de México.

Por último. Es pertinente señalar que la cada vez más frecuente elección de gobernantes improvisados y sin el oficio político requerido, solo se explica por la ausencia de debate de los asuntos públicos en los propios partidos y en la sociedad civil, y por la inexistencia de mecanismos eficaces para propiciar una mucho mayor participación. La democracia participativa es una condición indispensable para que los zacatecanos seamos capaces de construir una sociedad del conocimiento y la información que nos dignifique, y que permita disminuir drásticamente el sufrimiento humano que conlleva la división de nuestras familias por la emigración de miles y miles de paisanos, o peor aún, la inserción de muchos a actividades ilegales. Nuestros jóvenes requieren ser incluidos en la sociedad, asegurándoles un lugar en una mesa, una cama en un hogar, un espacio educativo y una ocupación que los dignifique, y los paisanos que viven en Estados Unidos no deben estar obligados, por falta de oportunidades aquí en su tierra, a soportar el incremento de la frecuencia de agresiones a sus derechos humanos por ciudadanos enardecidos por el discurso irresponsable del aspirante a la candidatura republicana a la presidencia de Estados Unidos Donald Trump. Ambas fuentes de sufrimiento solo desaparecerán si elevamos la intensidad de nuestra participación política.

 

 

 

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