Los demonios que la guerra contra las drogas produce

Los demonios que la guerra contra las drogas produce

Los efectos perniciosos de la llamada guerra contra las drogas están sobre-documentados, podríamos decir que hay un exceso de diagnóstico. La bibliografía producida en estos temas es algo más que abundante, torrencial. Se documenta la cuantificación económica de esta empresa ya globalizada, las rutas de comercio (incluidas las marítimas), los montos de venta por tipo de droga, el ejército de trabajadores de todos los perfiles: agricultores, contadores, transportistas y, por supuesto, sus legendarios aparatos de seguridad y combate. Se cuentan con estudios de la forma en que penetran y se funden con los aparatos del Estado, sus relaciones con los tres niveles de gobierno y la potencia o poder corruptor de esta relación. Toda esta nueva realidad es producto de la decisión de combatir al narco con la peregrina idea de proteger a los jóvenes del consumo. Los productos de dicha guerra son infinitamente más nocivos y peligrosos que el consumo que pretenden prevenir. Lo más paradójico: está estudiado y medido cómo los objetivos de la guerra contra las drogas no resuelve nada y en cambio sí genera una realidad que existe justo por causa de esta guerra. Se crea una realidad ominosa gastando sumas astronómicas de recursos públicos que, además, se le arrebatan a la educación o la cultura.

Y no sólo se creó una estructura económica de hondo impacto social, o un conglomerado criminal que amenaza a las instituciones, sino que da lugar a toda una cultura que reproduce sus vicios: música, iconografías (formas de vestir), arquitectura kitsch, formas funerarias, y hasta una religión. Sobre esta última es ya proverbial la adoración a la muerte y al santo bandido (Malverde). Adorar a la muerte significa elevar a religión la crueldad, la venganza y los valores más decadentes que sostienen la vida de un personaje producto de esta guerra: el sicario. Las personas son llevadas al extremo envilecimiento o bestialización. Sobre todo los jóvenes. Hay reportajes que muestran a “los niños del crimen” o a “los morros del narco”, narrativas del reclutamiento de jovencitos que provienen de familias desintegradas y la manera en cómo el crimen devora sus biografías. Depredadores que actúan las mayores atrocidades por un objetivo: consumir. La ética del consumo como finalidad sostiene las expectativas de los jóvenes que se involucran en los grupos del narcotráfico.

Como podemos observar, el costo de la guerra contra las drogas es inconmensurable. Decisiones fatales de la clase política que no resuelve los problemas públicos existentes, pero sí genera otros nuevos. Afortunadamente las voces calificadas a favor de abandonar ese fatídico error son más. Ahora mismo se incluyen las recomendaciones de naciones unidas sobre el tópico. Pero la tibieza de las autoridades es desesperante: la determinación en las acciones no termina por llegar. Las evidencias contra dicha guerra prácticamente caen aplastantes, junto con las pruebas irrefutables de su malignidad que se traduce en sufrimiento de miles de personas diariamente, y sin embargo, la acción de los gobernantes y legisladores es lenta, tímida y torpe.

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